28 de septiembre de 2009

En busca de la forma

En la literatura contemporánea existe una preocupante atención en torno a la forma en la que presentar las ideas, yo diría que de manera obsesiva el escritor busca un rasgo caracterizador único, algo que diferencie su estilo del resto, y elimina palabras, pone más puntos y seguidos, utiliza más o menos puntos y comas, polisíndeton y asíndeton, con más o menos lirismo o reflexión, incluso algunos ponen la ortografía al servicio de la estilística con tal de hacer sonar el badajo del crítico amargado que piensa en su sillón de piel roja que la-literatura-de-ahora-no-es-la-de-antes, mientras espera impaciente el partido de fútbol de la nueva jornada. El estilo (pienso, desde la indefinición del mío propio, si es que tengo alguno) debe ir anexo a una reflexión sobre el tiempo y el espacio que nos rodea para después dirigirlo hacia una trasgresión, en busca de sentido; y son pocas las clarividencias al respecto, simplemente que convivimos con el ser humano más devora-hombres de los últimos siglos, una especie de Polifemo pero con varios ojos, sabedor consciente de lo que está llevando a cabo, y por tanto, constructor de una especie de laberinto oscuro sin hilo de Ariadna. Y en esta tesitura de neocreación que termina cayendo en la intranscendencia más sublime (y aburrida), me acuerdo, como últimamente me sucede a menudo, de Juan Rulfo, amordazado ante una literatura de extremo realismo que buscaba obsesivamente la sustancia de lo que estaba sucediendo en Latinoamérica y que él decidió no leer. Buscó la manera de ir en contra de la misma y halló paradójicamente un paraíso: la paulatina destrucción de la sustancia literaria, que posibilite la desaparición progresiva del escritor en pos de la vida realista de los personajes dentro de la obra, y en ese camino encontró el simbolismo universal y rural que recreaba el propio carácter de dichos personajes, y fue esta situación la que marcó el desarrollo de la forma; como no podría ser de otra manera, este estilo creó numerosos vacíos en la obra, que se entienden como silencios en el espacio-tiempo del lector y avocados al desahucio de todas las ilusiones. Este no-lenguaje también daría muerte al escritor, pero Rulfo nos dejó un legado cargado de significantes a través de una forma literaria de dentro a fuera que niega constantemente la sustancia, cada vez más inaccesible para el ser humano. Ojalá pudiéramos ser capaces ahora de realizar una mínima lectura de este mundo tan complejo que nos ahoga, para poder destruirlo sin necesidad de hablar tanto.

PD: Seguramente este texto estará plagado de imprecisiones literarias sustanciales.
Imagen: Juan Rulfo, por Pablo Gallo; aprovecho para recomendar su micrometraje de este mes de septiembre, dedicado a la figura del escritor mexicano, pinchando aquí.

6 comentarios:

Alberto M dijo...

una reflexión muy interesante y muy bien explicada, creo. Pero te añado una cosa, amigo Conrado, me parece un poco forzada -aparte de muy bien rematada- la inclusión de Rulfo (aunque acertada como representación que hay en la multitud, entiéndeme, en la minoría).
Un abrazo.

eMiLiA dijo...

Muy acertado lo que decís.

Y justo estoy releyendo "Pedro Páramo", novela sencillamente perfecta.

Un abrazo!

Bárbara dijo...

Qué interesante, my friend.
Si uno piensa en el estilo cuando escribe está destruyendo su estilo. Quiero decir que el estudio de la literatura y el acto de escribir son cosas distintas. Hay vasos comunicantes entre ambas pero son cosas distintas.
Besos desde el páramo.

David Urgull dijo...

Bueno, acabo de descubrir tu blog con esta entrada sobre el estilo, que es como hablar sobre la Nada o el Todo que son lo mismo pero diferentes y tus comentarios acerca de Rulfo. Gran Rulfo, pero para saber sobre su estilo y sobre todo aquello que escribió alguien tendría que haberle preguntado al tío Celerino, que era quien le contaba las historias, como ya sabemos.
Y ya me dirás por qué te tengo despistado, que he leido hoy tu comentario acerca de mis verborreas. Y ver si podemos quedar para unas cervecitas o un poco de mezcal. ¿Tienes mezcal?

Oswaldo Cabrera Vásquez dijo...

Grande Rulfo ^^

Conrado Arranz dijo...

Alberto, Rulfo es en esencia así, natural, pero a la vez fuerza serios problemas. A veces no sabemos por qué las desconexiones internas se van enlazando y en sí el mundo es un interminable rompecabezas hecho con millones de piezas que dudo encajen. Gracias por tu opinión, siempre eres bienvenido, un fuerte abrazo.

eMiLiA, yo la volví a releer este verano, de un jalón, y creo que repetiré de nuevo la experiencia; es una de las virtualidades de esta novela, que se actualiza automáticamente en base a la experiencia de cada uno, no obstante, la estética es insuperable.

Bárbara, cuánto tiempo, qué gusto poderte ver aquí y cuánta razón tienes, no existe teoría que analice el corazón. Por cierto, Madrid-Valencia, tiempos de Gürtel, tiempos de obligada literatura.

David, qué bueno este paso por tu casa. Efectivamente, yo creo que, desde ese momento, todos buscamos un tío Celerino, paciente, conciso, lleno de significantes y significados, que nos aclare esta gran maraña. Malas noticias: me acabé el mezcal, El gusano rojo se llamaba, y éste se lo comió Andrés en el último trago. En este último viaje, intenté comprar el famoso tequila Los Suicidas, lo seguí la pista, pero fue imposible, así que por aquí sigo, vivo, aunque por poco. Buena noticia: podemos conseguirnos un mezcalito por aquí y compartirlo, cuando quieras, por supuesto. Te sigo.

Oswaldo, tú mismo lo dices, nada que aportar, me veo de mayor (más mayor aún quiero decir) cortando y pegando de diferentes formas el legado de Rulfo, escudriñando cada una de las palabras, estirando sus significantes. Es uno de los grandes, no cabe duda.

Muchas gracias a todos y todas por vuestras aportaciones.

 
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