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26 de junio de 2009

Dudas

Una duda me entretiene para no pensar en otras;
cuando intento abarcarla en su unicidad se desborda
por los lados creando pequeñas dudas
que aprisionan a la más grande
como queriendo
(tal vez)
ser alimentadas por ella, de forma solemne
con una viscosa savia que me desinfla
hasta llenarme de contracturas, quebraderos, retorcimientos
que (por desgracia) paga mi almohada
un poco más tarde, cuando la noche
la transforma en dentelladas en un lecho salvaje
sobre el que reposa mi cabeza;
comenzará a sudar, convirtiendo el descanso
en los restos de una tormenta tropical
sobre Oaxaca.


Sigo en mi mesilla de día,
arrugando folios en blanco
con pocas letras escritos
que van cayendo al suelo
en espera de la noche.

30 de marzo de 2009

Confort

Y qué hay de cierto en la sensación, a veces monótona, que tienen las apariencias de mostrarnos como sujetos pasivos de recepción de las palabras que los otros expulsan. De esta misma forma la gente afila su idiosincrasia para lanzarla, en forma de lenguaje, contra un universo cuyos receptores (ora yo ora otros) hacemos nuestro, un universo lleno de cualidades que se han ido conformando bajo los influjos mágicos de la Naturaleza y confirmando bajo la atenta mirada de los estúpidos seres de palabra que, tal vez por esnobismo, egocentrismo o simplemente por inconsciente infantil, parapetamos en subterfugios semejantes a compartimentos estanco que también denominamos “diccionario” y que antaño fueran páginas en blanco, evocadoras tal vez de una virginidad necesaria en el paraíso de la literariedad.

Y todo lo anterior no deja de ser sino un entramado de nombramientos ambiguos y asociales que de alguna forma vienen provocados por la sensación de que algunos días soy blanco de las evocaciones poéticas del inconsciente mundano que circula frente a mí. Así, la semana pasada, durante todos los días, al terminar de cruzar el último paso de cebra que da acceso a mi trabajo, una mujer que dirigía un cochecito con un bebé, esperaba mi presencia para mirarme a los ojos y decir cosas como: “siempre tengo que estar pendiente de ti” o “te dije que tuvieras cuidado, ¿recuerdas?” o “ya vas allí, a cavar tu tumba”. Esos días regreso a casa con una cierta angustia existencial y, asaltado en el camino por millones de palabras que no se dejan escribir (ni siquiera en la libreta verde), acudo a mi ordenador que se debate en la negación sombría de escribir la palabra “yo”, y entonces sencillamente me siento a leer lo que otros escriben.


Desde aquí, desde este medio público de anonimato, y refugiado en mi más absurda negación e ignorancia, que la mayor parte de las veces me hace guardar silencio, pregunto, ¿conformamos las palabras o son ellas las que nos conforman? …y sé que lo lanzo al Universo como un arma arrojadiza, esperando tal vez nuevas personas al otro lado del paso de cebra porque la mujer con el bebé empieza ya a incomodarme.

Imagen tomada del blog “Páginas Sepia

6 de marzo de 2009

Confesiones

Si hay alguien al que detesto a grandes rasgos es a ti, que lees una y otra vez lo que escribo como si no entendieras nada de lo que te cuento y, aunque crees que no lo sé, tachas una y otra vez algunas palabras e incluso las cambias de sentido buscando de alguna forma el tuyo propio; piensas que tal vez tendrías una trama mejor para contar la información que como granitos de arena he ido recopilando a lo largo del tiempo y, cuando no es así, te dedicas a escudriñar una a una las frases para encontrar alguna incongruencia y recordarme lo mal que escribo, a veces piensas que el espacio no es verosímil para la acción o la acción para el tiempo o el tiempo para el pensamiento; me tienes harto y, si no fuera porque realmente no sé muy bien quién eres, iría asfixiándote poco a poco hasta que entendieses tus propios errores en lugar de proyectarlos en mí y ¿es que acaso no te das cuenta de que tu mirada apenas aporta alguna información a lo que escribo? Siempre has sido un ignorante, un rufián, un impostor, mentiroso…

Y con la manga limpio el vaho que mi temperamento proyecta sobre el espejo del pasillo, antes de ir a la cama, cuando ya la pluma descansa en su refugio.


*Imagen: Lago de Pátzcuaro, desde lo alto de Janitzio. 2008. Harumi Lira.

19 de noviembre de 2008

Somos un error peligroso (más allá de las imperfecciones que creamos)

Estoy escribiendo esto y lo hago con el miedo de que suceda otra vez. Al finalizar la escritura llega el primer mensaje de lo que hemos hecho, es decir, pareciera que siempre esperamos con miedo que un acto de libertad, como pudiera ser publicar, sea el formato que sea, tenga que tener obligatoriamente una respuesta. Yo me intento designar en el anonimato sustantivo. Escribo, cuento, digo, seguramente para arrepentirme dentro de unos días, pero siempre sucede otra vez. No puede ser que la creación en sí misma se haya convertido en contestataria desde el mismo momento en que es lanzada a un mundo globalizado, opinante y en su voracidad, perverso. Y así sucede una y otra vez. Terminas de escribir algo, una reflexión, un pensamiento, en definitiva, una preocupación, y la forma de exteriorizarla es pulsando el botón naranja denominado “publicar entrada” (nunca antes fue tan fácil). Ya intenté sin éxito sustituir la denominación del susodicho, en este tentativa loca por renombrar las cosas para cambiarlas de sentido o al menos para armonizarlas en función de la ficción en la que habito; mi nombre elegido era “gritar”. Lo que nunca pude imaginar era que tal acto iba a tener su primera repercusión en mi email personal: una notificación ipso facto de la publicación, que de forma inocente quiere informarme de que un contenido habita libre en el blog, llena un espacio más del libro vacío. Lo más asombroso de todo es que dicha comunicación se produce, muy al contrario del resto de emails que recibo, remarcada en un color rojo alarmante junto con una señal parecida a (x) y con un recado resaltado sobre un fondo amarillo que reza: “este mensaje podría ser peligroso” y matiza de forma objetiva “y puede causar serios problemas en su equipo”.
Tal vez lo más grave de esta situación es que me tengo que fiar de mi mismo y asumir el riesgo que entraña desbloquear el mensaje para ser consciente de lo que he escrito. Fin. Publicar Entrada.

 
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