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14 de noviembre de 2008

Interpretar desde el silencio

De camino a casa encontré, apuntada en mi libreta, una frase de Emilio Lledó que decía: “la soledad del lenguaje requiere un esfuerzo ininterrumpido por arrancarla de su original silencio”. Al leerla, desapareció el paisaje gris sobre el que caminaba, que no es otra cosa que la moderna urbanidad, y apenas me encontré en el epicentro de una luz blanca y cegadora en la que, entendía, debía construir de alguna forma, o no, mi propia interpretación. El lenguaje surge silente, aborda el trasiego de la realidad desde una óptica expectante e inerme; desnudo ante el revestimiento del interpretador. Apareció entonces un parque, mejor, se insinuó, porque yo decidí que así fuera. Allí me senté en un banco que, pese al espacio vacuo y libre de cualquier mirada ajena y desprevenida, no estaba; pero el primer objetivo ya estaba conseguido: no vi la superficie de madera y fierro, pero conseguí mantener mis rodillas plegadas y mi trasero apoyado en aparente levitación. Escuché el silencio del entorno, un silencio primigenio, distinto a los que yo había conocido hasta ese momento. En este silencio no existía el ruido, tampoco una ligera brisa para distraerlo, era la nada sobre la que se bracea libre, la que te abraza. Se estremecían las hojas de los árboles de mi parque, las oía mientras quebraban el vacío, luego fueron las minúsculas partículas de tierra que se quejaban al ser arrastradas por mis pies, si ponía más atención el aletear de los pájaros surcaba mis oídos como planeadores, algún graznido también, pero no me interesaba tanto. Saboreé unos instantes más esos momentos, me levanté y al hacerlo, arrastré el parque como si de una manta gigante se tratara. He llegado a mi barrio, y el olor a humo me destapa.

 
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