30 de diciembre de 2009

Feliz diciembre

En este diciembre octubrado, felicito a todos aquellos que al final de una cena se reparten el pastel, empezando por el cocinero que si bien conseguirá el resultado de una tarta perfecta, a todas luces escasa, se habrá encargado ya de restar valor a la materia prima, con suerte alguno le pillará con las manos en la masa y para evitar una denuncia participará del festín aunque su único cometido sea servirlo cortésmente a los demás… qué haríamos sin los pillos, principio y fin de la picaresca; ya antes el pinche, fruto de los despistes, por excesos del propio cocinero (tal vez esté afilando con esmero los cuchillos) y corte a corte, de lo pequeño a lo diminuto, de éste a lo minúsculo, hace acopio de elementos que decorarán el bochorno culinario, que lance la primera piedra quien no se haya quedado alguna vez engatusado al ver un escaparate. Ya por fin listo, a todas luces escaso, el pastel será expuesto sin sonroja a la vista de los invitados a comer de él, por partes desiguales, por supuesto, que para eso hemos avanzado un siglo. Habrá quien se sorprenda de que el primero en partir (acción y efecto de cortar… no de irse) sea un negro que se ha puesto colorado cuando el camarero, antes amotinado, le ha entregado el nada discreto cuchillo que antes afilaba el cocinero, afirmando “¡a por él, que tiene premio!” (sin hacer nada, agrego), y tras el rubor y siendo consciente de no merecer tal displicencia, se ha abalanzado sobre el susodicho dulce y engalanado postre sin conocer que las cerezas que lo adornaban no pueden ser enteramente partidas al ser garantes de un redondo hueso, pero sí esparcir un jugo rojo sobre el blanco impoluto de la nata, y también sobre el traje de algún ilustre invitado que quiere no poner en duda de sus vergüenzas. A cada corte un “¡oh!” y un frotarse las manos entre invitados que guardan en su bolsillos estadísticas para demostrar su valía, incapaces de hacer acopio en su memoria un espacio para la dignidad (los hay que no probarán bocado… pocos días antes alguien con humor sarcástico le había empotrado el cuerpo que encierra el poder divino en los morros, dejando algún diente a mejor recaudo… ¡no probarás bocado!... prescribe el cortador –a los ojos del amputado un simple esclavo-). Es un festín de invitados en el que sólo se tiene una certeza: no sobrará ninguna parte del pastel, aunque un activista no invitado deje la huelga para regresar a su hogar o aunque cada día mueran miles de humanos por hambre, civiles a manos de soldados, animales y naturaleza bajo nuestra huella de caucho… sigamos repartiendo el pastel, en cientos de platos, luego los invitarán con pleitesía a pasar por la cocina y admirar la cantidad de cacharros que han quedado sucios y destruidos virtud del feroz y goloso hambre de los dignatarios… hay que limpiar, y esto nos toca a todos… pero eso será el año que viene, porque éste, ya se ha acabado.

Que tengan un feliz año 2010 desde Copenhague

1 de diciembre de 2009

José Emilio Pacheco

Probablemente, nunca me he alegrado tanto de que alguien reciba un premio, sea cual fuere, sí alguna beca de investigación o de creación, pero nunca un premio, siempre me han parecido descontextualizados, insensatos, ya no otorgados de antemano, pero sí falaces, todo por el mero hecho de tener que emitir un juicio sobre una obra que no pertenece al modesto examinador, criticar de antemano, rechazar, quemar manuscritos, valorar una obra a salto de párrafo, sin dejar que de las letras escurran tan siquiera pequeñas lágrimas negras; para descargo de esto debo decir también que jamás he sido premiado, tampoco me lo merezco, con lo cual esto es un voto de confianza a esos jurados… y conste que defiendo la posición de juez de concurso, al fin y al cabo esta vida deshumanizada (y no en el sentido de Ortega y Gasset) nos obliga cada vez más a comportarnos como pícaros, y decía Alfonso Reyes que el procedimiento picaresco de “trabajar para comer” lo que hace es encubrir nuestra mendicidad. Así que si hay que ser mendigo disfrazado de pícaro, qué mejor que hacerlo leyendo y desechando manuscritos a realizar aburridos trámites burocráticos como yo, prácticamente a imagen y semejanza de Martín Santomé, en La Tregua.

Dicho el responso en letra chica, comienzo el exordio en letra grande: cuánto me alegro de corazón que José Emilio Pacheco gane el Premio Cervantes de las Letras, no por lo que representa, sino por él, seguramente la persona más humilde que he conocido nunca. La historia se remonta a la lectura de “Las batallas en el desierto”, libro que, después de haber leído su poesía, anhelaba tener, palpar y como luego sucedió: devorarlo en unas horitas, haciéndome plantear mi pasado, como si de un ensayo sobre el psicoanálisis se tratara. Este libro nos lo regaló un gran amigo mexicano, escritor, en cuya primera página, esa completamente blanca que tanto miedo da al abrir, dispuso su dedicatoria personal. Después, ya en noviembre del corriente año, tuve la oportunidad de conocer en persona al autor, en Casa de América, escucharlo recitar y aportar los datos biográficos en cada nuevo poema publicado con Visor. Fue una tarde apacible, no parecía que estuviésemos en una conferencia o lectura, sino en un son armónico, donde circulaban las palabras humildes, cotidianas, sin moldes, algo traviesas y de una velada subversión, buscando acomodo en la aristocrática sala del Palacio de Linares. Buena presentación del poeta Benjamín Prado, rigurosa, halagadora hacia la figura del que es uno de los mejores poetas vivos de la lengua castellana, resuenan Gamoneda y Gelman también. José Emilio Pacheco habló con el corazón en la mano y sin ropajes, descubriéndonos a todos el mendigo literario que tiene dentro, sin picaresca, el ansia de que la letras mexicanas sean reconocidas como se merecen, de que nos interesemos en los jóvenes poetas, en su pureza y empuje (yo aporto dos nombres que no dejarán indiferentes, Emiliano Álvarez, Anaïs Abreu), la literatura no es sólo lo que se promociona, sino lo auténtico y original que tenemos cada uno dentro, José Emilio no rechaza nunca ningún escrito que provenga de un joven escritor, así ocurrió ese mismo día al aceptar la primera novela de Francisco Negrete con un auténtico “por supuesto, la leeré”. Nos confesó que había decidido hace cinco años no volver a escribir por una ilusa sensación de exceso de obra, pero que pensó que si no hablaba él desde la vejez lo harían otros en su nombre, y se lo agradece, pero prefiere hacerlo él, si vive. También reveló que la vejez no le hace más clarividente (“ya os daréis cuenta”), y que cuándo le preguntan algo sobre el futuro, suele responder “de 2010 a 2020 van a ocurrir todas las cosas que menos imaginemos…, pensando de esta forma nunca se falla”. De su obra le cuesta mucho hablar, “sólo” cuenta cómo surgió el poema, dónde, en qué hecho que para muchos parecería sin importancia, y si le obligan a decantarse afirma, “sí, hay una cosa que hago maravillosamente, poner grandes epílogos que opacan mi poesía”. Como la sinceridad a veces se adueña de las palabras… nos acercamos, al final del encuentro, a que nos firmara la edición de “Las batallas en el desierto”, le hizo mucha ilusión encontrársela y al ver que la primera página estaba ya firmada dijo, “pues yo aquí abajito, que no se me vea mucho, porque no hay nada más puro que el sublime acto de regalar un libro…” y puso su dedicatoria, aprovechando los nombres de la anterior y escribiendo algo que a día de hoy no alcanzamos todavía a descifrar.

¿No he escrito demasiado para decir que mi idilio comenzó con una sencilla lectura, se consolidó con sus poemas y no me defraudó con su presencia? Creo que sí, como no podría ser de otra forma, no he estado a la altura de José Emilio.





Imagen: José Emilio Pacheco visto por Sciammarella

12 de noviembre de 2009

REVUELTO, un día cualquiera de otoño

Que seguramente la hojarasca sea culpable del abismo a-corde en el que me encuentro nadie lo discute, pero que no me deje apenas hilar alguna idea lúcida o cuanto menos prolongada respecto a lo que sucede en derredor es cuestión esta imperdonable, si es que acaso soy acreedor de este don.

Esta mañana, gracias a un extraño intercambio mercantil que nos posibilita a los lectores de la prensa husmear en noticias o artículos de otras partes del mundo, he tenido acceso a un diario de Moscú que, con inusitada preocupación, se hacía eco de las medidas tomadas por el gobierno ruso para evitar, o cuanto menos acrecentar, los casos de pérdidas humanas al ir a buscar setas, variante popular esta de la leyenda urbana de ir a comprar tabaco (que cuenta con elementos y argumentos más burgueses).

Me podía haber entretenido más tiempo en la noticia que, a modo de rectángulo maldito, destacaba las palabras de un tal Juan Antonio Martínez Camino (portavoz de los obispos), cuan verosímil y delibesiano personaje de El Hereje, proclamaba: “indudablemente, los que apoyen la ley de la interrupción del embarazo incurrirán en pecado mortal público”, creo que matizó el carácter de público por si acaso mandaba al infierno (por analogía) a alguno de los suyos; pero en fin, como hace tanto tiempo que Dios los abandonó a su suerte, pensé que sería insignificante el hecho de que yo también lo hiciera y decidí no darle más protagonismo al susodicho sujeto.

Durante el contoneo del periódico, me entretuve entonces en el referenciado artículo sobre las desapariciones de ciudadanos rusos en los bosques. Al parecer, es una vetusta tradición que, como si se tratara de un día en soledad rodeado de naturaleza, dichos ciudadanos abandonen la ciudad y se inserten en inhóspitos parajes húmedos, esperando que el sol riegue los pastos y clarividencie la existencia de tan preciadas setas. Tal es el afán y supongo la reflexión humana que, en muchas ocasiones, el hombre, ajeno a la comprensión de las leyes de la naturaleza, pierde sus pasos y queda enjaulado en el mismo lugar de donde cuentan que nació. En ocasiones, hay testimonios rurales que afirman escuchar gritos desesperados en las profundidades de dichos bosques rusos, siempre bajo la inocencia de la obscuridad; otras, el urbanita aparece con barba de muchos días y una mirada perdida de la que no se sabe si responde a la profundidad del encuentro con su propio ser (una especie de ontología onírica) o a la oquedad de la naturaleza; las menos veces, ni siquiera aparece rastro del cuerpo para lo cual son los hombres los que acuden a dos posibles respuestas: en primer lugar, beber de las fuentes de la mitología universal y acudir al paganismo, y en segundo lugar, aplicar la racionalidad sobre el buen hacer de los osos, claros dominadores del terreno, que propician la profunda sepultura de sus presas.

Tal vez me he extendido demasiado en la explicación cuando en lo que en realidad me gustaría entretenerme es en la solución que propone el gobierno ruso (y el mismo diario lo publicita páginas más tarde, como no podía ser de otra forma): un gps micológico, que te permite conocer las mejores zonas, memorizar los lugares donde ya antes has encontrado setas, para que al año siguiente no sea labor tan difícil, trazar rutas eficientes con el esfuerzo de un ser humano acostumbrado a la ciudad y, por supuesto, proporcionar una salida justa y eficaz del laberinto natural en el que nos habíamos metido (sirvan estas líneas de homenaje a Matías Prats padre en El precio justo).

Distracciones cómicas a parte, los abuelos del lugar lo tienen claro: si dichos sujetos fuesen del pueblo no pasaría eso, afirman. Ayer, tuve el placer de escuchar a Carlos Reygadas en Casa de América, retuve una pregunta que formuló al aire y que tiene mucho que ver con esta situación por cuanto la simplifica, ¿por qué los hombres construimos cosas inútiles? (somos los únicos seres vivos que hacemos esto), y peor aún, ¿por qué son precisamente esas cosas inútiles las que realmente nos definen y nos hacen pertenecer a la sociedad para con el resto de seres humanos? (Aprovecho para agradecer a Carlos las preguntas al aire y el haber cumplido el propósito esencial de mi asistencia: comprender un poco más su última película, Luz silenciosa y el paradigmático salto con su anterior largometraje, Batalla en el cielo).

Y es que estamos abandonando la Naturaleza, sólo recurrimos a ella para exprimirla y alimentar nuestros objetos inútiles; ya no hablamos el mismo idioma, algunos seres humanos pedimos socorro, pero ella no nos entiende, guarda silencio, la semilla de nuestro propio lenguaje manipulado. Octavio Paz, en el inicio de El laberinto de la soledad, dice: “El descubrimiento de nosotros mismos se manifiesta como un sabernos solos; entre el mundo y nosotros se abre una impalpable, transparente muralla: la de nuestra conciencia”.

Han caído muchos muros, pero los más difíciles siguen habitando en nosotros; tal vez perdernos por los bosques rusos, sin gps, buscando setas y sin encontrar la salida, sea un primer paso para derribarlos o tal vez no.

27 de octubre de 2009

Génesis y desaparición

“Señor, ya vienen, ¿habémonos de deshacer?”
(Relación de Michoacán, p.302)


Cada día por la mañana el telón que representa mis párpados se abre esperando que el sol siga exactamente en el mismo lugar en donde engendró a la tierra, justo en el lado opuesto en el que la luna poco antes ha desaparecido, esquiva como siempre de la luz, aunque algunas veces se asome al fruto de su creación a través de una velada cortina.

Otras veces me levanto por la noche, insensato, buscando soles en el interior del vehículo que me arrastra por el día a través de caminos aceptados, sí, pero para nada gratos.

Octubre, y más tratándose del final del mismo, se rellena de múltiples colores que nos recuerdan el caos, el triste martirio de los hombres, imposibilitados de ver las cosas en blanco y negro, nuestra propia esencia como seres humanos que vagamos en una confusa existencia plagada de objetos, la mayor parte inservibles, que colorean nuestro tono gris; hombres grises videntes de color.

Nado en el caos o tal vez el caos flote sobre mi nada. Llevo meses intentando ordenar el mismo, pero ni las fuerzas ni los resultados me acompañan. Para esto, la sociedad no ayuda, porque sigue su curso en apariencia ordenado y genera una especie de complejo provocado por lo inalcanzable de la perfección; su curso ordenado, pero sin saber qué curso. Ayer, tras muchos meses, hice un serio esfuerzo por no hacer nada con respecto a este caos, simplemente encender un foco que colgaba de un hierro negro que a su vez se sustentaba en la misma mesa en la que intentaba leer sin pensar en ese caos que seguía girando en torno a mi.

Me ayuda conocer algo de la historia de las culturas amerindias. Ellas estaban en contacto con la Naturaleza, conocían al hombre como parte de ella y por tanto nos convertían en seres imprevisibles pero dentro de un orden, seres ordenados pero originados por el caos. ¿Qué sería de esas culturas antiguas cuya filosofía fue erradicada a golpe de Renacimiento? Ellas siguen siendo eslabón silencioso de nuestra existencia, conscientes de que el hombre surgía del caos y hacia el caos se conducía, habitantes temporales de la tierra-madre que un día sería ocupada por otros hombres. Bajaron los brazos y permitieron la conquista por parte de hombres que portaban ese caos en forma de antorcha, oro, esmeraldas y un único Dios piadoso en el que se refugiaban para llevar a cabo la expoliación, masacre y redención de un pueblo en apariencia salvaje.

“Lo que distingue a los mitos de destrucción del mito del diluvio es que, en el pensamiento de los mexicas, la destrucción está ligada de manera explícita a la creación del mundo. Todo lo que han hecho los dioses está destinado a la destrucción. La vida en la tierra es sólo un breve instante entre el caos inicial y el caos final” (p.200. “El sueño mexicano o el pensamiento interrumpido”, J. –M. G. Le Clézio).

Pero los hombres que llevaban la civilización se aprovecharon de todas las profecías amerindias y se ampararon en ese Dios único que decía ser justo para hacer reinar el caos de la destrucción indígena. Antes más bien ya estaba profetizada por ellos:

Dice Napuctun, sacerdote maya: “Esto sucederá en el cielo y en la tierra, en el tiempo del Duodécimo año Tun. Arderá el cielo, arderá la tierra y reinará la avaricia. Esto sucederá a causa de la sequía. Entonces imploraremos a Hurab Kum, el Dios único, y los ojos del gobernador llorarán durante siete años de sequía…”.

Hemos instaurado una civilización duradera para con nosotros mismos, pero en un espacio que no está preparado para soportarnos durante mucho tiempo. Confieso que un día se me ocurrió recubrir toda mi casa de madera, hice cuantos armarios empotrados pude, mesillas de alcornoque, forré de una plancha fina todas las paredes, también las lamas sobre las que descanso toda la noche son de madera, y el suelo que me mantiene en pie de tarima flotante, qué paradójico nombre. Pero este caos ha traído consigo una plaga de insaciables termitas y cada día que llego a casa me encuentro un pedazo menos de mi existencia, de mi orden conquistado. Estoy experimentando la sensación de un perro errante al que le han extirpado su máxima: la soledad, sin la que no es posible pensar.


Imagen: Códice Florentino, Fray Bernardino de Sahagún.

19 de octubre de 2009

Una pesadilla llamada Diego Armando

Me prometía una y otra vez que no escribiría sobre esto, una y otra vez, casi tantas como el menos joven Pelusa (Oh Pelusa desde la fundación de su iglesia) repetía con fervor el salmo fálico con los ojos inyectados en sangre y una inquietud propia del que le pica más abajo. Pero ya se sabe, el cancionero popular del siglo veintiuno reza con exactitud: prometer, prometer hasta meter; por supuesto ni siquiera un gol. En esto de escribir hay una verdad como un templo (ahora que de nuevo se cruza el camino de la Iglesia con el sexo): si no escribes para sacarlo se queda dentro, y huyo, tengo pesadillas, me carcome las entrañas, navega como un submarino soviético en un lago sin fondo, la imagen de Diego en el autocar de la selección argentina, cerrando el puño y con un movimiento espasmódico y recurrente llevándolo repetidas veces hacia su boca. ¿Qué pensaría Freud de esta obsesión?

No anda tan perdido el Pelusa-entrenador por el área, siempre supo regatear bien a sus contrincantes, burlarse de ellos con un ligero movimiento pélvico, como bailarina de un club nocturno de Nápoles. El falo constituía en Grecia tema y motivo de algunos dramas satíricos, y la situación de Argentina antes de los dos últimos encuentros clasificatorios para el Mundial lo era. No es de extrañar entonces que su entrenador, profeta y Dios de la Iglesia maradoniana, encabezase la procesión ritual, agarrándose con firmeza a un repetido falo hasta entronizarlo en la prensa internacional, porque si algo tienen los medios de comunicación en el siglo veintiuno es la velocidad con la que transmiten la información y con la que nos machacan a los esporádicos (y no tanto) televidentes o radioyentes, una y otra vez, una y otra vez, casi tantas veces como si pareciera un orgasmo.

Prometí no escribir sobre ello, pero como lo he hecho, no tengo sino que restarle actualidad a este tema y recordar, a modo de indulgencia, la poesía del gran poeta latino Cayo Valerio Catulo.


ANFITRIÓN de las hambres, oh Aurelio, (léase Armando al efecto)
de éstas y de todas cuantas fueron,
cuantas son y serán en muchos años,
quieres dar por el culo a mis amores.
Con él estás, bromeas sin tapujos,
y pegado a su cuerpo intentas todo.
Pero en vano. Si algún engaño tramas,
antes has de catármela en tu boca.
Y, si tú bien comieras, callaría,
mas lamento que ahora a pasar hambre
y sed, pobre de mí, mi niño aprende.
Abandona con honra mientras puedas,
no tengas que acabar… pero mamándola.

(Catulo, Poesía completa, editorial Hiperión 1991 en versión castellana de Juan Manuel Rodríguez Tobal).

Imagen: ...capturada de la red. Músico-falo inca.

9 de octubre de 2009

Desde el burladero

Diario (9-octubre-2009)

Cada vez me gusta más ver la vida desde el burladero; qué espanto, antes disfrutaba intentando hacer equilibrios en el centro del ruedo, siempre desde una postura lo menos ostentosa posible, pero al fin y al cabo ahí, en esa plaza que está en perenne temblor y dónde de vez en cuando se produce un sobresalto, poco placentero ¿acaso existe otro tipo de sobresaltos?, a veces lo comparo con una frase rotunda que cae como una piedra sobre la conciencia: “tenemos que hablar” y de antemano sabes que no es nada bueno porque cuando sí lo es, no es necesario hacer alarde de esa preciosa facultad que nos delata como seres humanos, que nos alienta a seguir enredándonos como los peces en una profunda red, sólo somos dueños de nuestro silencio (y esta frase como imaginaréis no es mía, demasiado perfecta, demasiado pulida y suave en su forma de acariciar nuestras conciencias). Pero el caso es que desde aquí, desde el burladero, me libro de la multitud de cuernos afilados que circulan muy cerca de nosotros de forma asidua y veo los accidentes desde otra perspectiva: cómo se amistan y enemistan a través de la materia y opulencia, cómo se unen y desunen por medio de las palabras, de los gestos embaucadores, de las estocadas por la espalda, cómo algunos llevan el bolsillo descosido mientras que otros poseen un morral gris oscuro rebosante de pequeñas perlas doradas, cómo la mayoría se conforma con un buen lugar en la plaza, ora sol ora sombra, y de tan inmóviles que están a veces pareciera que desaparecen por completo. Son tiempos de crisis, económicas y humanas, tiempos de oportunidades dirán algunos, pero la realidad es que hay menos para repartir y ni siquiera para permanecer tranquilos en el nivel en el que hemos decidido conformarnos. Yo, por mi parte, y sin abandonar el burladero, me he acogido a una promoción absurda de un gran almacén: “Llévate este paraguas de viaje por compra igual o superior a 50 € en libros”; y es que se ha puesto a llover, a diluviar, a caer pequeñas balas de acero resplandecientes hacia abajo (esto es un pleonasmo dedicado a Newton y a ti que tanto los odias) y nada mejor que un buen libro para evitar que el paraguas sea atravesado, no obstante y por si acaso, he dejado a éste reposando sobre mi hombro, no sea que por inercia mágica y ficción me agarre tan fuerte a él que comience a elevarme por encima de todo este ruedo y bien está que disfrute viendo las cosas desde el burladero, pero salir volando, a estas alturas, me parece aún algo exagerado.


Imagen: santa publicidad de una gran multinacional también dedicada al mercado del libro.


Por cierto, luego me doy cuenta de que la promoción no es con cualquier libro... y entonces sí que voy encontrando mayores posibilidades al paraguas.

28 de septiembre de 2009

En busca de la forma

En la literatura contemporánea existe una preocupante atención en torno a la forma en la que presentar las ideas, yo diría que de manera obsesiva el escritor busca un rasgo caracterizador único, algo que diferencie su estilo del resto, y elimina palabras, pone más puntos y seguidos, utiliza más o menos puntos y comas, polisíndeton y asíndeton, con más o menos lirismo o reflexión, incluso algunos ponen la ortografía al servicio de la estilística con tal de hacer sonar el badajo del crítico amargado que piensa en su sillón de piel roja que la-literatura-de-ahora-no-es-la-de-antes, mientras espera impaciente el partido de fútbol de la nueva jornada. El estilo (pienso, desde la indefinición del mío propio, si es que tengo alguno) debe ir anexo a una reflexión sobre el tiempo y el espacio que nos rodea para después dirigirlo hacia una trasgresión, en busca de sentido; y son pocas las clarividencias al respecto, simplemente que convivimos con el ser humano más devora-hombres de los últimos siglos, una especie de Polifemo pero con varios ojos, sabedor consciente de lo que está llevando a cabo, y por tanto, constructor de una especie de laberinto oscuro sin hilo de Ariadna. Y en esta tesitura de neocreación que termina cayendo en la intranscendencia más sublime (y aburrida), me acuerdo, como últimamente me sucede a menudo, de Juan Rulfo, amordazado ante una literatura de extremo realismo que buscaba obsesivamente la sustancia de lo que estaba sucediendo en Latinoamérica y que él decidió no leer. Buscó la manera de ir en contra de la misma y halló paradójicamente un paraíso: la paulatina destrucción de la sustancia literaria, que posibilite la desaparición progresiva del escritor en pos de la vida realista de los personajes dentro de la obra, y en ese camino encontró el simbolismo universal y rural que recreaba el propio carácter de dichos personajes, y fue esta situación la que marcó el desarrollo de la forma; como no podría ser de otra manera, este estilo creó numerosos vacíos en la obra, que se entienden como silencios en el espacio-tiempo del lector y avocados al desahucio de todas las ilusiones. Este no-lenguaje también daría muerte al escritor, pero Rulfo nos dejó un legado cargado de significantes a través de una forma literaria de dentro a fuera que niega constantemente la sustancia, cada vez más inaccesible para el ser humano. Ojalá pudiéramos ser capaces ahora de realizar una mínima lectura de este mundo tan complejo que nos ahoga, para poder destruirlo sin necesidad de hablar tanto.

PD: Seguramente este texto estará plagado de imprecisiones literarias sustanciales.
Imagen: Juan Rulfo, por Pablo Gallo; aprovecho para recomendar su micrometraje de este mes de septiembre, dedicado a la figura del escritor mexicano, pinchando aquí.

17 de septiembre de 2009

Como plantas

Para Jesús

Esta madrugada, desnudo por un sentimiento espontáneo (e inexplicable) de liberación, se me ocurrió abrir la ventana y al mirar la luna, que apenas era un rasguño imperceptible pero límpido en el cielo, atisbé unas figuras extrañas, quizás humanas que hieráticas permanecían sobre todos los tejados, una especie de desafío a la realidad, una reunión de caracteres acompañados cada uno con la misma maleta, marrón oscura y cosida a mano por un hilo grueso más claro, igual que la que yo he guardado durante todos estos años bajo la cama. Sin duda era una invitación a respirar un poco de oxígeno de la atmósfera, tal vez el futuro de todos esté en sembrar jardines sobre los tejados.

11 de septiembre de 2009

Nuevo blog: Nudo de palabras

A falta de uno... dos. Otra de mis grandes pasiones es la fotografía, muchas veces sirve como excusa de viaje, otras de evasión, la mayor parte para suplantar mi mala memoria, pero también de diversión, prueba y sobre todo para complementar a la literatura. Pero poco a poco he ido experimentado una realidad que me provoca cierto temor (o un temor cierto), y es que con ellas, con las fotografías, se experimenta el más profundo de los silencios, las más ocultas pasiones, el goce de no tener que literar lo que desgraciadamente no existe, existiendo.

Os invito a pasear por "Nudo de palabras", el residuo placentero de la contemplación cuando las palabras no están dispuestas a ser esculpidas por una mano amiga y se atragantan de forma precipitada al observar un instante. Aquí iré poco a poco dejando algunas fotos de viajes, experiencias, sensaciones, significados, para compartir con vosotros/as junto con algunas palabras ennudadas.

4 de septiembre de 2009

Máscaras

Diario (1-septiembre-2009)

Máscaras. Como las que usaron en el teatro griego y que no han abandonado la escena hasta la actualidad; y me gustaría entender la escena como una prolongación desde la que se realiza en espacios habilitados para ello hasta la propia calle, porque pese a que con algunas celebraciones (por ejemplo Carnavales) se mantiene el uso de estas mascaradas, pienso que la realidad las ha asumido como propias (una extensión de su anquilosado brazo) y nos ha convertido en víctimas, tal vez por miedo, del disfraz que representan. Vamos por una calle en principio desértica, los cuarenta grados y la falta de lluvia impiden la formación de charcos en el arrugado cemento, el cristal de los escaparates está más limpio que nunca (algunos tiene el cierre por vacaciones o defunción) e impide la devolución de esa mirada amable sobre nosotros mismos: carecemos de elementos para saber el aspecto que tenemos pero sí para fijarnos más aún (abandonado ya el onanismo) en las personas que, como cuentagotas, van pasando frente a nosotros... un cóndor pasa muy alto pero su sombra se resiste a abandonar la acera por la que caminamos. Intuimos algo extraño desde el momento en que, al pasar, la gente adopta un gesto extraño, ora abrupto ora monstruoso e incluso en algunas ocasiones, el orificio vocal (el único que parece cobrar cierta vida) parece emitir cierto grito sostenido por los hilos del decoro pero que llega amplificado. No sé por qué razón no puedo ver a la gente con la naturalidad con que lo hacía antes; todos parecen haber adoptado una máscara con la que representar su papel en una sociedad que a su vez hace serios esfuerzos por anular la naturaleza. Siento que no importan tanto la máscara que hayamos escogido para vivir (siempre habrá algunos que se apresuren a tener la más cara) y sí la predisposición que tenemos cada uno hacia las cosas. La máscara es producto únicamente del mercado contemporáneo, que nos obliga a adoptar una pose fija, mientras que la expresividad de toda esta gente que en esta mañana infeliz se está cruzando conmigo, ha quedado relegada a un segundo plano, esperando que la demos una oportunidad.


Fotografía: "Máscaras colgadas". Conrado Arranz. Taxco 2009

24 de agosto de 2009

La serenidad violentada

Desde el origen de la razón humana, que por inmemorial y por falta de vidas pasadas (y lecturas necesarias), no soy capaz de cifrar, el hombre y la mujer han gozado en cierta forma del sufrimiento ajeno. No debemos olvidar que la empresa más próspera y en la que se han movido todo tipo de intereses (en la que España, por ejemplo, perdió todo el oro que ensangrentado venía de Latinoamérica) fue, es y tiene visos de seguir siendo, la guerra. Incluso en la Edad Media, los caballeros a través de sus justas y torneos, construyeron un mundo extraordinariamente simbólico y bélico, cuyos pilares básicos eran el espectáculo y la guerra, con las consecuencias de dolor humano subsiguientes.

El recuerdo de Frida Kahlo me hiere cada vez que me envuelve y en estos días volvió a hacerlo de nuevo; sobre todo porque es un dolor de humo: emana de lo más profundo del ser de su obra y biografía, te va envolviendo con una extravagante e irreverente sonrisa y te opaca en un ecótico* vacío. Sus obras son de una tierna violencia que no pueden sino agitar a la mayor de las rocas, a los hombres de piedra que vivimos rodeados de cemento a lo largo de toda nuestra existencia… porque Frida vivió una guerra personal en la que su carcasa luchaba por no dejar transpirar el alma, y ésta tenía que hacerlo a través de una mano temblorosa que debía estar horas en forzado paralelismo con el suelo, buscando un punto de gravedad que la hiciera sentir viva. Lo conseguiste Friducha y hoy tu corazón late en el interior de tu obra, la eterna, la incontestable, como late el nuestro golpeando el caparazón oscuro que nos amarra.
Nunca pensé en sentirme atado a mi estómago que lejos de volver a ser el mismo se encarga de recordarme su función vital.



Imagen 1. Pintura: Autorretrato. Frida Kahlo
Imagen 2. Fotografía: Serie "El Baño de Frida". Graciela Iturbide.

*Sí, ecótico no existe, pero es el adjetivo que más me une a esta sensación.

16 de agosto de 2009

Hay maneras de irse, maneras de volver y maneras de sentir que nunca has vuelto (o nunca te has ido). De cualquier forma, la desaparición es la más enigmática de todas ellas. Sí, no avisé de mi huida (había ladrones que leían mi blog y permanecían al tanto de esta manía que nos da por contarlo todo). La vuelta de México ha sido más dulce esta vez por culpa de Graciela, una mujer escapista que nos la jugó con los horarios antes de marcharnos y tuvimos que postergar la vista a su exposición. Allí también pudimos reencontrarnos felizmente con Andrés y Ainara, con quienes en soledad individual pudimos disfrutar de la magnífica exposición (ellos en una privilegiada segunda visita que propició elegir un orden distinto).

Ante la obra de Graciela tal vez lo que más toque sea el silencio; un silencio sepulcral en nosotros mismos que viene configurado por el sentido de la muerte y de la naturaleza que cada uno de nosotros tenemos. También porque el espectador llano, como nosotros, se acerca a la fotografía con una profunda extrañeza (como si fuera la primera vez que reconocemos algo), pese a que la muestra es de una irreverente cercanía y una realista presentación. Ese es uno de los accesos al conocimiento que adquirimos de la mano de Graciela: el simbolismo y el surrealismo no están tan alejados de la realidad, simplemente tienen más que ver con la empatía, con el mimetismo del más realismo de los factores en estas circunstancias, el fotógrafo. Graciela no es ninguna impostora, es una mujer desnuda e invisible que nos regala su sentido, ni siquiera su mirada. A veces también se nos muestra (cumple con el instinto voyeur): como una verdadera seri, cuyos pies (“para qué os quiero”) permanecen hieráticos en la bañera profanada de Frida (donde yacen sus muletas enlazadas con un cuadro de Stalin), mordiendo las frías escamas de unas serpientes obscuras que le acercan un poquito más a la muerte…

Naturaleza y muerte son las vivencias y los sueños que Graciela plasma en su fotografía; una naturaleza siempre adulterada por algún elemento que indica la mano del hombre y la conduce a la sequedad, al hermetismo; una muerte húmeda, ceremonial, ritual, que se entremezcla con lo carnavalesco para definitivamente transgredir la línea de la religiosidad y hacer de los ritos un universo complejo, personal, del que Graciela se apodera solidariamente para retratar.

Tal vez la secuencia más impactante sea la colección de pequeñas fotografías (apenas perceptibles en la magna exposición si no fuese por la voracidad expresionista de su llamada) realizadas en 1978 en el cementerio de Dolores Hidalgo (Guanajuato), cuando la fotógrafa se encuentra en el entierro de una pequeña y la familia se aviene a posar e incluso a abrir el ataúd de la niña en un anhelo tal vez de eternidad momentánea. En el transcurso de la procesión, un cadáver, cuyos zapatos y pantalones están intactos a diferencia de la codicia con la que la mitad superior ha sido devorada por los buitres, corta el camino racional a la tumba de la pequeña; en lo alto miles de pájaros sobrevuelan el terreno, anuncian: la vida no es un camino recto, la muerte está al asalto de la naturaleza o ¿somos nosotros quienes la circundamos? Transcribo las sabias palabras de Graciela al respecto: “…En la vida todo está ligado: tu dolor y tu imaginación, que quizás te sirva para olvidarte de la realidad. Es una manera de mostrar cómo se liga lo que vives con lo que sueñas, y lo que sueñas con lo que haces y queda en el papel. […] Las obsesiones provocan apariciones. O mejor dicho, fomentan un estado mental que te hace ver lo que vas buscando”.

Por eso el dolor que causa la separación de un México tan ambiguo es contrarrestado por el contraste de las emociones inevitables que han causado sus imágenes en mí. Gracias Graciela Iturbide.

Fotografía 1: Mujer Ángel, Desierto de Sonora.
Fotografía 2: Secuencia Cementerio de Dolores Hidalgo, Guanajuato.
Exposición: Fundación Mapfre Madrid (Sala Azca), del 16 junio- 6 septiembre de 2009

9 de julio de 2009

El hombre de piedra

La Naturaleza va esculpiendo el perfil de los hombres más extraños que, ataviados con su uniforme vestimenta, se van estrechando en la parte inferior; pies, piernas e incluso cadera, sostienen con heroica disciplina la compleja masa informe que compone nuestro busto y aún la cerebral. Desafiamos el tiempo que inexorable recorre nuestra figura como queriendo acariciar algo que no le pertenece del todo, porque dicen que venimos de ti, aunque no hallemos ninguna correspondencia. Entre nosotros el tacto, no ya sentirlo sino tan siquiera gozar la posibilidad de ignorarlo, es imposible; alguien golpeó con el filo de su espada alguna vez para mantener en el tiempo la leyenda de Tántalo y separar a los hombres de lo que más querían.







Imagen: "Ciudad Encantada", Conrado Arranz. Junio 2009

26 de junio de 2009

Dudas

Una duda me entretiene para no pensar en otras;
cuando intento abarcarla en su unicidad se desborda
por los lados creando pequeñas dudas
que aprisionan a la más grande
como queriendo
(tal vez)
ser alimentadas por ella, de forma solemne
con una viscosa savia que me desinfla
hasta llenarme de contracturas, quebraderos, retorcimientos
que (por desgracia) paga mi almohada
un poco más tarde, cuando la noche
la transforma en dentelladas en un lecho salvaje
sobre el que reposa mi cabeza;
comenzará a sudar, convirtiendo el descanso
en los restos de una tormenta tropical
sobre Oaxaca.


Sigo en mi mesilla de día,
arrugando folios en blanco
con pocas letras escritos
que van cayendo al suelo
en espera de la noche.

16 de junio de 2009

Por eso les dieron alas

Los días de bochorno, que quieren ser verano fuera de temporada, se acumulan a empellones cientos de hormigas en las repisas de las ventanas. Nosotros, en referencia a los seres humanos desprovistos de armas químicas, tenemos poco tiempo para reaccionar ante el problema: cerremos todos los cristales haciendo que la casa (último piso) alcance los cuarenta grados con escasez de oxígeno, o, por el contrario, esperemos a que las humildes hormigas, por eso les dieron alas, invadan nuestro territorio en su camino de anarquía aérea y aterrizajes en desvarío. Son días de bochorno los que la naturaleza emplea para someternos al soborno de la existencia.


Imagen: "Voladora". Raquel Méndez (en la red).

28 de mayo de 2009

Escapa si puedes


Un cadáver, ya prácticamente desangrado, sobre la alfombra de un salón del aristocrático barrio de salamanca en Madrid. Junto a él, un hacha todavía sigue emanando calor, hay restos de sangre por todas partes, salvo en el filo del mismo, donde parece que se han preocupado por mantener el esplendor de su brillo. Agradecemos la consideración del cuerpo al caer de bruces frontalmente contra el suelo, aunque con seguridad sea debido a la inercia de los golpes que el occiso recibió en la espalda, los que permiten ahora contar las vértebras machacadas. Dentro de la chimenea continúa el crepitar silencioso de la leña en su afán de no dar por concluida la acción. La sangre está caliente sobre el cristal de la mesa baja, el cuerpo frío espera una caricia forense. Wagner no suena con el mismo esplendor en la radio de la habitación contigua, se escucha con el volumen bajo. Somos testigos incidentales al querer narrar con el color de las pupilas la acción sobre el fondo blanco del papel. Es fácil que el lector potencie su imaginación al presenciar la escena, saque sus propias conclusiones, eclosione con sus propios valores, e incluso se aterrorice al saber que el señor que yace sobre la alfombra puede ser perfectamente su marido que con una bata roja, saborea aún la piel y el sexo del hombre que bajaba precipitadamente las escaleras cuando nosotros subíamos a contemplar la escena. Es explícito, concreto, palpable.

Luego regresaré tarde a casa, habré perdido un gramo más de mi fe en el ser humano; mi mujer me recibirá con las mismas palabras de siempre, tal vez hoy sea uno de los días en los que me regale una sonrisa breve, tierna aunque desgastada, esta situación provocará de inmediato, como un gesto automático, que me abalance sobre ella y le abrace sin sentir nada. Con suerte ese día la cena estará preparada, si no seré yo el que improvisaré alguna fórmula para salir del paso ante esta cotidianeidad absurda. En la cena veremos, uno al lado del otro, la televisión, si es que conseguimos ponernos de acuerdo en el canal. Nos aburriremos seguramente de no prestarnos atención y nos iremos a acostar, también uno al lado del otro, cerrando nuestro día con un beso de los que se hacen sentir como una brisa, de los que no abren tan siquiera el mundo de los sueños, será simplemente como una desconexión del tiempo que recobraremos a la mañana siguiente gracias al molesto y repetitivo sonido de la alarma. Mañana será el mismo día que hoy pero con una cifra más sobre el calendario. Tal vez tenga la suerte de encontrarme en el camino hacia el trabajo a gente diferente y diversa que no me aporte nada o tal vez me encuentre con alguno de mis lectores, que aburrido de las novelas históricas de asesinatos que escribo, quiera acabar con el que les da vida sin siquiera conocer un poco de este Félix que pone aquí el punto y final de su existencia.

Tú, mientras tanto, pensarás que esta historia no tiene lógica, pero es que la vida es una especie de irregularidad de nuestra conciencia.



Imagen: "Escapa si puedes". Conrado Arranz. París 2009.

20 de mayo de 2009

Sobre la muerte de un poeta















Crecí, y cuando utilizo esta palabra, lo hago con la conciencia de que empecé a hacerlo en torno a los veintidós años, situación que me remonta ya a mi edad real: tengo siete años, aunque pronto cumpliré los ocho. Y a lo largo de este tiempo he vivido bajo la creencia absoluta de la inmortalidad de los poetas, aun con sus defectos. De hecho, en la actualidad vivo con Rafael Alberti, quiero decir, es huésped de la habitación de al lado; hace poco marcó para preguntarme si le podía dejar el cuarto de visitas por unos días, por supuesto accedí y el primero de mayo, recién llegó, estuvimos toda la tarde de plática en el parque de las siete tetas, muy cerquita de mi casa, me confesó que ya no podía escribir, puesto que la obra no tomaría cuerpo (presente), pero que de haberlo conocido antes, sería uno de sus espacios poéticos preferidos (intuía yo que era capaz de ver el mar desde allí). Ayer salí con una camiseta de rayas azules y blancas horizontales semejante a la de Rafael, aunque la mía lleva un ancla en el centro que nunca se despega. Por casualidad (circunstancia que no estaba prevista), acabé el día asistiendo al nacimiento de un nuevo poeta –miento– no es nuevo, es joven, pero no nuevo, lleva mucho tiempo escribiendo poesía, sintiendo poesía y esculpiendo las palabras para que encajen en un endecasílabo; tanto es así que acaba de ganar el premio Hiperión, y ayer lo recibía oficialmente, enhorabuena Francisco José Martínez Morán por tu cuidado poemario Tras la puerta tapiada, y por tu invitación. Y allí estaba en la última fila, sin Manolo García, pero con mi camiseta marinera, mis pelos desordenados en los que se asoma ya alguna cana, y mi cara de circunstancia social y no es que quiera ser alegoría de Alberti, que él decidió quedarse en casa. Y digo que asistí al nacimiento porque antes había asistido al funeral de Mario (no el personaje de Delibes como imaginaréis). Él decidió dejar este espacio sembrado de luchas irracionales con un ejemplo de activismo literario y filosófico, que es lo mismo que una ejecución de la utopía que todos llevamos dentro, muy sumergida, a veces escurridiza como un pez. A Alberti también le pesó la noticia sobre Mario, pero ayudó a sobrellevarla las historias que un amigo, vallekano también, le contó sobre el futuro puerto de mar de nuestro barrio, a él se le iluminaron sus pupilas (aunque ya lo había visto desde el parque). Se acerca el día en el que Rafael abandone el cuarto de invitados, y vuelva a su universo principal, el mismo que Mario ocupa ya desde hace unos pocos días. Prometo que el polvo en el que os habéis convertido no cubrirá los lomos de vuestros cuerpos. Mientras, unos, como Fran, labrando sus poemas y otros, como un servidor, deglutiéndolos con sigilo, seguiremos dando vida (humilde) a la poesía, musa de la utopía inmortal que con su canto nos traslada a ficciones verdaderas.


"El silencio del mar
brama un juicio infinito"
(el silencio del mar, Mario Benedetti)

14 de mayo de 2009

Lucha de gigantes

a Antonio Vega in memoriam


Por supuesto, vivimos con miedo, aunque si nos fijamos bien apenas tenemos algo que perder. Nos han presentado un mundo que lucha por encerrarse cada vez más en sí mismo, se aísla y pone límites artificiales en sus relaciones. Las diferencias físicas, el miedo a la apariencia, han ido prestando espacio al pavor que provoca la unión de los que no tienen. Frente a ellos, los líderes que abanderan mástiles vacíos pero que representan el bienestar de todos, recogen los frutos de ese miedo que ha ido sembrando la ventura a lo largo de estos últimos años. La sociedad se ha convertido en un pequeño mercado en el que se está constantemente regateando, algunos regresan al final del día a casa con la sensación de que han triunfado, han comprado a un menor precio, se han hecho respetar por sus semejantes, están colmando en definitiva el nivel de ambición que se habían propuesto, son triunfadores y por extensión felices. Mejor aún, el problema es que triunfadores somos todos, la sociedad nos presta el beneplácito de situarse al nivel que necesitamos, después nos lo irá cobrando por otro lado; total, nunca llegaremos a un acuerdo para objetivar el bienestar, para calmar la ambición irracional, y sobre todo somos seres humanos y necesitamos más adornos para vernos bien, para tapar nuestras miserias, para sentirnos admirados. Pero pasear entre los rascacielos da complejo de inferioridad, pronto necesitaremos un despacho en el último piso del más alto de todos ellos para contemplar al resto desde otra perspectiva y de paso estar más cerca del sol. En los bajos, siempre habrá un bar y alguien colocado en la barra en postura escorzada, sin poder recibir tan siquiera un rayo de luz, cuanto más algún reflejo de tanta ventana impostora que brilla para fagocitar el espíritu con su poder de atracción, si nos fijamos bien: no son transparentes más que en la noche, cuando los individuos se marchan y dejan encendidas las luces. El refugio sin embargo será infame y, sin sentirlo, cuando seamos conscientes de que nadie nos sigue a aquel lugar inhóspito, algo entrará dentro de nosotros y nos demostrará con su canto que el fracaso no es un concepto tan negativo como nos lo habían enseñado; el miedo actúa de parasol de esos reflejos falsos que opacan la visión pura y cristalina del ser. Al salir del bar, seguramente sólo escucharemos silencio, y ese pequeño pitido lejano que por inasible, constituirá una utopía escucharlo más alto. Por supuesto, el resto de personas, o al menos la mayoría, habrán desaparecido. Eso, o que tal vez sigamos borrachos, cómodos en nuestra silla y recostados sobre la mesa coja de madera carcomida por los restos de alcohol y miseria.


*
*
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Lucha de gigantes

convierte,

el aire en gas natural

un duelo salvaje

advierte,

lo cerca que ando de entrar

en un mundo descomunal

siento mi fragilidad.

Vaya pesadilla

corriendo,

con una bestia detrás

dime que es mentira todo,

un sueño tonto y no más

me da miedo la inmensidad

donde nadie oye mi voz.

Deja de engañar

no quieras ocultar

que has pasado sin tropezar

monstruo de papel

no sé contra quien voy

o es que acaso hay alguien más aquí.

Creo en los fantasmas terribles

de algún extraño lugar

y en mis tonterías

para hacer tu risa estallar.

Deja de engañar

no quieras ocultar

que has pasado sin tropezar

monstruo de papel

no sé contra quien voy

o es que acaso hay alguien más aquí.

Deja que pasemos sin miedo.

Antonio Vega



5 de mayo de 2009

a Denise

Denise querida,

Son las 22:30h

Hace ya tiempo que oscureció y me he puesto a escribir, antes he recordado el día que me confesaste tu amor por mi condición de animal de oscuridad; la verdad es que en ella me desenvuelvo como un pez a miles de pies de profundidad, donde apenas la claridad son pequeñas y lejanas chispitas; luego, supuso nuestra ruptura, pero supongo que ahora no tiene el mayor interés.

Te he recordado porque el tren en el que he llegado esta mañana andaba demasiado despacio y, ahondado por la sensación de quietud de la llana extensión de los campos manchegos, propiciaba en mí una querencia propia del pasado, tiempo inexistente por la opacidad de los años, por el encallecimiento de las emociones de antaño.

El tren no deja de ser algo vetusto, pero no por ello romántico, no creas que son como los de antes cuya madera rechinaba con el bambolear de las vías, éste apenas tiene división por compartimentos y ya no usa las cortinas de color sepia que se mecían creando efectos lumínicos en todos los vagones, sino que se han convertido en persianas de un color oscuro, elásticas y con pequeños puntos que apenas frenan la luz.

Pero, todo ese campo de luz intensa y quedita, esas persianas que apenas tamizaban la claridad convirtiéndola en simples partículas y la tecnología que a veces falla por ser caprichosa con el devenir de cada ser humano, no pudieron evitar que al entrar al túnel todo quedara en densa oscuridad. Apenas me quedaban unas diez páginas del libro y, sin embargo, pude concluirlo sin ver nada, acudían a mi cabeza una a una las letras que restaban, y es que Adam ya se había desdibujado lo suficiente, y terminé por diluirlo dentro de mí. Cuando el espacio recuperó la luz, momento que coincidió con la salida del prolongado túnel, yo guardé en mi morral el libro y cerré los ojos queriendo extender esa oscuridad que a lo largo de la vida me había perseguido de manera fortuita pero en cualquier caso bienvenida.

Ya he llegado a mi destino, estoy concluyendo esta carta que parece poner fin a algo que todavía no sé lo qué es. Aquí en el hotel estoy solo, me han dado una habitación en la planta dieciocho y la ventana no se puede abrir del todo. Hace calor y ni siquiera tengo la posibilidad de poner un vaso sobre la mesilla.

Siempre tuyo,


Arcadio Letanía

28 de abril de 2009

La costumbre

Ocurre durante un atardecer rugoso en el que las nubes se pliegan para acariciar el sol y proyectan unas partículas rojas que aterciopelan la cúpula que nadie pisará jamás. Había sido uno de esos días en los que Gustav, aquejado de cierto animalismo, recorrió la ciudad sin una idea premeditada de los lugares a visitar. Terminó sus paseos allí mismo, sentado sobre un cerro, ajeno al hedor de la tierra que grita agua, donde se da cuenta de que el cielo apenas es un sustrato lejano, paralelo al suelo para evitar cualquier contagio. Con seguridad, cuando el ambiente incorpore la noche a su forma de entender, Gustav volverá a su casa aquejado de una alergia campestre que le provocará asma, respirará por la boca emitiendo un pitido inaudible para el resto pero resonante para sí como si se tratase de los últimos hálitos de vida. Se acostará, y mirando al techo de su casa desquebrajado con una línea irregular que lo divide en dos, abrirá el primer cajón de la mesilla, jugará con el frío gatillo de la pistola y afianzará en sus manos el inhalador. Dos tomas serán suficientes para calmar el ansia provocada por la falta de oxígeno en el cerebro. Dormirá, no sin cierto nerviosismo, pendiente de un eventual timbrazo que le pueda partir la noche. Gustav hacía tiempo que no mataba y esta vez sintió como si estuviera perdiendo la costumbre.


*Imagen: "Hombre con perro", Francis Bacon. 1953

23 de abril de 2009

Iluminación inteligente

Verde, es el camino en donde juegan los niños antes de que un coche borre su rastro.

Rojo, sus labios sepultados en mi piel sin muda posible.

Naranja, es el amargor disfrazado de dulzura.

Violácea, la penumbra en la que construimos nuestros secretos inconfesables.

Blanco, el espacio que reduce nuestros cuerpos.

Amarillo, es un taxi que recorre la ciudad sin encontrar clientes.


¿Cuál es nuestra figura dentro de la ruleta?

13 de abril de 2009

Matías


Encogido en la humildad que otorga el silencio más profundo, Matías baja a la huerta a primera hora de la mañana a recoger los frutos de sus crecientes madrugadas. Ahora lo hace con una nueva cesta de mimbre que Sofía, la repostera de la calle principal de su aldea, le regaló por ser un cliente “nada molesto”. Matías simplemente espera durante todo el año la temporada de la vendimia, la que le lleva a viajar a Francia, por pura inercia, a bañarse con la suave brisa de la costa azul que a veces quiebra un ligero olor a resaca de lavanda, allí se desliza con suavidad entre todas las vides que alzan sus brazos cargados de frutos que, con su redondez, piden ser aplastados, pisoteados, hechos jugo, para la alegría de sus iguales. Sí, aguarda solo ese momento en una pequeña aldea que tuve el privilegio de visitar hace ya muchos años.



Matías dijo alguna vez pero nunca nadie oyó, se quedó sin marco para expresarse y su escucha quedó hueca, dirigida al vacío más profundo de la existencia, la que recorre como un ruido incómodo la corteza de nuestra tierra.


3 de abril de 2009

El sentido del reflejo


“El hombre vive y no se ve”
Luigi Pirandello



Somos manchas tristes cuya turbación nos impide reconocernos; pero el problema real llega cuando Miguel, nuestro protagonista de hoy, hace de su estado natural la turbación, no la reconoce como algo relevante de su vida ni siquiera se detiene en su deambular de casa en casa (vende seguros para más datos); las fuentes de su ciudad, último reducto de una época de pugnas aristocráticas (de pudientes que basan su estatus en las apariencias, sin pudor), reposan cristalinas y apagadas de cualquier otro influjo que ocasione una ruptura. Ellas así mismo sienten (y esto sólo es achacable al descenso de la reflexión humana en cuanto a las percepciones, según las últimas estadísticas) la presencia de un alma transparente en su fugaz paso, pero no se mudan y permanecen en sus respectivas esquinas, con el mármol expuesto a la caricia del viandante. Miguel, sin embargo, no tiene más remedio que mirar al suelo en su caminar nervioso, algunos clientes me han confesado que conoce exactamente el número de pasos que distan de un cerco a otro, pero sin embargo Miguel tiene que comprobarlo todos los días (también sabe el número de adoquines que puede abarcar en cada zancada, aunque a veces está demasiado cansado).


Suele llegar a casa cerca de las nueve de la noche, algunas veces se entretiene en el bar de abajo, donde la mesa de la esquina parece llevar su nombre inscrito en letras melancólicas, aunque reposan ocultas bajo el salero; después, sube a casa, deja su maletín sobre la mesa del comedor, se desnuda y entra en el cuarto anejo a la cocina (lo que todo el mundo denominaría alacena), es un cuarto vacío, de escaso volumen pero inquietante frialdad, donde cada una de las tres paredes está forrada de un gran cristal que la recubre. Miguel se sitúa en mitad de ese espacio y sólo mira hacia la puerta, incrustada en la única pared blanca, ausente de reflejos. Allí se detiene veinte minutos, parado…


…después respira con el alivio que le produce sentir que su cuerpo se está reflejando y abandona el cuarto, apagando la luz. Normalmente a las diez de la noche se recuesta en la mesa donde ya dejara el maletín y dibuja garabatos… tal vez algún día le encontrará alguien algún sentido.



Este relato está inspirado en la imagen, cuadro del pintor expresionista abstracto Jordi Boldó, perteneciente a su serie “casas”, al que aprovecho para saludar, felicitar y homenajear humildemente su obra.

30 de marzo de 2009

Confort

Y qué hay de cierto en la sensación, a veces monótona, que tienen las apariencias de mostrarnos como sujetos pasivos de recepción de las palabras que los otros expulsan. De esta misma forma la gente afila su idiosincrasia para lanzarla, en forma de lenguaje, contra un universo cuyos receptores (ora yo ora otros) hacemos nuestro, un universo lleno de cualidades que se han ido conformando bajo los influjos mágicos de la Naturaleza y confirmando bajo la atenta mirada de los estúpidos seres de palabra que, tal vez por esnobismo, egocentrismo o simplemente por inconsciente infantil, parapetamos en subterfugios semejantes a compartimentos estanco que también denominamos “diccionario” y que antaño fueran páginas en blanco, evocadoras tal vez de una virginidad necesaria en el paraíso de la literariedad.

Y todo lo anterior no deja de ser sino un entramado de nombramientos ambiguos y asociales que de alguna forma vienen provocados por la sensación de que algunos días soy blanco de las evocaciones poéticas del inconsciente mundano que circula frente a mí. Así, la semana pasada, durante todos los días, al terminar de cruzar el último paso de cebra que da acceso a mi trabajo, una mujer que dirigía un cochecito con un bebé, esperaba mi presencia para mirarme a los ojos y decir cosas como: “siempre tengo que estar pendiente de ti” o “te dije que tuvieras cuidado, ¿recuerdas?” o “ya vas allí, a cavar tu tumba”. Esos días regreso a casa con una cierta angustia existencial y, asaltado en el camino por millones de palabras que no se dejan escribir (ni siquiera en la libreta verde), acudo a mi ordenador que se debate en la negación sombría de escribir la palabra “yo”, y entonces sencillamente me siento a leer lo que otros escriben.


Desde aquí, desde este medio público de anonimato, y refugiado en mi más absurda negación e ignorancia, que la mayor parte de las veces me hace guardar silencio, pregunto, ¿conformamos las palabras o son ellas las que nos conforman? …y sé que lo lanzo al Universo como un arma arrojadiza, esperando tal vez nuevas personas al otro lado del paso de cebra porque la mujer con el bebé empieza ya a incomodarme.

Imagen tomada del blog “Páginas Sepia

24 de marzo de 2009

Fechas

Para Araceli



Tengo una libreta verde en la que sencillamente anoto la fecha de cada día y después la fecha de mi muerte, no sé muy bien en qué lo baso, pero siempre que escribo lo hago solo. La fecha va variando con el tiempo sin ninguna regla fija, a veces la franja es muy estrecha y el vértigo llega a posarse en mis mejillas resguardándose tal vez de la guadaña; lo que sí es cierto es que cuando el campo es amplio me siento perdido en un lodazal y, apenas termino de desenterrar mis piernas, un nuevo día caricaturiza de nuevo esta libreta de fechas que en un futuro quemaré, a mi lado, en silencio, durante el crepúsculo, solo al fin.


Imagen: "La puerta del cementerio", Marc Chagall

19 de marzo de 2009

Somos una comedia trágica

Cuando aquel hombre algo desaliñado pasó junto a nosotros, nunca imaginé que se agacharía para recoger un anillo dorado que al parecer se nos había caído. Yo le dije que enhorabuena, que no era nuestro y que el dueño de estos objetos perdidos y fungibles era el aventurero que los encontraba, le di incluso una palmadita en la espalda mientras seguía observando la torre Eiffel desde los Campos de Marte, pensando en si los españoles que atracaron en América pensarían lo mismo, me dio terror. Había visto algunos como él, al parecer gentes del centro de Europa, sin oficio conocido y que se pasaban largas jornadas persiguiendo turistas por las calles de la ciudad con una mano tendida su palma al cielo y con la otra al suelo, intentando introducirse en la mochila de algún despistado. “Monsieur”, escuché a mi espalda y el mismo aventurero se esforzaba en hacerme señas de demostración de la dificultad de encajar su dedo en el anillo (medía aproximadamente dos metros) y que me lo regalaba para mi mujer, al parecer era de oro. “Bueno, gracias”, reconozco que en ese momento la situación me empezaba a incomodar de alguna forma y escapaba del idilio de disfrutar la urbe alejado del resto de condición humana. Pero “Monsieur”, y me dijo que necesitaba comer y mi caridad le ayudaría, más si cabe cuando su benevolencia había quedado probada. Yo sólo lo miraba a los ojos y a través de ellos veía pasar imágenes que no estaban sucediendo en ese momento, la tragedia de encontrarme con personajes que entonaban melodías sobre los tejados y cortejos que discurrían sobre estrechas calles empedradas opacaban mi seriedad y frialdad a la hora de tratar cualquier asunto de permuta o fondo que entrañe negocio. Le di cinco euros, en conciencia de que ese es el precio que tiene en París un café en cualquiera de sus Bistros, pero no conforme extendió su palma de la mano hacia el cielo y siguió pidiendo, ahora la pupila había sufrido una dilatación ostensible y podía sentir cómo absorbía toda mi materia, dejando la esencia al crepitar de las hojas caídas frente a la Torre Eiffel. Estuvo así unos segundos hasta que dedujo por mi cara que no sólo había entendido el engaño, sino que además lo reforzaba; por supuesto yo en España de alguna forma también hacía lo mismo. Sufrimos una presión social, una vez considerada nuestra herencia, que nos fuerza a cometer acciones alejadas de lo que en realidad creemos ser; la picaresca al fin y al cabo siempre ha sido resultado del intelecto y huida del uso de la fuerza que la naturaleza y la ciencia confiere a algunos seres humanos. Se fue en silencio, al parecer más tarde corrió para doblar más deprisa el muro de la Escuela Militar, hacía un sol de los que llaman “de justicia” y su reflejo nos dejó ciegos por un momento, antes de volver a contemplar las cuantiosas toneladas de hierro empleadas para la construcción de una torre que Verlaine se negó a mirar.

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"Entre rejas", Conrado Arranz, marzo 2009

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Balzac también pensaba que las presiones sociales forjan a los hombres de toda una época e inició el vasto camino de una gran comedia, “La comedia humana”, en la que recopilar todas y cada una de sus novelas, escritos, artículos, estudios, que reflejaran de alguna forma un brillante mosaico de la sociedad francesa en la que cada uno de sus lectores se sintiera representado y confluido de las diferentes fuerzas que hacían dinámico al personaje, sin embargo una nota característica predominaba sobre las demás, era la que devolvía al hombre a su sencillez y arrojaba luz sobre el camino, la famosa esperanza que subyace a los hombres pesimistas, la que buscaba provocar la catarsis curativa. Bajo la robustez de su figura decimonónica, se encontraba un ser humano que luchaba de forma meticulosa por dibujar al hombre en su justa composición, sin embargo sólo un hombre pudo desnudarlo a él, y lo encontré muy cerca de los propios Campos de Marte, alguna hora más tarde del suceso contemporáneo narrado un poco más arriba, Auguste Rodin. Un paseo por su museo me devolvió la visión que en ese momento necesitaba y de alguna forma la obligación de compartirlo. Disfruten.


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"Balzac por Rodin", Conrado Arranz, marzo 2009


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Me quedan apenas dos noches y dos días para pasear por París, pero el bagaje de estos cinco días es delicioso bajo un sol inusual en la ciudad de la luz. Espero no haberos aburrido con este post con el que necesitaba saciar la necesidad de contar.

"Anochece sobre el Louvre", Conrado Arranz, marzo 2009

9 de marzo de 2009

Vigilantes

Ella grita de forma desesperada a un lado del grueso muro, dice cosas inconexas pero arroja al vacío una sonoridad insana para cualquier mente que pueda permanecer anclada a un puerto gris; está de pie y golpea el muro con los puños cerrados, confundo el dolor de la impotencia física con la espiritual. Él, sin embargo, yace inmóvil al otro lado de la fría frontera, levantada por seres semejantes, en su distinción; su cuerpo dibuja una escorzada forma de camarón aunque a mi no me da ninguna pena, es más, me resulta violentamente divertido su manera de retorcerse sobre el pavimento; emite un permanente sonido de queja sostenida en agudo. Los domingos se multiplican los cánticos a uno y otro lado, pero sólo yo, incólume y con un fusil sostenido por ambas manos, paseo por la parte más alta del muro escuchando lo que a cada uno le falta.

6 de marzo de 2009

Confesiones

Si hay alguien al que detesto a grandes rasgos es a ti, que lees una y otra vez lo que escribo como si no entendieras nada de lo que te cuento y, aunque crees que no lo sé, tachas una y otra vez algunas palabras e incluso las cambias de sentido buscando de alguna forma el tuyo propio; piensas que tal vez tendrías una trama mejor para contar la información que como granitos de arena he ido recopilando a lo largo del tiempo y, cuando no es así, te dedicas a escudriñar una a una las frases para encontrar alguna incongruencia y recordarme lo mal que escribo, a veces piensas que el espacio no es verosímil para la acción o la acción para el tiempo o el tiempo para el pensamiento; me tienes harto y, si no fuera porque realmente no sé muy bien quién eres, iría asfixiándote poco a poco hasta que entendieses tus propios errores en lugar de proyectarlos en mí y ¿es que acaso no te das cuenta de que tu mirada apenas aporta alguna información a lo que escribo? Siempre has sido un ignorante, un rufián, un impostor, mentiroso…

Y con la manga limpio el vaho que mi temperamento proyecta sobre el espejo del pasillo, antes de ir a la cama, cuando ya la pluma descansa en su refugio.


*Imagen: Lago de Pátzcuaro, desde lo alto de Janitzio. 2008. Harumi Lira.

2 de marzo de 2009

¿Acechamos o asechamos?

Últimamente (esto ya denota contemporaneidad) estoy demasiado quieto en esto de la escritura, sencillamente aguardo detrás de los arbustos de cualquier parque desde primerísima hora de la mañana y espero a que algo ocurra (acechar), después agarro mi pequeña libreta verde (a este ritmo dejará paso a la negra y de un tamaño mayor) y anoto compulsivamente todos los movimientos que ocurren en el espacio vacuo que hay frente a mí. Lo hago con una ligereza asombrosa porque sencillamente observo y transcribo, después de un tiempo siento cierta enfermedad, difícilmente atribuible al medio natural que levanta, pese a mi aprecio, fuertes alergias, enturbamiento, presión y un dolor de cabeza que me obliga a recorrer de vuelta a casa las aproximadamente nueve cuadras y pensar durante el camino la nueva jornada de observación que llevaré a cabo mañana; esto lo hago coincidiendo con el atardecer porque es cuando puedo ver el sol más cerca de la tierra y pienso que es uno de los nuestros, que sólo le falta desocuparse de su función de dar luz y sentirse humano (hecho que siempre sucede de noche). Cuando llego a casa y saludo con un beso en la mejilla a mi mujer, me siento en la cómoda hamaca del cuarto de invitados (después de cerrar la puerta) a repasar las notas del día y diseminar cuáles de ellas son ficción y cuales realidad (pongo una efe mayúscula o una ere minúscula), y gasto más tiempo en pensar en las que son realidad y en cómo me desharía de ellas encontrando un final verosímil. Y antes de acostarme, temprano y diligentemente al lado de mi mujer, pienso en el artículo que leí el otro día que afirmaba de forma categórica y segura que si te quedas en el paro hay dos cosas que no debes hacer:

1. Levantarte tarde.
2. Preparar unas oposiciones.

Así que a medida que pasan los días pienso, detrás de mi arbusto, si amarrando un billete de veinte euros a un banco entretendré lo suficiente al primer iluso que pase como para asestarle un golpe mortal en la nuca (asechar).

24 de febrero de 2009

¿Dónde caben los sueños?

El verano pasado estuve paseando por Chiapas. Al llegar de nuevo al DF la primera pregunta era fácil: ¿escribir ficción o realidad?, pero desde luego la necesidad fue de escribir, porque ya de por sí México (y en esto recuerdo unas palabras que a su vez recuerda Vila-Matas de Pitol, vamos que son un recuerdo de un recuerdo, sin mucho mérito) es el lugar donde la creatividad te aborda. Decidí rápido: ficción. No me sentía capacitado para lo contrario, no había hecho el proceso suficiente de reflexión que merecía una situación tan compleja como la chiapaneca, había leído, sí, pero los libros muchas veces mienten, por eso decidí mentir yo también, y me puse a escribir una colección de minicuentos con todas las notas que tenía del viaje; de ellos quedan un trabajo excepcional de montaje fotográfico por parte de mi amigo Jesús, que estoy seguro que de una manera artesanal se dará a conocer antes o después y unos relatos imperfectos, demasiado emocionales, algunos de ellos poéticos, que reposan en un cajón, porque dicen que estos pequeños cuadros impresionistas, con el tiempo, adquieren un color sepia, a veces amarillento, parecido al de la razón, por supuesto me refiero a la facultad del ser humano para identificar y contrastar conceptos. Reposan en el cajón sin ánimo de ser algo, y sin embargo mi cabeza a veces sobrevuela el largo y cruento Océano para recordar sabores, olores, rostros, miradas, colores, contrastes, aires, frases, música y sensaciones, que de alguna manera me causan un daño que el tiempo juzgará o no como irreparable.

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Imagen: ¿Dónde caben los sueños?, Conrado Arranz
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Ahora, como un azote a la conciencia, me llega esta pregunta que da nombre al post y que mi amigo José hizo en alto cuando vio la fotografía que se camufla con el fondo de este “libro vacío” y que fue tomada en San Cristóbal, en una calle cualquiera, de una casa aún más anónima si cabe y con una pintura algo cansada de expresar sentimientos de desesperada agonía que no son otros que los que evoca la naturaleza cuando en silencio te revuelcas y escuchas el rugir de los monos aulladores en mitad de la selva Lacandona, mientras esperas con azoro que los indígenas te recojan en una de sus destartaladas furgonetas después de ver las policromías de Bonampak, que anuncian una pronta retirada para los ojos inquietos de los turbadores. La condición humana ha perdido la univocidad de los sueños, la reclusión y el anhelo de pertenecer a lo que un día fue; y mientras decoramos nuestra vida de objetos que, por inservibles, se han convertido en necesarios a través del aderezo publicitario propio de los bajos hombres y pacemos con los ojos cerrados por las calles, cerca de los escaparates que anuncian nuestros sueños, lejos de los de dignificación del único ser dotado con el uso de la palabra. Los sueños son una pluralidad de virus que germinan dentro de la propia esencia de lo que somos y que nos van corroyendo hasta desintegrarnos y provocar que volvamos al suelo que nos vio nacer. Tenemos la palabra y la capacidad de elegir a quien nos dirige, después perdemos la posibilidad de arrepentirnos durante algún tiempo, pero mantenemos el absolutismo sobre el lugar al que dirigimos nuestros sueños y pienso que esto es lo que me une al enmascarado que tuvo que huir después de hacernos pensar, pintando en la pared destartalada.


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Hace tiempo mi buen amigo Leandro me pidió un relato de este viaje ambiguo para su Revista (Cuaderno sie7e), me comprometí sin pensármelo dos veces por el reto que me planteaba, ahora me debato entre la duda y la imposibilidad, supongo que estas letras servirán al menos para argumentar mi indecisión que no indiferencia.


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Y tus sueños, ¿dónde caben?

19 de febrero de 2009

Ciego de lectura

No estoy preparado para hacer un análisis de mí. Tampoco te pido, querido lector, que lo hagas tú, simplemente ponte cómodo y, eso sí, sólo solicito tu ayuda en la comprensión de esta técnica ancestral que te obliga a ir guiñando poco a poco los ojos conforme avances en el cuento. No veo que lo estés haciendo querido amigo y siempre he presumido de los pocos que han podido leer el libro vacío. Venga, no hagas pereza, hazlo… ve cerrando los ojos cada vez un poquito más, pensando en lo que te gustaría leer ahora, así, hasta que las letras se vayan solapando y llegue un momento en el que no veas nada. Ahora dime ¿es blanco o negro lo que crees ver detrás de todo el texto?

16 de febrero de 2009

La glorieta de los fugitivos. Minificción completa, de José María Merino

“Esta mañana me he despertado con un miedo angustioso a no poder volar”.
(del minicuento “Temores Infundados”).


Supongamos que transcurre el año dos mil cuarenta y un joven como yo ahora, es decir, un joven que no sería yo, se haya en la Cuesta Moyano, en plena vorágine madrileña, buscando un libro del que ha oído que es representación esencial de la extinta literatura en el género “minicuentil”. Imaginemos con desesperanza la cara de nuestro joven aún por concebir, al escuchar la frase del librero: “lo siento, nunca lo tuvimos pero alguna vez más nos lo recomendaron”. Trance gozoso este…de imaginar nuevas historias, cuando la realidad es que transcurre el año dos mil ocho y gracias a la probada valentía de Páginas de Espuma podemos encontrar este pequeño reducto militante en numerosas librerías.

Sirva este espacio también para alzar aviso a navegantes de amplios océanos de que nada más partir la nave arribará el marinero a un nuevo puerto; a veces a una velocidad tal que guiará al aventurero a girar en torno a la inexistencia del tiempo. Es más, si cualquier tripulante intentase, víctima de una efímera locura, levar anclas en los puertos y trazar itinerarios coherentes, romperá la ficción volátil que encierra este lance. “La Glorieta de los Fugitivos” (refugio de piratas literarios) segará la realidad y la lógica de aquéllos que intenten ordenarla.

“Parece que mi imagen me ha abandonado para siempre y, en lugar de entristecerme, me ha invadido una sensación gustosa de alivio”.
(del minicuento “Divorcio”).


El capitán del barco nos lo avisa: “una gran cantidad de minicuentos discurren en el espacio fronterizo del sueño”. Pero si a lugar común pudiéramos aproximarnos, éste sería el de los problemas cotidianos. La ficción no existiría si la realidad no fuera creando. Los sueños ponen en entredicho la virtual legitimidad de los hechos y aquéllos discurren por el inconsciente en brevísimas imágenes que, piensa Merino, han de ser narradas también con brevísimas letrillas que mantengan el movimiento. Virtuosismo en hacerlas girar lentamente en torno a la idea de fabular y en dibujar, con trazo leve, una puerta abierta al inconformista lector con un letrero claro: prohibido no pasar.

“Entonces todos guardaron silencio y le miraron con el gesto de quienes no comprenden. Y él supo…que ya nunca podría regresar”.
(del minicuento “Un Regreso”).


José María Merino, como nos narra en “Plaga”, consigue que cientos de minicuentos se multipliquen incesantemente, a velocidad vertiginosa, y que invadan nuestras bibliotecas, hogares, agraciadamente sin otorgarnos la fórmula mágica que evite la intrusión; porque el mayor acierto es partir en una nave sin anclas, discurrir entre los minicuentos recopilados de sus obras anteriores (“Días Imaginarios” y “Cuentos del Libro de la Noche”), perderse entre los “Inéditos y Dispersos” y culminar en la recepción de veinticinco claves para entender (o perderse aún más) en la comprensión de este pequeño género literario pero tal vez el más antiguo de la mano de uno de los mejores narradores contemporáneos en lengua castellana.

“─Si supiérais lo que he menguado─ dijo el relato, y terminó”.
(del minicuento “Sin Título”).

 
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