30 de diciembre de 2008

Breviario de la tierra II



Cuando concluyó de rasgar la atmósfera con sus frías manos, gritó como víctima de una senectud inmadura. El eco de la Vía Láctea puso fin al sueño de los humanos.

29 de diciembre de 2008

Breviario de la tierra I



Era temprano como para haberlo escuchado y salir a la ventana a observar el procedimiento natural por el cual un avión dividía a su paso el horizonte en dos. Carlos bajó a la calle para constatar, por la base de las edificaciones, que se había quedado en el lugar más tenebroso.

23 de diciembre de 2008

Las batallas en la ciudad

La puerta retumbó a mi espalda y la onda expansiva terminó por darme la bienvenida. Mi intención no era sino sentarme en alguna mesa de un perdido rincón del bar para disfrutar de la lectura de “Las batallas en el desierto”. Quien piense un poco más tarde que nunca debería haberlo hecho, uso ya para mi descargo el útil narrativo de anticipar la unicidad del bar en una melancólica tarde madrileña en la que no todos los locales de diversión estaban dispuestos para un no menos amenizado público. Estaba dentro y el ambiente estruendoso, lejos del contagio, se discernía entre lo extraño y lo ambiguo. Senté, pues era mi menester en dicha tarde de espera; Andrés tardaría en llegar aún una hora. Fue pronta mi observancia en las orejas del resto de dadivosos, que lejos de mostrar sus defectos, eran cubiertas por plásticos negros, agresivos a una mirada veraniega. Pese a ello, podían establecer una comunicación con sus congéneres, no exenta de ciertas dosis de normalidad que aún no llegaba muy bien a entender. Pronto se acercó el amanerado camarero, cuyos brazos y manos schielerianas recogieron con premura la mesa. “¿Qué auriculares le pongo?”. Un café con leche, respondí con sonroja de no haber entendido bien su pregunta. Comenzaba a estar en sintonía con la situación. Él trajo el café después de que me percatara por las ubicuas miradas de los clientes, de que cada uno decidía qué escuchar en ese bar. Así, una pantalla mostraba vídeos de Alejandro Sanz, que a su vez posaba con el presunto dueño en una foto que presidía el local, otros miraban un partido de fútbol en la otra pantalla; algunos de vez en cuando movían de forma acompasada la cabeza y la giraban después al techo como dando gracias; otros preferían amarrar con sus manos los cascos como gesto de concentración ante lo que un presumible comentarista les estuviese contando. “¿leche caliente o fría?”. Los del silencio por favor, contesté. Cuando el libro concluyó me levanté con profunda melancolía y salí a la calle, un zumbido constante me recordó que Andrés seguramente ya se habría ido.

19 de diciembre de 2008

Perfil

De pequeño pinté una línea por la que poder caminar, era una línea que abarcaba cientos de folios en blanco y que de repente se vieron partidos en dos de forma asimétrica. Los primeros pasos no los recuerdo sino hasta los veintidós años cuando sobre esa línea encontré una mujer que me obligó, sin ella saberlo del todo, a mirar hacia abajo, pude ver que la línea estaba dibujada sobre un fondo blanco si bien a cientos de kilómetros de profundidad. Por eso, cuando ella se apartó para que yo pudiera seguir caminando, la línea adquirió un sentido ascendente que a la vez era un viaje al interior. Detrás quedaron estudios que me cualificaban como licenciado en Derecho, seminarios, ilusiones materiales, amores imposibles, trabajos vergonzantes, miseria humana que daba vueltas en círculo y que sigue asomando de vez en cuando; una serie de artificios que, como cantos lejanos, iban abandonando la línea que tracé, haciéndola cada vez más liviana y fina. Esa línea desaparecerá un día y será el momento de recoger los cientos de folios en blanco para recomponer, tras su costura, el libro vacío.

17 de diciembre de 2008

Hielo

Poco antes había puesto la palma de mi mano sobre la pared y las líneas que predicen muerte y recorridos vitales hirvieron ante el estímulo. Luego me senté frente a la mesa del salón, baja y carcomida por ácidos que invitan a placeres olfativos, y sobre uno de los cercos puse mi vaso transparente, casi desbordado por la presión que ejercía sobre el líquido un hielo en forma de serrucho cuyos dientes afilados parecían cortar la imagen en dos. No pude sino fijar la mirada en el hielo y allí me perdí en el leve degradar de sus paredes. Lo último que percibí fueron los cristales de mis lentes, reflejados en el espejo que flotaba cuando apenas ocupaba un espacio mínimo sobre la superficie y el agua seguía luchando con los bordes, barreras impuestas por lo material. Luego me alcanzó la ceguera y sólo pude sentir cómo se desbordaba el agua cuando el último grano sólido se integraba en el fluido cuyo objetivo último era estar dentro de mí y luego salir ardiendo.


"y siendo ciego me alumbró y adestró en la carrera de vivir"
("La vida de Lazarillo de Tormes", Anónimo).

15 de diciembre de 2008

Carceleros


Para Jesús B.

Descorre el latón oxidado que cubre la oblonga mirilla de la celda. Su cabeza retrocede con cierta violencia y vuelve a pegarse a las rejas. Dice algo que no llego a entender porque el frío metálico se traga las palabras. Cierra de golpe el metal y lo vuelve a abrir como si fuese un juego de niños e intentase encontrar a alguien dentro. Dudo que éste tenga las mismas ganas de jugar. Grita. Me acerco sigilosamente por su espalda con miedo a ser reconocido aunque seguro de mi omnipresencia. Él parece que habla para sí mismo y entiendo: “no puede ser, no puede ser, dónde está”. Apoyo mi barbilla sobre su hombro, me gusta el contacto con los personajes, de él me llega su sobrio aliento consternado. Dentro veo como un preso se retuerce en su mudez con los brazos envueltos en una camisa de fuerza blanca. Pronto llegan nuevos carceleros alarmados por los gritos de su compañero. Pierdo visión alguna con el preso y ellos parece que nunca la tuvieron.

12 de diciembre de 2008

Vida y muerte, analogías en torno al placer y al silencio

La muerte es una estrecha mancha de semen aún caliente de pasión.


A raíz del acontecimiento calló y no volvió a hablar nunca. Los usuarios iban, venían, comían, se aseaban, dormían y él seguía callado tras verlos. Alguna vez antes del suceso me comentó que el día que no tuviera nada que decir nada diría, y yo recuerdo que fue una frase que me abordaba especialmente cuando, nadando en los grandes almacenes, en los angustiosos días navideños de Madrid, los humanos se empeñaban en gritar, exclamar, percutir en mis oídos ya hundidos en un mar de dudas materialistas. No abandoné la frase hasta que le ocurrió aquello y pude comprobar que era posible no tener nada que decir. En mis posteriores visitas me sentaba frente a él, fijábamos nuestras miradas y yo veía, a lo largo de las horas, pasar por sus pupilas todos los sentimientos; sus lágrimas finales, en mi despdida, eran irremisible cita a Manrique y el trayecto de bajada a través de las oscuras escaleras del sanatorio lo ocupaba en pensar el camino que recorren las lágrimas que surgen del corazón, y no sabía bien si pasaban por la traquea en su transmutación de sistemas o si por el contrario eran transportadas a través de pequeñas arterias en dirección al cerebro. La señorita de recepción confirmó mis miedos. Mi tío, pese a lo que le ocurrió, era el más feliz de toda la residencia y frente a él desfilaban, todos iguales, los vivos de habitaciones contiguas y los muertos cubiertos por lánguidas sábanas blancas para olvidar la soledad que padecieron sin quererlo. Él los mira, cierra los ojos, respira profundamente y sigue callado, callado de placer.



“Tras el pavor del morir
está el placer de llegar.
¡Gran placer!
Mas ¿y el horror de volver?
¡gran pesar!”

Antonio Machado

10 de diciembre de 2008

Revuelta

Se dedicó minuciosamente a cortar la piel de la anestesiada. Era la primera vez que usaba un bisturí y encontró cierta recreación; aquella cuchilla mágica que rasgaba, para después sesgar la dermis blanquecina separándola así de la grasa. Un hilo fino que iba dividiendo el cuerpo en dos. Extrajo, tras la operación, una membrana que contenía los rasgos esenciales de la bella mujer que años antes conoció en los pasillos de un lúgubre hotel. En la camilla, la materia sin protección, cobraba su propia vida, ajena a la atmósfera fría del quirófano alquilado. Después enhebró una fina aguja con un largo hilo que anunciaba la violenta unión. Superpuso la piel al cuerpo desprovisto de personalidad, pero lo hizo ligando la suavidad a la materia, o lo que es lo mismo la piel al interior, y comenzó a coser muy lento, pausando en los órganos erógenos para conservar cierta satisfacción. Concluyó más allá de la medianoche. Despertó días más tarde cuando el dolor de la sutura había cesado. Por la calle, todo el mundo se fijaba en ella pero en los ojos de los viandantes descifraba el horror propio de una pesadilla. Nunca habló con nadie hasta encontrarse con él, otra persona con la piel vuelta, cuyo único rasgo caracterizador de su masculinidad era la voz. Se encontraban todos los días en el parque, y en los años sucesivos se iban incorporando trozos de carne anónimos que platicaban, se abrazaban, reían y parecían no esperar nada a cambio.
Ella me dijo que lo que más le costaba era mirarse el interior, otros lo hacían constantemente.
Imagen: Exposición "bodies the exhibition"

7 de diciembre de 2008

Evité un crimen escénico

Después de muchos años de ausencia, alejado sin querer o a propósito de una incomprensible enfermedad, volví a reencontrarme con él. Ya no lo veía con la misma óptica después de la intensa función del pasado viernes. Él me miraba y yo intuía cierta pena, recelo o sencilla necedad en su gesto, entendí por otro lado que era semejante al papel que representaba, aunque en realidad se encontraba tan cerca de mí que sus gestos no guardaban la suficiente distancia como para poderlos interpretar. Al fin y al cabo no le quedó más remedio que formular la precisa frase, tras segundos de incertidumbre, que le abalanzaría sobre mí, “querido amigo” y me abrazó con una desgana propia del cansado y afligido. Yo le correspondí puesto que era fin y no cordialidad. “Cuánto tiempo” y apretaba con mi cultivado brazo su cuello mientras que su olor iba convirtiendo en vapor mis lentes. Unos leves accesos de tos, que parecían semejar la incredulidad del reencuentro, me dirigían por el camino de oscuridad que había decidido emprender mientras le observaba. Una cortina negra, a modo de fin de escena, se apoderaba de su mirada y ocultaba para su vida lo que a mi espalda había dejado momentos antes. Miento si no confirmo que intentó sacar las pocas fuerzas que le quedaban después de la intensa representación, pero fueron escasas para mis años de estrategia. Cuando terminó el abrazo que sellaba el cruce, cayó a mis pies, resonando como expiación el golpe de su cráneo contra el cemento mojado. La siguiente función había congregado a cientos de espectadores a la entrada del teatro; se habían hecho eco de las críticas aparecidas en los principales magazines culturales de la ciudad. En la puerta, un letrero con fondo blanco amarrado con cuerdas en las verjas de la entrada, rezaba: “Se suspenden las sesiones debido al inesperado asesinato de Raskolnikov”. Allí empezaba la reafirmación de mi teoría y el inicio de una huida cuyo fin no encuentro.

4 de diciembre de 2008

Tiempo

Sumido en el misterio de la búsqueda de un sentido al camino recorrido concluyo mi olvido. Las sensaciones de búsqueda del inicio son las que reflejan mis devoradas uñas, en apariencia mordidas, pero en sustancia gastadas de excavar en tierra arraigada. Mientras, el tiempo acaricia mi espalda, sonriente, emitiendo un murmullo semejante a la brisa pero en realidad burlesco e indescifrable. A veces me doy la vuelta y ya no está, son esos momentos en los que me vuelvo loco y mis manos rascan sin mesura para no encontrar nada.


3 de diciembre de 2008

Duda a la creación

Crear las cosas por nosotros

mismos, es acto de negación

de la existencia de Dios.

Libres de redención,

por eso creo, amigos ¡creamos!



1 de diciembre de 2008

Del noble arte de facer política

…y de los problemas que éste entraña.

Todos los pueblos, al fin y al cabo tienen sus propios oráculos, o mejor podría decir que hay overbooking de “sacerdotes” que intentan asumir ese papel de interpretación de las verdades que provienen supuestamente de la deidad. En este campo de batalla, los hay quienes parten con ventaja de fe, encabezados por ilustres con báculo, mitra y anillo, dicen tomar café a primera hora de la mañana con el mismo culpable y codificador de mensajes, para posteriormente trasladarlos al púlpito de forma retórica y perdiendo la condición de hombre.

Pero hay otro grupo receptor de mensajes, teóricamente más sensibles al sentir de la sociedad, puesto que los elegimos de vez en cuando, y son aquellos que cívicamente conducen nuestros designios hacia la verdad (algún día podemos tratar tan enigmático y ubicuo término). Unos guiados por la interpretación de la avariciosa mano mágica que mece la cuna en la que dormimos y en la que sólo se escucha algún extraviado sollozo insensible al oído del resto; otros guiados por la misma mano pero en cuyo dorso se aprecia escrita la palabra conciencia con letras minúsculas; y los últimos, perdidos en la búsqueda de una interpretación que les mantenga vivos fuera del sistema pero actuando en él (lo que a la vista de cualquier iletrado como yo resulta bastante ambiguo).

El caso, para no ser muy reiterativo, y no escribir más de lo que merecen que diga, en la antigua Grecia normalmente, al menos coincidiendo con el auge de la poesía como ciencia elevada, los sacerdotes y sacerdotisas, encargados de la labor interpretativa, codificaban a través de ella los mensajes llegados por medio del oráculo. Eran, por tanto, los encargados de evacuar mensajes cifrados por medio de la poesía a la individualidad o a la colectividad para prepararlos de sus designios. Dichos mensajes, especialmente por la trascendencia social que tenían, poseían una forma clara a fin de que pudieran ser entendidos por todos y ser libres de interpretaciones perniciosas y subjetivas. Pero (siempre lo hay) había una excepción (siempre la hay también) por la cual estos interpretadores podían codificar poéticamente de forma más compleja dichos mensajes: cuando era un gobernante el que consultaba sus planes con el oráculo, y éste arrojaba conclusiones desfavorables a los mismos. Por miedo a la reacción.

Hoy tengo la sensación de que por más mensajes que el oráculo contemporáneo arroje con fuerza sobre nosotros, el noble arte de facer política, no sólo se empeña en no descifrarlos, sino en hacer lo contrario de las acciones que beneficiarían al común de la sociedad. Pues bien, a todos ellos, sacerdotes y sacerdotisas, Pitias o Sibilas, del noble arte, les dejo esta poesía de Caballero Bonald, de su “Manual de Infractores”; aunque siento que es el eco de una piedra lanzada al océano de canto.


Huyo a veces de mí
J.M.Caballero Bonald

Huyo a veces de mí sin darme cuenta,
huyo de mi deshonra
y a escondidas,
y a veces huyo sin saber adónde.

Casi siempre me acerco hasta algún súbito
reclamo del pasado y sin embargo
me pierdo en los penosos
suburbios de las negligencias.
allí donde conviven victimarios y víctimas
y nadie reconoce al fugitivo.

Quédate donde estás (me oigo decir),
pero yo ya me he ido
del lugar en que estaba, aquel que a mi pesar
ocuparon mis propias deserciones.

Llego a un pulcro paraje de apocados,
de inocentes obtusos y seguros
culpables, llego también ufanamente
al territorio de los transgresores.

Allí vuelvo a escapar del que se escapa.
mejor esa infidencia que ejercer de obediente.

28 de noviembre de 2008

De cristal

Se escuchó un ruido ensordecedor y, al acudir a la cocina, vio como Mercedes se había roto en miles de diminutos pedazos que ahora se esparcían a lo largo y ancho del monocromático suelo. Tras la sorpresa y la difícil reacción posterior, se arrodilló y comenzó a recoger los cristales de un tamaño mayor, dominados tal vez por la transparencia. En su incredulidad, anticipada ya por algún sueño corrosivo que nunca tenía final, flotaba una pregunta ¿por qué cuando se rompe algo frágil hay más segmentos que los que se suponen recompuestos? Pensó que tal vez podría reconstruir dos mujeres en su caso. El cepillo arrastró el resto hacia el recogedor, y con un escorzo lo envió a la basura, ni tan siquiera de reciclaje.

Cada mañana Sergio encuentra un diminuto residuo opaco, tras absorber la luz de la luna, en el epicentro de la cocina. ¿Desaparece alguna vez el cristal de un vaso roto?


26 de noviembre de 2008

Ahondar

Enseguida supe que estando allí, al lado del mismísimo orientador Finisterre, se desprendería una roca enclavada al continente europeo durante siglos, conmigo encima, y por razones de gravedad caería, acariciando con violencia los acantilados para postrarse, no sin salpicar, libre sobre el atlántico. Ni siquiera pude demostrar mi valentía en dar el último paso, sino que fue la tierra la que me arrojó hacia mi pasado. Ahora llevo días navegando por aguas que sirvieron de huida, pocas veces de arribo y siempre para volver a escapar, porque al llegar, uno se siente sumido en una caverna, buscando el pilar que sustente tanta oscuridad, un pilar invisible pero consistente, construido a través de los años, macerado con la sangre de supervivientes y en potencial forma de cruz. Vago por un mar frío que al roce del viento levanta escarcha para congelar el ardor con el que me postré frente al acantilado; con miedo, o simple indecisión, de afrontar el momento en que una ola hunda para siempre esta pequeña balsa y las corrientes me depositen en lo alto de una montaña de cuerpos sumergidos sobre la plataforma del anhelo.





Imagen: "Atardecer en Viña del Mar", Pedro Bernal

24 de noviembre de 2008

El Banquete de las Moscas de María Paula Navas-Alarcón

A Lina y Jorge


Sucede en el otro lado del mundo, en una tierra hostil cuyo gobierno lucha en público por enmascarar la violencia y convencer al resto de que no ocurre nada y a la vez se disfraza con manchas verdes y marrones para golpear con sus botas negras, fuertemente anudadas, la esperanza de las clases más populares, las más inadaptadas de un sistema que ellos mismos han impuesto. Unos ciudadanos piden a gritos la paz y su pronunciación se pierde en el eco de la desesperanza, otros por el contrario piden permanecer en la miseria como único lugar ajeno a la incomprensión de la realidad colombiana, esa que en el momento de ocurrir, se olvida. Hay en todo esto una editorial comprometida, Norma, que busca poner voz, pro medio de las letras, a gente que apenas tiene ganas de pronunciar. Bajo la dirección editorial de María Elvira Bonilla Otoya, surgen ensayos, artículos, reportajes y libros como el que hoy sostenemos, “El Banquete de las Moscas”, de María Paula Navas-Alarcón, con relatos de ocho personajes reales que nadan cómodos en la inverosimilitud de sus vidas.


A menudo los escritores buscamos con nerviosismo paisajes literarios que enriquezcan el contenido discursivo de nuestros personajes, paisajes donde las acciones cobren una relevancia épica o por el contrario un simbolismo estético a la manera que Márquez construía Macondo o con la minuciosidad de los horizontes rulfianos. En este libro, el paisaje viene ya otorgado y se convierte en el personaje principal que enreda con su energía al resto, se llamaba El Cartucho y ocupó una almendra central de Bogotá hasta su forzada desaparición en el año 2005 y conversión en el Parque del Tercer Milenio (ese que nunca llega por más que pasen los años), por medio de un proyecto de la alcaldía. El Cartucho fue un lugar real que hoy ya se ha convertido en uno imaginario en la conciencia colectiva de sus moradores. Fue una ciudad con identidad propia, rodeada por un muro invisible pero permeable de forma que el que entraba ya nunca salía, pero el que salía, moría. Fue por tanto una fortaleza, cuya característica común más notoria es que cualquier avance que se producía era un retorno doloroso al pasado. En medio de ese espacio, vivían también los príncipes de la droga, en El Castillo, inexpugnable, donde se cometían todo tipo de atrocidades que se acallaban con el primer rayo de sol. Constituyen por tanto sus habitantes una sociedad que lucha, algunos más que otros, por ganarse un peldaño social después del último de la compleja escalera bogotana. Mensualmente llegaban los camiones de la beneficencia institucional, con mangueras de gran potencia (los mismos que se utilizan para disuadir manifestantes) para, una vez desnudos, arrancar la costra que se ceñía en sus habitantes, “a veces incluso parece que te van arrancando la piel”. Descendemos a los infiernos de lo inverosímil y lo hacemos detrás de la mesa en la que se sienta María Paula Navas-Alarcón, a su vez una trabajadora social del programa de rehabilitación, cuya inquietud e inconformismo la llevaron a saltar esa primera barrera para buscar el germen del arraigo social en los últimos que quedaron allí, incluido ella.


Todos sus personajes responden a las preguntas del Cuestionario de Proust, pero una de ellas, pese a su potencial futuro y a su vez libertad, marca el pasado de todos. ¿Qué le gustaría ser? Martín quiere “ser menos que nadie”, era un chico de familia acomodada que por culpa de una indecisión personal, en mitad de un viaje narcótico, queda enganchado para siempre en la realidad de El Cartucho. Son esos momentos en los que no reaccionas, te defraudas tanto a ti mismo que necesitas quedarte allí para buscarte siempre y que no te encuentre nadie. Ariel, sin embargo a esa pregunta niega, dice “no, yo soy escritor”. Entiende que no le gustaría ser nada más allá de lo que le obsesiona y no se resigna en una eventual negación del ser, lucha por lo que es: escritor; pese a que todo está en contra para su desarrollo, no tiene dinero para comprar el tiempo, no tiene máquina para escribir, incluso sus manos están prácticamente mutiladas después de que los hongos provocados por la recogida de basura derivasen en crónicos y para colmo la policía, en las múltiples actuaciones que realiza, le roban sus manuscritos, esos que no puede escribir pero sobre los que recuerda siempre el inicio: “caminaba Juan por el carril del ritmo…” Y es que Ariel escribe leyendo las historias en las tuberías que arregla o destapa y luego las lacra bien para no dejar pistas. Es la historia de un libro vacío. A Zohe le gustaría ser “de verdad o de mentira, pero algo”, ella sin embargo es una prostituta adicta a la cocaína y que admira a otra compañera que era azafata de American Airlines, juntas sobreviven sacando plata a los hombres importantes, aunque éstos no saben ni donde vive. A veces, no sabe si por su presente o por la cantidad de coca, le sobra el cuerpo (ese que da) y lo que quisiera es dejarlo por ahí para irse por su lado. Elena Helena, cayó allí por la dura crisis en su Cartagena natal y desde ese día, tiene fríamente calculados los días que cree que pasará allí. En su diario, que encabeza sin embargo con el recuento de días que lleva, anota con minuciosidad todos los sucesos (asesinatos, secuestros de bebés, etc) que veía desde la esquinita donde vendía su mercancía. Sin arrepentimiento le gustaría ser “la que fui”. El Deudo es un líder de zona que se encarga de mantener la dignidad de los ñeros, aun muertos, e intenta reivindicar sus muertes a las autoridades como símbolos de resistencia contra el alcalde que quiere hacer desaparecer El Cartucho, esa es su voluntad “ser yo mismo, pero cada vez mejor para servirle a la Comunidad”. Jesús es un jíbaro de la olla más grande de El Cartucho, un resistente de verdad, él no se mezcla con chantajeados. Estudió algunos años de Derecho y pronto supo qué hacer en la práctica con su vida: vender, estar al servicio de los consumidores, que nunca descansan, como él. Se dio por vencido y aprovechó la ayuda de transporte de la alcaldía para ir de vacaciones. Ahora piensa si lo que le gustaría ser es “en vista de las circunstancias, de pronto abogado”. Jairo es uno de esos jóvenes de un Cartel, que un día entraron a El Cartucho a hacer un recado y no volvió a salir. Su caída fue tan grave que lleva diez años encerrado en una habitación sin ventanas en las que hace pequeños orificios para intentar ver el mundo sin que por ellos quepa la serpiente que le busca para enrollársele en el cuerpo. Él ya no puede cambiar y muerto, sólo espera el tiro de gracia, por eso le gustaría ser “libre”. El Calvo era el cuidador sigiloso de El Castillo, paseaba y observaba todo lo que había extraño a su alrededor e informaba. Por la noche habitaba en las mazmorras, haciendo figuras de yeso bajo la única luz de una bombilla y la mirada atenta de sus doscientos gatos que nunca habían salido de allí y que fueron sepultados cuando se demolió El Castillo; a él le gustaría “ser más escultor que campanero”.


Todos estos personajes reales fueron los últimos en abandonar El Cartucho, aquel barrio inquietante a muy poquitas cuadras del Palacio Presidencial, a su espalda, en Bogotá. Este libro cruzó el Atlántico, desde allá, con una dedicatoria muy especial, “un poco de realidad colombiana para un ser que comprende, entiende y siente”. Me lo enviaba una persona muy querida que acaba de dar a luz un bebé (Joaquín) que mañana, gracias a María Paula Navas-Alarcón y al Grupo Editorial Norma, será también, como hoy lo soy yo, el último en salir de El Cartucho.



“El Banquete de las Moscas”
María Paula Navas-Alarcón
190 págs
Primera edición: septiembre de 2006
ISBN: 958-04-9564-5

21 de noviembre de 2008

Cómo como peces

Mi amiga B. observa con gratitud un paisaje de un lago templado, sobre el que flotan pequeñas plataformas ancladas al fondo. Encima de cada una de ellas se asienta una diminuta casa, con ventanas y sus respectivas cortinas de censura, pintadas las cinco de colores cálidos pero llamativos en contraste con el verde de los bosques perimetrales y el azul oscuro de los fondos de agua enigmáticos. Mira también a Y., que cuelga un pequeño pájaro encerrado en su jaula en el punto más alto del vértice unión de las dos caídas del tejado. En cada casa habita temporalmente un pescador.

Mientras, C. asiste con asombro a la auto-mutilación de Y., que une cinco anzuelos y se los inserta en la garganta, amarra con firmeza el sedal de todos ellos en su mano derecha y tensa, tensa, tensa hasta desgarrar las cuerdas vocales mientras sus ojos se van tiñendo de la sangre del sufrimiento, mezcolanza del presente y del pasado. Cae al agua, las burbujas trepadoras de oxígeno se han teñido de carmín y Z. tiene que agarrar la caña, recoger el sedal y rescatarle de un mar en el que algunos peces siguen nadando heridos. En cada hombre habitan pedazos de carne desollada.

19 de noviembre de 2008

Somos un error peligroso (más allá de las imperfecciones que creamos)

Estoy escribiendo esto y lo hago con el miedo de que suceda otra vez. Al finalizar la escritura llega el primer mensaje de lo que hemos hecho, es decir, pareciera que siempre esperamos con miedo que un acto de libertad, como pudiera ser publicar, sea el formato que sea, tenga que tener obligatoriamente una respuesta. Yo me intento designar en el anonimato sustantivo. Escribo, cuento, digo, seguramente para arrepentirme dentro de unos días, pero siempre sucede otra vez. No puede ser que la creación en sí misma se haya convertido en contestataria desde el mismo momento en que es lanzada a un mundo globalizado, opinante y en su voracidad, perverso. Y así sucede una y otra vez. Terminas de escribir algo, una reflexión, un pensamiento, en definitiva, una preocupación, y la forma de exteriorizarla es pulsando el botón naranja denominado “publicar entrada” (nunca antes fue tan fácil). Ya intenté sin éxito sustituir la denominación del susodicho, en este tentativa loca por renombrar las cosas para cambiarlas de sentido o al menos para armonizarlas en función de la ficción en la que habito; mi nombre elegido era “gritar”. Lo que nunca pude imaginar era que tal acto iba a tener su primera repercusión en mi email personal: una notificación ipso facto de la publicación, que de forma inocente quiere informarme de que un contenido habita libre en el blog, llena un espacio más del libro vacío. Lo más asombroso de todo es que dicha comunicación se produce, muy al contrario del resto de emails que recibo, remarcada en un color rojo alarmante junto con una señal parecida a (x) y con un recado resaltado sobre un fondo amarillo que reza: “este mensaje podría ser peligroso” y matiza de forma objetiva “y puede causar serios problemas en su equipo”.
Tal vez lo más grave de esta situación es que me tengo que fiar de mi mismo y asumir el riesgo que entraña desbloquear el mensaje para ser consciente de lo que he escrito. Fin. Publicar Entrada.

17 de noviembre de 2008

Día de Perros

Al salir del trabajo no pude evitar la elegante postura de poner, por primera vez, los cuatro miembros articulados sobre el suelo, levantar la pierna derecha y mear (previa apertura de la cremallera e inclinación suficiente) en la farola que alumbraba la entrada del edificio que me da de comer. Volvía libre al redil donde el calor no se sustancia necesariamente en el vapor de la micción creada. Días después sentí la extraña confusión de perderme (no pederme) en los ladridos de una jauría de una tonalidad mayor. Ahora tengo el olfato más desarrollado, lo emplearé en la diversidad en la que me muevo, meneando el rabo.

Os dejo un artículo aparecido en la Revista de Arte y Literatura Cinosargo


GOMBROWICZIDAS

UNA CUESTIÓN DE PERROS
por Juan Carlos Gómez

Hace más o menos dos lustros, Eugenio Noworyta, mejor dicho, el Camaleón, por aquel entonces Embajador de Polonia en la Argentina, en el medio de una conferencia muy seria que estaba dando en el Centro Naval de Buenos Aires, relató la historia del encuentro de dos perros, uno checo y el otro polaco. Los pichichos se encuentran en la frontera, el perro checo está bien alimentado y va camino de Polonia, al perro polaco se le ven las costillas y va camino de Checoslovaquia: –¿Adónde vas, pregunta el perro checo; –Voy y a ver si puedo comer algo, ¿y vos?; –Voy a ver si puedo ladrar un poco.

Porque les damos de comer y por su instinto altruista los perros polacos, los checos y todos los demás perros han llegado a tener un gran afecto por nosotros al punto que, según se dice, no hay hombre por más ruin y miserable que sea que no lo pueda querer un perro una mujer.
Los terratenientes tienen en general una buena relación con los animales, a Gombrowicz lo alcanzan las generales de la ley, es una predisposición que paradójicamente humaniza el carácter de los hombres, como también le ocurría a Bioy Casares.
Gombrowicz era muy tierno con los gatos y con los perros. En cierta oportunidad en que le había pedido ayuda a dos jóvenes señoritas para pasar al francés la versión española de "El casamiento" les pagó con siete gatitos que había encontrado en la calle; también dio muestras de una gran congoja cuando murió el perro de la Frau Schultze, la encargada de la pensión de la calle Venezuela.
Cuando apareció "Ferdydurke" en la Argentina Gombrowicz se convirtió en el editor de una revista literaria a la que le puso el nombre de "Aurora", se tiraron cien ejemplares del primer número que, lamentablemente, también fue el último.

Era un panfleto humorístico, una sátira en la que se burlaba a la manera estudiantil de Borges, Capdevila, Larreta, Barletta y Victoria Ocampo, un libelo en el que observé por primera vez cómo Gombrowicz separaba el texto en partes con anuncios publicitarios caninos.
"Un perrito blanco lanudo, y bien alimentado"; "Se busca perro grande para achicarlo"; "Un perro lindo y grande con cachorros y dos perras"Gombrowicz pasaba así de la seriedad de la aparición de "Ferdydurke" en el continente Sudamericano, a la ligereza de las intervenciones caninas.
Es indudable que con esta intervención de los perros Gombrowicz nos quiere provocar la risa.

Reír resulta agradable porque nos satisface el triunfo del conocimiento intuitivo, la forma natural del conocimiento inseparable de nuestro ser animal, sobre el pensamiento abstracto.Nos agrada comprobar que el pensamiento es incapaz de comprender todas las variantes que presenta la realidad, es placentero ver perder a la razón de vez en cuando, un dominio severo, perpetuo y molesto. Gombrowicz mezcla la seriedad con la ligereza para hacernos reír a nosotros y para provocarse la risa a sí mismo.Un canon que aparece en los diarios y que Gombrowicz utilizaba sistemáticamente era el de hacer seguir la ligereza a la seriedad y viceversa, para satisfacer este principio a veces recurría a los perros.

"Mi perorata sobre la problemática contemporánea la di ayer (...) ¡Dios mío!, hablaba como hablan hasta los más célebres, es decir, simulando que me sentía como en mi casa, que aquello era para mí pan comido, cuando en realidad cualquier cuestionario indiscreto me hubiera dejado desarmado"Después de esta memorable intervención de carácter intelectual en una charla magistral que había dado a los estudiantes de Santiago del Estero, rematada con una persecución vana que le hace a un muchacho indígena por las calles de la ciudad, aparecen unos pichichos que le dan título a una serie de pensamientos bastante serios.
Se refiere a los abogados y a los ingenieros, a los que ve como naturalezas vulgares condenados únicamente a la ciencia, todo lo demás era para ellos una tomadura de pelo de la que tenían que defenderse para no ser engañados.
Se refiere también a sus alumnos de filosofía a quienes previene de su falta de seriedad, pues era un bribón al que le gustaba divertirse y burlarse de los alumnos y de sus enseñanzas. A que su exceso de inteligencia e imaginación lo llevaba a la estupidez puesto que nada resultaba para él demasiado fantástico. A que el arte sólo le teme a la tibieza, un apotegma fundamental en las concepciones de Gombrowicz. Y por último saca la conclusión de que tiene poca resistencia para sus angustias, una debilidad que le dificulta la entrada a un ascensor o la subida a un tranvía. La imaginación le hace aparecer los tormentos del momento con un aspecto insignificante, antes de llegar a ser verdaderos tormentos. Esta manera de acercarse al dolor, piensa Gombrowicz, corroe el valor como los gusanos a la madera.
A cada una de estas reflexiones más o menos serias las acompaña con sendas publicidades para perros.
"Perrito mojado o sólo húmedo a elegir"; "Perrito blanco, sabroso, bien nutrido"; "Cambio perro negro mordedor por dos viejos"; "Perro mojado y gordinflón"; "Los perros se mordisquean en la canícula.
"En ese panfleto humorístico al que dio en llamar "Aurora" también utiliza a los perros para atacar la responsabilidad por la palabra.

El escritor Hipólito Alonso Pereiro estaba escribiendo a máquina la primera página de su novela en la que un mucamo le pregunta a la señora si había ordenado llamar el coche. Cuando Matilde le estaba diciendo que sí, pero que no había ningún apuro, en vez de pero, y por error, a Pereiro le salió perro.

Un escritor con menos fuerza de carácter hubiera corregido el error, pero Pereiro era consciente de su misión y aceptó con responsabilidad la palabra que había escrito: –¡Perro, insolente perro! Y esta respuesta de Matilde obligó al pobre Pereiro a modificar la respuesta del mucamo: –Si yo soy un perro, entonces usted, señora, es una pera.
Este nuevo error que se le deslizó en el teclado de la máquina, pues en vez de perra escribió pera, lo obligó a cambiar otra vez : –Si yo soy un perro, entonces usted es una pera perra, una perra pera para mí, señora, porque sepa que a mí me gusta la bruta.
Quiso decir fruta pero ya era tarde: –¡Ah, soy bruta, que me muerda si yo soy bruta! Había querido decir muera: –¿Morderte? ¡Con pusto!; –¡Infame, sos coco!; –¡La Coca-cola es usted!; –¡Lococo!; –¡Co-coco, cocococo!








Dos gombrowiczidas, uno peruano ( Daniel Rojas Pachas ) y otro español ( Conrado Arranz ), recientemente ingresados al club, se han acercado a nosotros moviendo la cola razón por la que me he visto obligado a motejarlos de Perro Uno y Perro Dos, en ese orden.El aspecto de estos dos perros que se observa en las fotos de este gombrowiczidas es noble y generoso, a ellos dos les consagro entonces esta historia verdadera.





14 de noviembre de 2008

Interpretar desde el silencio

De camino a casa encontré, apuntada en mi libreta, una frase de Emilio Lledó que decía: “la soledad del lenguaje requiere un esfuerzo ininterrumpido por arrancarla de su original silencio”. Al leerla, desapareció el paisaje gris sobre el que caminaba, que no es otra cosa que la moderna urbanidad, y apenas me encontré en el epicentro de una luz blanca y cegadora en la que, entendía, debía construir de alguna forma, o no, mi propia interpretación. El lenguaje surge silente, aborda el trasiego de la realidad desde una óptica expectante e inerme; desnudo ante el revestimiento del interpretador. Apareció entonces un parque, mejor, se insinuó, porque yo decidí que así fuera. Allí me senté en un banco que, pese al espacio vacuo y libre de cualquier mirada ajena y desprevenida, no estaba; pero el primer objetivo ya estaba conseguido: no vi la superficie de madera y fierro, pero conseguí mantener mis rodillas plegadas y mi trasero apoyado en aparente levitación. Escuché el silencio del entorno, un silencio primigenio, distinto a los que yo había conocido hasta ese momento. En este silencio no existía el ruido, tampoco una ligera brisa para distraerlo, era la nada sobre la que se bracea libre, la que te abraza. Se estremecían las hojas de los árboles de mi parque, las oía mientras quebraban el vacío, luego fueron las minúsculas partículas de tierra que se quejaban al ser arrastradas por mis pies, si ponía más atención el aletear de los pájaros surcaba mis oídos como planeadores, algún graznido también, pero no me interesaba tanto. Saboreé unos instantes más esos momentos, me levanté y al hacerlo, arrastré el parque como si de una manta gigante se tratara. He llegado a mi barrio, y el olor a humo me destapa.

11 de noviembre de 2008

Esas cosas tan cotidianas como fantásticas

a Juan Carlos Gómez

Sumergido en la lectura de los últimos cuentos de Monzó, es difícil apartar la vista hacia algo, por más que haga gestos obscenos para captar la atención. Aquella pelusa apareció recorriendo la superficie que poco antes había pisoteado, víctima de un nerviosismo contagiado de cualquier pensamiento futuro. Al poco tiempo, y una vez concluido el cuento “La llegada de la primavera”, más o menos en la mitad simétrica del libro que no la estructural, la pelusa se posó en un espacio contiguo a mi pie. Aparté la mirada del libro para constatar el hecho casual de que la luz, que entraba por el intersticio que dejaba la puerta de acceso a la única habitación exterior de la casa, se proyectaba amargamente sobre aquella maraña de pelos, dotándola de una relevancia que no le correspondía más allá de mi sonroja, una relevancia que podíamos catalogar de opaca. Era un vulgar día de invierno. Como no podía ser de otra forma, abandoné mi lectura, sin saber el tiempo, y me incliné hacia tan preciado habitante, sagaz luchador y no menos valorado fuguista de los quehaceres cotidianos. Al hacerlo, sentí que yo mismo me enredaba en su textura; cada hilo que lo formaba se convertía en un conducto sinuoso que no conducía sino a otro más maléfico al que me amarraba con el propósito de encontrar un cabo del que tirar y desenredar aquella cúpula en la que me había introducido y cuya finalidad de poseerla en su rectitud yacía en mi ignorancia.

Por suerte, a la mañana siguiente, recibí un e-mail de Juan Carlos Gómez, el mayor de los gombrowiczidas, al que hoy no puedo sino considerar mi amigo (dado lo fantástico de la situación). Él había resuelto sus problemas en cuanto a la búsqueda de una idea única que explicase a todas las demás en gran parte gracias a la sencillez con la que su amigo Gombrowicz (mi obsesión “diaria”) explicaba cómo las ideas insignificantes y sin entusiasmo nos llevan a pasear por todo el universo.

No tengo nada más que decir que no sea la recogida de dicha pelusa que me incluía dentro y el pensamiento aprehendido de que “el buen tiempo invade la suciedad de los días feos” (Witold Gombrowicz, “Diarios”)

9 de noviembre de 2008

Deseos

Era de noche y decía "mátame de amor". Era de día y amaneció junto a un cadáver.


6 de noviembre de 2008

De Libros Incorregibles

He tenido visitas y algo común en ellas: no entendían por qué los libros se encontraban apilados en el suelo, en columnas, retorcidas, escorzadas, retando a la gravedad; encima de la primera de ellas, “Una soledad demasiado ruidosa” (Bohumil Hrabal), nada más allá en una colonia olvidada (por turistas e instituciones) de un barrio olvidado, al sureste de la capital del olvido. Jesús agarró el libro entre sus manos, lo intentó mantener en cierto equilibrio, calibrando tal vez el peso exacto que tiene el ruido en la soledad de la que se vio rodeado. Los pilares se iban sucediendo a lo ancho de toda la casa, aprovechando el que se encontraba más cercano al comedor había colocado una lámpara que me regalaron hace dos años y mantenía olvidada en un armario. Jesús se asomó a la habitación donde tiempo antes se encontraba la librería y apreció, no sin suspiros, que todo estaba allí: la mesa de trabajo, algo abandonada, los estantes, los cuadros que decoraban y servían de escapatoria a tanta letra, incluido el homenaje por el Partido Socialista Popular, aquí en Madrid, tras tres años desde la muerte de Allende; ni un solo libro respondía al eco de la voz de Jesús, preguntando qué había pasado. Las estanterías ceden al peso de los volúmenes, algunos de ellos ínfimos, portátiles, otros sin embargo abanderados de la rebeldía, y miré como poseído el lomo métrico de los “Diarios” de Gombrowicz que un día Seix Barral se atrevió a publicar para mi perdición. Sólo uno se mantenía enhiesto, aguantando la degradación y en equilibrio ante la vencida madera que apuntaba al suelo, decía “La tiniebla de la razón. La filosofía de María Zambrano”. Jesús apenas podía entender lo que había ocurrido en una casa que, visitada hace menos de un mes, acogía en extraña armonía al invitado y le acomodaba en el sofá tras pasear viendo lomos y lomos de libros pegados pero tan distantes en su concepción. Mi única respuesta, hasta ahora nunca planteada, a la persistencia racional del amigo fiel incapaz de entender (como yo) por qué los libros estaban apilados en el suelo, fue acudir a la hipótesis filosófica de argumentar a través de la consecuencia una explicación a la causa: “porque las estanterías están vacías”, afirmé y nunca más volvimos a tratar el tema.

3 de noviembre de 2008

Días muertos

"¿Dónde has dejado a los niños?", pregunta una madre joven vestida de azafata, con escote, pero magullada en la cara, tal vez para distraer miradas, y de sus brazos parece brotar sangre que se frena sospechosamente en mitad de la mano en forma de gota de cera. "Con la abuela, ella sí puede ir el martes", le contesta el supuesto marido o novio o simplemente el vecino que parece haber tenido un percance con una ventana, ya no sé si del coche, por un accidente de tráfico, o de la casa, tras resbalar con un líquido derramado en el suelo, en cualquier caso provocando la consecuencia, a primera vista grave, de tener clavados cristales en la zona pectoral y traslucir manchas rojas, ya coaguladas a través del jersey que luce (usa) con orgullo. "¡Cállate ya!", chilla la vieja, vestida con una peluca desordenada y jovial, a un negro que luce una careta que parece emitir un grito de terror interminable. "Llevamos dos horas mamá", afirma el adolescente Freddy Kruger, pasota y con ganas de rebanar la piel a todos los que le obligan a estar de pie por deber, para él castigo de su madre, que parece haber asistido a un encuentro de vampiros en New Jersey en competencia por buscar la piel más blanca posible, ingrávida y traslúcida, para ocultarla a unos rayos de sol soportados con estoicismo; y voracidad de sus propias entrañas, acogidas en las fauces del primero de todos ellos, que parece disfrutar con cada crujido al masticar el intestino, mientras sostiene un sobre blanco en la mano, intentando que no se impregne de la sangre que derrama, que ya hubo bastante y para eso comió en paz antes de llegar. Detrás un viejo espera con ansia su turno y de impaciencia se ha clavado el hacha en la cabeza, "ahora no sabré a quién" dice con sorna a todos los que salen del prefabricado edificio, la mayor parte de ellos desangrados, prostituidos y sin ilusión (alguno brama al despojarse de la suya).
Cosas así, juntas me refiero, sólo pueden ocurrir en una larga fila de votantes anticipados en Minnesota el mismo día de muertos. In god we trust?

2 de noviembre de 2008

Una cúpula para la memoria


Supongo que no es tema de sonrisas para unos aunque otros sí dormirán aliviados de que un símbolo de la represión franquista se encuentre ya en estado avanzado de demolición, ya casi cuando todos los sentimientos y gritos ahogados que contenían sus gruesos ladrillos, que con moral carga fueron transportados por ancestros, sueltan una especie de tufo avocado a la putrefacción, a la descomposición más olvidada sobre unos terrenos que un día llamaron vertedero o a esperar que otros cascotes de casas más viejas los sepulten para siempre. Una cúpula, la de Carabanchel, que representaba a todos y a cada uno de los cinco brazos que salían de ella, a homosexuales, rojos, transgresores, artistas, pensadores, algún que otro maleante confuso pero sobre todo al brazo de la memoria que, pese a los sótanos y las cámaras cerradas con doble o triple seguridad, atraviesa cualquier impedimento para sustentar una cúpula que aglutina las máscaras de pavor del torturado y la de los torturadores como si fueran una de aquéllas dobles que se empleaban en el teatro romano y que obligaban al actor a retorcerse para ofrecer a los espectadores la adecuada. Una petición, mantenerse en pie como símbolo de nuestra herida, cicatrizando el cielo que un día fue de todos, aunque alrededor de ella surgieran nuevas edificaciones frías y residenciales que la minimalizarán; una cúpula bajo la cual recordar las añoranzas de quienes por allí pasaron; una cúpula sin brazos, sólo para mirarla en su vacío y pensar, pensar, pensar sin utilizar la fuerza. Hoy está destruida y nosotros cerramos en falso un nuevo canal de nuestra historia, un símbola más sobre el que intentar entendernos, sepultamos con sus piedras ya minúsculas los terrenos donde aún yace la imperecedera putrefacción ósea con el gesto de horror al saber que no tendría nada más que decir.
Hoy muere una cúpula blanca, ahogada bajo los colores de otra cúpula que nace, la de Ginebra, con la intención de iluminar un mundo de ideas para la paz; una cúpula que, conociendo a Barceló, estoy seguro que dejará pequeños y recónditos espacios en blanco, apenas salpicados, como vías de escape a la memoria de un pasado que nos pertenece a todos, por más empeño que tengamos en olvidar, derrumbando.

30 de octubre de 2008

Bancos

Y resulta que una mañana en una plática animada y a tenor de una canción de los Mártires del Compás nos encontramos tratando el tema de la economía, raro en estos días, y su relación con el amor. Dice la canción en concreto: "Hay bancos pa´quererse, bancos pa´amarse y bancos de peces... y bancos por las esquinas que a tí y a mí nos quitan la sangre". Algunos de vosotros la identificaréis. En estos casos lo más importante es pensar ¿qué ocurre con los bancos para amarse cuando los bancos que te chupan la sangre se llenan de impagos, negativas, adeudos, insuficiencias (porque el cretinaje es fáctico)? Lo primero que acudió a mi cabeza era mi parque, el de las siete tetas, tan acostumbrado al amor, a un amor sublime porque se esparce, a través de los montículos, por toda la ciudad de forma sobresaliente y sólo choca de golpe con la distante sierra madrileña, pero conservando en sus picos un poco de hielo. Al día siguiente, y la verdad un poco obsesionado con el tema, dediqué la tarde a pasear por sus curvas y analicé los bancos, vacíos por supuesto; lo que antes eran remansos de amor, donde el mero paso cercano suscitaba un peligro de contagio, donde las puestas de sol eran llaves para entrar en el otro y hacer uso del enigma empático de los hombres, donde, donde, dónde están ahora esos personajes (antes actores). Como no podría ser de otra forma y para no caer en el agravio de la ignorancia (que es el no contraste) acudí la mañana siguiente a una sucursal de banco para preguntar sencillamente cuál sería el crédito máximo que podría pedir con mi nómina (que me colgaba de dos dedos), me senté a esperar mi turno el tiempo suficiente para observar decenas de parejas con caras de preocupación que, paradas en mitad del espacio y sin dejar de temblar, esperaban su turno, vivían con extraordinario miedo el momento en el que la pareja anterior se levantase (si había discusión previa entre amantes era aún peor) y dejara esas dos sillas vacías frente a un locutor con traje impoluto que parecía vivir al margen de la situación. Pensé entonces que no entendía realmente lo que estaba sucediendo y que si me vestía de negro, me ponía una pegatina a la altura del corazón que dijera: "el amor es gratis" y me pusiera en la puerta del banco (del que chupa la sangre) la gente saldría en manada a dotar de contenido el parque, como recordaba desde mi infancia; aplicar la lógica en un lugar como aquél se antojaba difícil pero me parecía de razón que ante el vacío monetario al que asistimos (antes de que los Gobiernos de medio mundo decidan dar los ingresos de todos a unos pocos para que puedan seguir prestando con interés, es decir, haciendo lo mismo) el lleno momentáneo y la vuelta al esplendor de los parques se hiciese latente (es decir una relación inversamente proporcional) pero la realidad irracional y enferma era que a mayor sangre extraída mayor vacío de amor y pensé que los bancos que te chupan la sangre te absorben también el corazón.

"¿Un crédito de nada le viene bien?", me dijo fanfarroneando. Por supuesto y ocupé, aun solo, el banco del que nunca debía haber salido. Allí vi ponerse el sol.


28 de octubre de 2008

Dobles de los dobles

Giré a mano izquierda y en la calle de lúgubre atmósfera; sí, la que tu y yo conocemos, encontré, esta vez solo, a mi sombra perseguida por su propia sombra y proyectadas sobre el tapiz conformado por baldosas uniformes que denominan acera y que se rompen cuando una cabeza cae y exclama que sufre los efectos de un alcohol derramado por la podredumbre de los hombres; tú estás al corriente y has absorbido pequeñas dosis que, como aceite, han quedado suspendidas en tu memoria. Luego observé la luz y me crucificó desde ambos lados de la calle como halos que quisieran atravesarme, pero sostuve mi pequeña libreta verde de una manera firme, simulando brindar contigo o tal vez imponiéndola a mi propia alma, ella, tu, me sostienes de un pasado incierto y un futuro certeramente apuntado por los dardos de una visión de la que huyo, amasado sobre los cimientos de la individualidad, del vacío a base de la desaparición de las intranquilidades. Es agotante parar, apoyarse y derramar tinta sobre fondos en blanco reflectantes. Me animalas, dirías, que es lo mismo que fascinas pero por una luz, imperfecta por supuesto. Eran las ocho de la noche y me arropaste, me arropé perdón, porque solo; soy yo el perseguido por mi y ella proyecta el frío o lo que queda.

Génova está más vacía que nunca pero una rata, con una cuidada gabardina, sale de un portal para cruzar e insertarse en la alcantarilla más cercana, intentando no ser vista. Me anima en mi objetivo de llegar al Café Comercial, sentarme y pedir, lo más digno posible, un coñac.

25 de octubre de 2008

Destinos

Para Elkin y Lorena


En fin, que ayer conocí al único hombre que he conocido, que nació de pie y lo hice, casualmente, tumbado.
Era un día para subirme a la terraza, que la llamo así pero en sí es el tejado, ya que la única escalera de acceso, de madera, se encuentra encerrada en el sótano de la comunidad para lo cuál imaginaréis que hay que realizar una serie de movimientos rituales que permiten su predisposición bajo la trampilla de acceso al tejado, que casualmente se encuentra nada más salir al descansillo de mi piso, en una tercera planta, displicente (mucho calor en verano, mucho frío en invierno).


Digo que ayer era el día idóneo para hacerlo, había cesado el temporal que duró un día y era el último del calendario de verano, hoy alguien seguramente próximo al mercado económico me regalará una hora para que la aproveche durmiendo y no tenga que encender ninguna luz antes de tiempo, aunque pensándolo bien duermo con la persiana bajada al máximo incluso la hago tomar impulso para que aplaste los pequeños intersticios por los que la burlona luz quiere entrar en mi inconsciencia.


La subida fue costosa como la última vez que accedí con Arturo para sentarnos durante horas a esperar la reproducción de sonidos con la que miméticamente nos sorprenden los vecinos inexistentes de arriba. Pero ayer subí para estar solo, me acomodé la vieja tumbona que un día alguien abandonó y fumé hasta quedarme dormido; al despertar, el sol estaba poniéndose sobre un Madrid que diluía sus gases en la atmósfera de todos y se tintaban de un gris rojizo. A mi lado, un señor negro mi miraba sorprendido de mi extrañeza y me dijo: "Ya me voy, me queda poco tiempo, ¿tienes un cigarro?" No especialmente, contesté. Hablamos de muchas cosas pero lo que más llamó mi atención era precisamente que él no podía entender como habiendo nacido de pie, con el esfuerzo consecuente de su madre (seis meses en la cama con fiebre después del hecho sísmico), podía fracasar en todos sus proyectos. Yo, al hilo, le dije que lo primero que vio mi madre fue la cabeza, pero mi padre la ocultó con premura debido a su deformidad y dicho acto me ha llevado a una búsqueda del fracaso, lejos por tanto de la casualidad, sino próximo a la intención.


En fin que, lejos de las diferencias, teníamos dos cosas importantes en común: estábamos en una terraza despidiéndonos del verano y a los dos nos iba de culo.

23 de octubre de 2008

Aurelio Fernández, voz desde (en) el abismo…

…revestido de amor.



Pero, ¿es esto posible? Sí. Aurelio Fernández no es un pintor ni escritor conocido (ahorro con ello el trabajo del inquieto lector de acudir como primera fuente de sabiduría al google), mucho menos famoso o peor aún, reconocido. Aurelio Fernández es una voz anónima y ahogada en vida, pero sorprendentemente no en muerte porque es Gemma, su viuda, la persona encargada de mantener su antorcha en forma de libro “El Resto de mi Vida”, un año después de que las cenizas del autor fueran derramadas sobre el Ganges a su paso por Varanasi (Benarés) y bajo el rito local consistente en expandir previamente por el río cientos de barquitas de madera ocupadas por velas y flores, como portadoras del alma.


El pasado viernes diez de octubre, exactamente un año después de este hecho, se presentó en la Biblioteca Pública de Vallecas, sita en la calle Rafael Alberti y en el barrio donde viviera (entre viajes) el autor, el único libro que verá la luz, “El Resto de mi Vida”. Un libro portátil que sin duda estoy seguro de que se convertirá en uno de los Bartlebys que describiera Vila-Matas en su obra. Constituye un esfuerzo ímprobo de su viuda (dada la voluntad del autor) por reunir los cientos de escritos, pensamientos, reflexiones contenidas en los miles de materiales en los que Aurelio dejó escrito su pensamiento casi como una necesidad de desalojarlo de sus entrañas. El resultado es el caos creativo, sin una meta concreta, por puro sentimiento, literatura en el estado más puro, sin tamizar por ninguna red formal. Reflexiones, poesía, narrativa, confesiones, impresiones se van sucediendo abrupta y caóticamente a lo largo de todo el libro, combinada por testimonios de personas comunes que tuvieron (tuvimos) la suerte de conocer al personaje de cualquier novela de Kafka, Roth o del mismísimo Cervantes.

Mi humilde aportación al libro se limita a unas letras en su recuerdo que vienen incluidas en el libro (pág. 173) y que dan paso a su poesía, con la que canta de alguna forma a sus miedos. Reproduzco a continuación:


“Los problemas de las sociedades son eminentemente esenciados por los humanos. Y Aurelio Fernández era (y es a través de su obra) una de esas personas necesarias para entender o, cuanto menos, evadir el mundo. Un mundo (adviértase su minusculosidad por cuanto lo formamos nosotros) que tiende, a través de sus fuerzas más ocultas, a complicarse hasta tal punto de saberse indescifrable). Sorprendentemente la obra de Aure constituye una realidad inmisericorde con luces de amor a través de sus pinturas y una simplicidad sabia que descifra las grandes claves metafísicas a través de su literatura. Sin duda, Au, no sólo es un grito de dolor ante los problemas del mundo (realidades) sino que constituye una regla (fantasía) para descifrarlos y obviar su existencia a través del amor, la catarsis y la sonrisas”

Aurelio era una persona particular, con la que pude compartir muchas y buenos momentos, aunque en este caso, no todos los deseados. Ahora, en una esquina del salón de mi casa, como a él le gustaba preside la mesa un cuadro oblongo de apariciones, mares, perspectivas, espectros, bocas y ojos dislocados y de él todavía se sigue escuchando su aliento. En la presentación del libro se escucharon muchas de las anécdotas de la gente que convivió con él, todos recuerdan el baño de su casa, que era un libro en sí mismo, lleno de citas, poemas, reflexiones que como decía: “pos donde mejor”.


Me despido con tres cosas:


1. Una de las frases al inicio de la sección de reflexiones que creo que engloba la creación de este libro:


“Ahora sólo eskribo kuando muero, porke kuando estoy vivo, no tengo tiempo”


2. Una poesía que escribí el día 19 de julio de 2006, a su muerte, y que creía haber perdido, pero recopilando todos los documentos he podido encontrar. Lo mínimo que puedo hacer es prestárosla. Forma parte de un poemario que llamé “Urgente”.


Canción ahogada en silencio
pincel de vientos secretos
cerdas que buscan tu imagen
eco del mar incierto
rebelde de armas blandas
corazón de canto eterno
hielo de cuerpos estúpidos
calor que, como un precipio,
encuentras en mundos llenos.

Sonríe sin mover la boca
mas que para expresar talento
guiña los ojos sordos
no dejes asomar al tiempo
Grita lágrimas de semen
Mancha el limpio monumento:
a la naturaleza material;
al vacío de los cuencos;
a los libros terminados;
al hereje de los cuentos;
a los que con frases largas
adormecen sentimientos;
al caudillo de las ideas
destronadas con lamentos.

Reflexiones de la savia propia
con la “k” del peso de un barrio
que abriga ilusiones vivas
sobre ciénagas de cemento
en las que revolcar esperanzas
que nunca transitan en metro
entre estaciones de colores
y oscuros túneles yertos.
¿Dónde viaja la quimera?
¿se sabe si es fuera o dentro?

Maquinista de la nave;
sublevado de los remos;
espejo de mil colores;
bigote del pensamiento;
camello de tres jorobas;
espiga de los deseos;
pimienta sobre pintura;
Maqui de los sintecho.
Mirada triste de niño
contento con un solo pelo.
Collar de gemas preciosas
amuleto de nuevos retos.
Tío de los que crecen
y Rubén, de amante secreto.
Bandido de las mujeres,
menos maría, que queda dentro.

¡Tírame esa pelota!
A rodar jugaremos,
que toda la vida parezca
un inaudible mareo;
tras el cual vomitemos sangre
y en un lienzo la plasmemos;
al secarse se hará cenizas
cenizas
cenizas
cenizas de tus cimientos.



Au, el último quejido,
el de tu nombre,
siempre en nuestro recuerdo.

3. Y una foto para el recuerdo.

Deciros por último, que todavía estáis a tiempo de adquirir este libro, pidiéndoselo a su mujer, Gemma: gemviolet@yahoo.com.mx . Su coste es de 8 euros que serán donados a la Fundación Vicente Ferrer.

¿Una nueva novela de Roberto Bolaño? ( II )

En fin que me doy cuenta de que las informaciones con respecto al post anterior empiezan a correr por la red, y los medios van aportando luz u oscuridad a la noticia sobre la última novela de Roberto Bolaño. Crecen las informaciones y crece la indignación general. Os dejo los vínculos por si os interesa:
saludos

22 de octubre de 2008

¿Una nueva novela de Roberto Bolaño?

Tal vez una forma de seguir vivo, tal vez una ramificación más del mercado editorial o de intereses creados que la verdad creí concluidos con respecto a Bolaño con las publicaciones póstumas de “El Secreto del Mal” y “La Universidad Desconocida”, por cierto esta última, algo abocetada para mi gusto, aunque rescato muchos de sus poemas. Me gustaría conocer la opinión en este caso del propio Bolaño, del que ya de por sí cuentan que dejó “2666” elaborada para la posterior publicación, con la condición de que se hiciera por separado, pensando en el bienestar de su familia. Al final, un persuasivo Herralde con gran criterio (mi agradecimiento como lector) y supongo que una compensación económica difícil de rechazar por la familia, pasaron por encima de la voluntad del bueno de Bolaño (por otro lado nada que no haga una editorial común con un escritor vivo).

Pero resultan paradójicas las nuevas noticias que esta vez nos trae Letralia sobre una nueva publicación futura de Roberto Bolaño, “El Tercer Reich”. Desconozco si también estaba incluida en el mismo paquete que “2666”, que ya podríamos denominar “caja bolañesca de supervivencia post mortem” (otra vez recurrente la expresión); tal vez con ello intente frivolizar una situación que me deja ciertas gotas atónitas (y sucias) que hoy no puedo desincorporar (tal vez sea por lo desapacible del día). Detrás de esta sorprendente noticia se entreteje una madeja de representantes, editoriales, la viuda, agencias, que emborronan desde mi perspectiva la ardua labor y el universo de este escritor que, tras la lectura de “Los Detectives Salvajes”, me enganchó a su causa.

Pienso en todos los escritos, cuentos, apuntes de libreta, frases de las que me he arrepentido o que han acabado olvidadas en algún cajón, papelera o simplemente sobre una mesa coja por mi descuido; y supongo que a Bolaño le pasaría lo mismo, más si cabe por su compulsiva creación. La verdad es que a mí no me gustaría que alguien se pusiera tras mi muerte a barrer letras y a dotarlas de una cierta armonía hasta sumar ciento cincuenta y tres páginas y constituir un ente publicable… si se quedaron ahí es por algo (y ya en el anterior post he rogado que sólo se dediquen a contar las cosas malas). Esto me lleva a pensar que estoy abocado a arrepentirme de lo que escribo y sin embargo Roberto no va a tener esa oportunidad al menos en este mundo de imperfecciones pulidas por el dinero y los intereses económicos que vienen a ser sinónimo de supervivencia.

Pero en fin, que no me voy a dejar llevar por la emoción (negativa) y sí contar lo que está sorpresiva novela en ciernes. Resulta que Carolina López (la viuda) llama al agente Andrew Wylie comentándole que tiene un borrador mecanografiado de la referida novela (“El Tercer Reich”) y corregido a mano por el propio autor. Borrador cuya existencia desconocía el propio Herralde y que es ofrecido a The Wylie Agencie para que, después del cuatro de noviembre que caducan los derechos con la agencia de Carmen Balcells, firmen el contrato sobre los derechos. En fin, toda una novela en sí y cuyas conclusiones es mejor sacar de forma individual; si alguien quiere saber más incluso un adelanto de la trama, es mejor recurrir a la web de Letralia que se hizo eco de las declaraciones de Wylie en la 60ª Feria del Libro de Frankfurt. Esto va de ferias. Se admiten comentarios.

20 de octubre de 2008

Post Mortem

Por favor hablad MAL de mí cuando haya muerto.


Es una necesidad que tengo. Basta de días grises en los que cualquier declaración devuelve (o al menos eso creen) la vida a ilustres muertos que fueron desgraciados vivos, como cualquier ser humano. No me creo que, por ejemplo Walser, aceptara que hablaran de sus bondades o lindezas una vez sepultado por la nieve en acto voluntario de inconsciencia; tampoco que a Joseph Roth le hiciera gracia que destacaran su sensibilidad a la hora de emitir pensamientos puros en las múltiples ocasiones en las que se encontraba ebrio, paseando bajo los puentes del Sena en busca de algo en lo que engancharse y cometiendo tal vez las más bajas vejaciones hacia la vida y sus moradores; o sencillamente que Bohumil Hrabal, columpiándose en la ventana del sanatorio mientras pensaba el dolor que hacen unas alas al nacer en la espalda, cuya raíz se clava visceral en el espacio de las costillas, construyera a modo de hilo casto su vida durante la caída.


Yo autorizo, rubrico con mi propio puño y ruego (aunque ande harto de religiosidad), a los que me conocieron un día o a aquéllos que me intuyeron algún otro, que cuenten todos los defectos que un día abracé para intentar ser más humano, que descubran los caminos torcidos, la tercera orilla que los mantiene, los paseos por la negritud, justo después del alba, los efectos de amar no sólo a quién te va a facilitar la vida, la marea que provoca gritar en una playa atestada de veraneantes; el nado lento durante la noche, intentando alcanzar una plataforma alejada de la tierra, y escuchando las risas acumuladas del día que te van cansando los brazos.


Amigos, si sois tales, lincharme de sutilezas humanas, de errores creativos, de equivocados caminos y falsas esperanzas; eso me alejará de la tierra, dejando la humanidad para emprender un nuevo viaje.

Post Mortem, eso sí... que en vida necesito amor y tiempo para equivocarme.

17 de octubre de 2008

TARDE-DE SETAS y SIN PIES NI CABEZA



Estuvimos saltando, ¿verdad? Tal vez no encontrábamos el lugar exacto en el que esas pequeñas y deliciosas especies que la erudición acertó en llamar Boletus. Surgen como pequeñas huellas de la enfermedad de un suelo, el que pisamos, que pide a gritos un cambio en los humanos. Se esconden, como no podía ser de otra forma, y generan la paranoia en el buscador que sin probar, otro tipo de la misma especie, comienza al cabo de unas horas, a experimentar una serie de mareos que invitan a tomar asiento y disfrutar de un día cualquiera de la semana en la sierra de Madrid, que quizá sea otro de los fines en sí mismo que podrían rodear una sencilla jornada alejada del humo, la contaminación, el estrés (se escribe así o tal vez esté nervioso) de Madrid. Trepamos y lo hicimos hasta alcanzar una gran altura, todo porque escuchábamos unas voces, semejantes a las de los humanos y nos extrañó (ya en el aparcamiento advertimos la existencia cercana de esta terrible especie). Escalar nunca fue tan difícil con una cesta de mimbre que lejos de servir de apoyo te convierte en ese mismo material que al apoyarse en el suelo cruje, como si de óxido pudiera tratarse; y allí, con una navaja en forma de garfio, dirigiendo la mirada ubicua hacia todos los lugares y consiguiendo que el contraste de los colores, alejado de una superficie plana, adquiera relieve. Todo expuesto al olor de una joven indefensa proveniente de las últimas lluvias que en vez de purificar dieron vida. Saltábamos entre las piedras que impedían con esmero nuestro paso, pero nuestra obsesión ya borrosa ya ausente se convertía en el hálito de nuestra excursión. Fueron ocho los que sacamos de sus últimos refugios y después, como si de un hilo de agua se tratara, nos dejamos llevar hasta la orilla izquierda del camino, la incomprendida pero la que nos señalaba la salida de un bosque lleno de Amanitas: que generan sin descuido un producto químico para hacerla imposible al paladar de los hombres.


He de reconocer que hoy todavía continúa el efecto (apréciese en las letras que no tienen ni pies ni cabeza).

Lo siento, pero esto es una tarde de setas de la que mucho tengo que agradecer a mi amigo Jesús.


15 de octubre de 2008

Un Estremecimiento

Tiemblo, me asusto y a mi lado ella tiembla también, no sé si por el estremecimiento que he provocado en la cama sobre la que flotamos a la intemperie de la noche o porque la transmisión de los sentidos es posible por la cercanía, por los sufrimientos comunes o preocupaciones. Se agita.


Tiemblo, una escalera infinita se tiende bajo mis pies, los escalones son planos salvo el último, el que da el salto hacia el abismo, me estremezco y a ella la he despertado. Al abrir los ojos me encuentro con los suyos clavados en mi frente, donde varios puntos brillantes por el acopio de la luz lunar, reflejan temores. Me seca.



Tiemblo, esa escalera ahora está llena de peldaños, a medida que desciendo se van haciendo más profundos, me acelero en busca del siguiente sobre el que poner los dos pies para frenar su ritmo; el último existe pero inundado de agua, profundo; no quiero pisar en él y al evitarlo siento mi reflejo oscuro, como si mi cara viniera hacia mí. No está. Le… nada.

* Imágen: "Escalera", de Jesús Fopiani

13 de octubre de 2008

Yannis Ritsos, dador de vida



Por fin agarré el libro de la estantería, ahora desmontada por vicisitudes domésticas que no vienen a cuento (ni a poesía). Hablo de “Sueño de un Mediodía de Verano” de Yannis Ritsos una delicia editada por el FCE en sesenta minihojas que pareces acariciar cada vez que las pasas y si algo tienen en común es el estado del corazón del lector que permanece en suspenso durante la escasa hora de degustación.

Yannis Ritsos, nació en Monemvasiá, en el Peloponeso, en 1909, y murió en Atenas, en 1990. Cabe destacar de él que escribió poesía, novela, ensayo, además de pintar, actuar y bailar. Pese a nacer en el seno de una familia de terratenientes griegos, el compromiso político con la izquierda marca la vida de Ritsos, compromiso que le lleva a sufrir deportaciones, exilio, reclusiones en campos de concentración a lo largo de muchos años.

“Sueño de un Mediodía de Verano”, constituye una llamada al despertar de la naturaleza, pero sin duda un despertar acompañado de las sensaciones que de él tenemos los seres humanos. Yannis sabe quién son los espectadores adelantados para el noble arte de percibir: los niños; y sobre ellos, los que habitan en medios rurales y son capaces de estrechar la mano al sol, encerrar grillos en sus cajas, desnudar los arbustos y bañarse en el susurrar de los ríos. Al leer los poemas me he vuelto a reencontrar con esta literatura que transcurre con una gran sonoridad lírica y en la que los sentimientos humanos se entremezclan con las vivencias de la naturaleza, y ésta asume algunas de las acciones que a priori pertenecen al ser humano, o al menos eso creemos hasta el momento. Ritsos me traslada sin resistencia a las vivencias de aquél Eremita en Grecia con el que nos hizo soñar Hölderlin. Es todo un logro conseguir que nos sintamos responsables del transcurrir natural, alejado de las grises ciudades que se construyen sobre mantos verdes. Os dejo el inicio de uno de los poemas que a mi juicio resume de mejor forma la claridad poética del autor, sus objetivos y temas:


“Anoche los niños no durmieron. Habían encerrado un montón de cigarras en la cajita de los lápices y las cigarras cantaban bajo sus almohadas una canción que los niños conocían desde siempre, pero que olvidaban al despuntar el día”


Llegados a este punto dos agradecimientos importantes, en primer lugar a la traductora de esta obra, trabajo arduo y tan poco reconocido pero necesario. Gracias a la mexicana Selma Ancira, y al Fondo de Cultura Económica por su publicación.
Y sobre todo gracias al joven poeta mexicano Emiliano Álvarez, amigo, por descubrirme con tanto cariño a Ritsos. Atrás quedó esa tarde literaria que anunció, con su brevedad, la necesidad de más.

9 de octubre de 2008

Es la guerra

(Trabajo) muy cerca del (aeródromo) de Cuatro Vientos. Hoy un (avión) que parecía, desde la lejanía, impulsado por una (mano) invisible, ha dejado, al paso por (nuestro) edificio, un horrendo (sonido) de motor fabricado hace siglos; éste se ha combinado con la máquina (taladradora) de las obras cercanas al (azul) y me ha provocado una insólita reacción: arrojarme al suelo, de la última (planta), la que siempre aplasta a todas las demás. El ruido se ha (perdido) tras las lomas del cementerio que deslumbrantes se atisban desde el vértigo, pero la máquina taladradora sigue golpeando mi oído, mucho me (temo) que nunca terminen las obras.


( )

8 de octubre de 2008

Día de perros

Como un pensamiento que te puede afrentar a cualquier hora del día, a mí normalmente me recurre por los mañanas, cada vez que coinciden dos perros y se reconocen de la misma especie, se ladran, se miran hasta perderse definitivamente de vista, se huelen, algunos voltean indiferentes pero sabiendo que el otro se encuentra aún cerca.
No sé por qué nos cuesta tanto a los humanos reconocernos.

6 de octubre de 2008

Los vecinos de arriba son fantasmas ( I )

La verdad es que no conozco las razones por las cuales contarlo pero supongo que como todas, tendrá un trasfondo inconsciente de necesidad.

Este post será sólo para contar el origen de esta percepción ya incrustada en el mundo de las ideas (aunque no lo parezca, el nuestro). Todos los días, entre las 23h y las 0h, sin pasar un minuto ni por exceso ni por defecto escuchamos, encima de nosotros y a veces con gran sonoridad, un arrastrar enérgico de muebles e incluso de herramientas metálicas (en ocasiones podemos disfrutar también de una serie de pasitos que nos hace deducir que son dos personas los vecinos de arriba).

Esta situación sería aparentemente normal si no fuera porque vivimos en un tercero de un humilde bloque con tres pisos. Sería normal si no fuera porque repercute de la misma manera y violencia en los techos de todos los vecinos, desde la del bajo hasta el tercero, pasando por la incredulidad de los del primero. Y sería normal si no fuera porque se ha convertido en una rutina cotidiana que inquieta a algunos vecinos a juzgar por el silencio con el que prefieren abordar la cuestión.

Primero fue la detección de la situación y puesta en común. Hace unos tres años lo quisimos comentar en una reunión de vecinos. Hasta ese momento, eran siempre los vecinos del tercero (y para mí los del "cuarto") los que arrastraban una pesada cama metálica de uno a otro extremo de la habitación, entre las once y las doce de la noche, previsiblemente para hacer más funcional el espacio. A veces esa cama no quedaba a gusto de los arrastrantes y repercutía en ligeros movimientos posteriores que me imagino congratulaban a sus moradores. Los vecinos, en un acto de generosidad forzada, nos confesaron que siempre creían que era una pauta habitual familiar (antes que yo, vivieron mis tías-abuelas), ya que lo llevaban escuchando desde hace muchos años y cuando nosotros llegamos, el arrastre continuó diariamente. Supongo que, muy al contrario de las pautas jurídicas, en las relaciones convecinales prima la presunta culpabilidad del otro, sobre el que recae el peso de las penas sociales en un recinto cuyas escrituras suelen atribuir al espacio común.

Observaba yo una conducta entre extraña y escéptica por parte de mis vecinos. La reunión en la que planteamos dicha cuestión (para mí novedosa) se realizó en nuestra propia casa y los vecinos miraban fijamente a la puerta de nuestra habitación, especialmente cuando se entreabría sola (las puertas de nuestra casa no cierran bien y cualquier corriente de aire pequeña suele provocar el efecto). De allí, al parecer surgían los ruidos y querían saber qué guardábamos. Esa reunión fue conflictiva por el gran número de cuestiones que se tenían que tratar (entre ellas la consiguiente). Comenzó tarde y acabó mucho peor: con los ruidos de mis vecinos de arriba. Todos guardaron un prolongado silencio el tiempo que duró el arrastre. Y después añadí: "de esto quería hablar también". Sin lugar a duda, era la primera vez en cuarenta años que les quedaba claro que los ruidos no salían exclusivamente de la habitación que pertenecía a nuestro hogar familiar sino que, como el resto, desde aquí también se escuchaba a "los de arriba" mover la cama de uno a otro lado, a veces con ensañamiento. Los vecinos hipnotizados no podían apartar su mirada de la puerta de nuestra habitación para cerciorarse de que efectivamente de allí no provenían los ruidos; mientras, al lado de la mesa donde se celebraba la reunión, tintineaban los cristales de las copas de la vitrina en la que guardábamos la vajilla menos mala y las botellas de tequila.
Se rompió aquella noche la creencia, convertida en aseveración, de que todos éramos fantasmas para nuestros vecinos de abajo.

4 de octubre de 2008

Lobos

Hoy mi mujer se ha levantado precipitadamente de madrugada. Me ha preguntado que dónde dormían los lobos. Asustado, no he sabido responder. Se ha vuelto a acostar tranquila al ver que uno le sonría a mis espaldas.

 
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