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12 de diciembre de 2008

Vida y muerte, analogías en torno al placer y al silencio

La muerte es una estrecha mancha de semen aún caliente de pasión.


A raíz del acontecimiento calló y no volvió a hablar nunca. Los usuarios iban, venían, comían, se aseaban, dormían y él seguía callado tras verlos. Alguna vez antes del suceso me comentó que el día que no tuviera nada que decir nada diría, y yo recuerdo que fue una frase que me abordaba especialmente cuando, nadando en los grandes almacenes, en los angustiosos días navideños de Madrid, los humanos se empeñaban en gritar, exclamar, percutir en mis oídos ya hundidos en un mar de dudas materialistas. No abandoné la frase hasta que le ocurrió aquello y pude comprobar que era posible no tener nada que decir. En mis posteriores visitas me sentaba frente a él, fijábamos nuestras miradas y yo veía, a lo largo de las horas, pasar por sus pupilas todos los sentimientos; sus lágrimas finales, en mi despdida, eran irremisible cita a Manrique y el trayecto de bajada a través de las oscuras escaleras del sanatorio lo ocupaba en pensar el camino que recorren las lágrimas que surgen del corazón, y no sabía bien si pasaban por la traquea en su transmutación de sistemas o si por el contrario eran transportadas a través de pequeñas arterias en dirección al cerebro. La señorita de recepción confirmó mis miedos. Mi tío, pese a lo que le ocurrió, era el más feliz de toda la residencia y frente a él desfilaban, todos iguales, los vivos de habitaciones contiguas y los muertos cubiertos por lánguidas sábanas blancas para olvidar la soledad que padecieron sin quererlo. Él los mira, cierra los ojos, respira profundamente y sigue callado, callado de placer.



“Tras el pavor del morir
está el placer de llegar.
¡Gran placer!
Mas ¿y el horror de volver?
¡gran pesar!”

Antonio Machado

 
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