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30 de diciembre de 2009

Feliz diciembre

En este diciembre octubrado, felicito a todos aquellos que al final de una cena se reparten el pastel, empezando por el cocinero que si bien conseguirá el resultado de una tarta perfecta, a todas luces escasa, se habrá encargado ya de restar valor a la materia prima, con suerte alguno le pillará con las manos en la masa y para evitar una denuncia participará del festín aunque su único cometido sea servirlo cortésmente a los demás… qué haríamos sin los pillos, principio y fin de la picaresca; ya antes el pinche, fruto de los despistes, por excesos del propio cocinero (tal vez esté afilando con esmero los cuchillos) y corte a corte, de lo pequeño a lo diminuto, de éste a lo minúsculo, hace acopio de elementos que decorarán el bochorno culinario, que lance la primera piedra quien no se haya quedado alguna vez engatusado al ver un escaparate. Ya por fin listo, a todas luces escaso, el pastel será expuesto sin sonroja a la vista de los invitados a comer de él, por partes desiguales, por supuesto, que para eso hemos avanzado un siglo. Habrá quien se sorprenda de que el primero en partir (acción y efecto de cortar… no de irse) sea un negro que se ha puesto colorado cuando el camarero, antes amotinado, le ha entregado el nada discreto cuchillo que antes afilaba el cocinero, afirmando “¡a por él, que tiene premio!” (sin hacer nada, agrego), y tras el rubor y siendo consciente de no merecer tal displicencia, se ha abalanzado sobre el susodicho dulce y engalanado postre sin conocer que las cerezas que lo adornaban no pueden ser enteramente partidas al ser garantes de un redondo hueso, pero sí esparcir un jugo rojo sobre el blanco impoluto de la nata, y también sobre el traje de algún ilustre invitado que quiere no poner en duda de sus vergüenzas. A cada corte un “¡oh!” y un frotarse las manos entre invitados que guardan en su bolsillos estadísticas para demostrar su valía, incapaces de hacer acopio en su memoria un espacio para la dignidad (los hay que no probarán bocado… pocos días antes alguien con humor sarcástico le había empotrado el cuerpo que encierra el poder divino en los morros, dejando algún diente a mejor recaudo… ¡no probarás bocado!... prescribe el cortador –a los ojos del amputado un simple esclavo-). Es un festín de invitados en el que sólo se tiene una certeza: no sobrará ninguna parte del pastel, aunque un activista no invitado deje la huelga para regresar a su hogar o aunque cada día mueran miles de humanos por hambre, civiles a manos de soldados, animales y naturaleza bajo nuestra huella de caucho… sigamos repartiendo el pastel, en cientos de platos, luego los invitarán con pleitesía a pasar por la cocina y admirar la cantidad de cacharros que han quedado sucios y destruidos virtud del feroz y goloso hambre de los dignatarios… hay que limpiar, y esto nos toca a todos… pero eso será el año que viene, porque éste, ya se ha acabado.

Que tengan un feliz año 2010 desde Copenhague

27 de octubre de 2009

Génesis y desaparición

“Señor, ya vienen, ¿habémonos de deshacer?”
(Relación de Michoacán, p.302)


Cada día por la mañana el telón que representa mis párpados se abre esperando que el sol siga exactamente en el mismo lugar en donde engendró a la tierra, justo en el lado opuesto en el que la luna poco antes ha desaparecido, esquiva como siempre de la luz, aunque algunas veces se asome al fruto de su creación a través de una velada cortina.

Otras veces me levanto por la noche, insensato, buscando soles en el interior del vehículo que me arrastra por el día a través de caminos aceptados, sí, pero para nada gratos.

Octubre, y más tratándose del final del mismo, se rellena de múltiples colores que nos recuerdan el caos, el triste martirio de los hombres, imposibilitados de ver las cosas en blanco y negro, nuestra propia esencia como seres humanos que vagamos en una confusa existencia plagada de objetos, la mayor parte inservibles, que colorean nuestro tono gris; hombres grises videntes de color.

Nado en el caos o tal vez el caos flote sobre mi nada. Llevo meses intentando ordenar el mismo, pero ni las fuerzas ni los resultados me acompañan. Para esto, la sociedad no ayuda, porque sigue su curso en apariencia ordenado y genera una especie de complejo provocado por lo inalcanzable de la perfección; su curso ordenado, pero sin saber qué curso. Ayer, tras muchos meses, hice un serio esfuerzo por no hacer nada con respecto a este caos, simplemente encender un foco que colgaba de un hierro negro que a su vez se sustentaba en la misma mesa en la que intentaba leer sin pensar en ese caos que seguía girando en torno a mi.

Me ayuda conocer algo de la historia de las culturas amerindias. Ellas estaban en contacto con la Naturaleza, conocían al hombre como parte de ella y por tanto nos convertían en seres imprevisibles pero dentro de un orden, seres ordenados pero originados por el caos. ¿Qué sería de esas culturas antiguas cuya filosofía fue erradicada a golpe de Renacimiento? Ellas siguen siendo eslabón silencioso de nuestra existencia, conscientes de que el hombre surgía del caos y hacia el caos se conducía, habitantes temporales de la tierra-madre que un día sería ocupada por otros hombres. Bajaron los brazos y permitieron la conquista por parte de hombres que portaban ese caos en forma de antorcha, oro, esmeraldas y un único Dios piadoso en el que se refugiaban para llevar a cabo la expoliación, masacre y redención de un pueblo en apariencia salvaje.

“Lo que distingue a los mitos de destrucción del mito del diluvio es que, en el pensamiento de los mexicas, la destrucción está ligada de manera explícita a la creación del mundo. Todo lo que han hecho los dioses está destinado a la destrucción. La vida en la tierra es sólo un breve instante entre el caos inicial y el caos final” (p.200. “El sueño mexicano o el pensamiento interrumpido”, J. –M. G. Le Clézio).

Pero los hombres que llevaban la civilización se aprovecharon de todas las profecías amerindias y se ampararon en ese Dios único que decía ser justo para hacer reinar el caos de la destrucción indígena. Antes más bien ya estaba profetizada por ellos:

Dice Napuctun, sacerdote maya: “Esto sucederá en el cielo y en la tierra, en el tiempo del Duodécimo año Tun. Arderá el cielo, arderá la tierra y reinará la avaricia. Esto sucederá a causa de la sequía. Entonces imploraremos a Hurab Kum, el Dios único, y los ojos del gobernador llorarán durante siete años de sequía…”.

Hemos instaurado una civilización duradera para con nosotros mismos, pero en un espacio que no está preparado para soportarnos durante mucho tiempo. Confieso que un día se me ocurrió recubrir toda mi casa de madera, hice cuantos armarios empotrados pude, mesillas de alcornoque, forré de una plancha fina todas las paredes, también las lamas sobre las que descanso toda la noche son de madera, y el suelo que me mantiene en pie de tarima flotante, qué paradójico nombre. Pero este caos ha traído consigo una plaga de insaciables termitas y cada día que llego a casa me encuentro un pedazo menos de mi existencia, de mi orden conquistado. Estoy experimentando la sensación de un perro errante al que le han extirpado su máxima: la soledad, sin la que no es posible pensar.


Imagen: Códice Florentino, Fray Bernardino de Sahagún.

17 de septiembre de 2009

Como plantas

Para Jesús

Esta madrugada, desnudo por un sentimiento espontáneo (e inexplicable) de liberación, se me ocurrió abrir la ventana y al mirar la luna, que apenas era un rasguño imperceptible pero límpido en el cielo, atisbé unas figuras extrañas, quizás humanas que hieráticas permanecían sobre todos los tejados, una especie de desafío a la realidad, una reunión de caracteres acompañados cada uno con la misma maleta, marrón oscura y cosida a mano por un hilo grueso más claro, igual que la que yo he guardado durante todos estos años bajo la cama. Sin duda era una invitación a respirar un poco de oxígeno de la atmósfera, tal vez el futuro de todos esté en sembrar jardines sobre los tejados.

24 de agosto de 2009

La serenidad violentada

Desde el origen de la razón humana, que por inmemorial y por falta de vidas pasadas (y lecturas necesarias), no soy capaz de cifrar, el hombre y la mujer han gozado en cierta forma del sufrimiento ajeno. No debemos olvidar que la empresa más próspera y en la que se han movido todo tipo de intereses (en la que España, por ejemplo, perdió todo el oro que ensangrentado venía de Latinoamérica) fue, es y tiene visos de seguir siendo, la guerra. Incluso en la Edad Media, los caballeros a través de sus justas y torneos, construyeron un mundo extraordinariamente simbólico y bélico, cuyos pilares básicos eran el espectáculo y la guerra, con las consecuencias de dolor humano subsiguientes.

El recuerdo de Frida Kahlo me hiere cada vez que me envuelve y en estos días volvió a hacerlo de nuevo; sobre todo porque es un dolor de humo: emana de lo más profundo del ser de su obra y biografía, te va envolviendo con una extravagante e irreverente sonrisa y te opaca en un ecótico* vacío. Sus obras son de una tierna violencia que no pueden sino agitar a la mayor de las rocas, a los hombres de piedra que vivimos rodeados de cemento a lo largo de toda nuestra existencia… porque Frida vivió una guerra personal en la que su carcasa luchaba por no dejar transpirar el alma, y ésta tenía que hacerlo a través de una mano temblorosa que debía estar horas en forzado paralelismo con el suelo, buscando un punto de gravedad que la hiciera sentir viva. Lo conseguiste Friducha y hoy tu corazón late en el interior de tu obra, la eterna, la incontestable, como late el nuestro golpeando el caparazón oscuro que nos amarra.
Nunca pensé en sentirme atado a mi estómago que lejos de volver a ser el mismo se encarga de recordarme su función vital.



Imagen 1. Pintura: Autorretrato. Frida Kahlo
Imagen 2. Fotografía: Serie "El Baño de Frida". Graciela Iturbide.

*Sí, ecótico no existe, pero es el adjetivo que más me une a esta sensación.

16 de agosto de 2009

Hay maneras de irse, maneras de volver y maneras de sentir que nunca has vuelto (o nunca te has ido). De cualquier forma, la desaparición es la más enigmática de todas ellas. Sí, no avisé de mi huida (había ladrones que leían mi blog y permanecían al tanto de esta manía que nos da por contarlo todo). La vuelta de México ha sido más dulce esta vez por culpa de Graciela, una mujer escapista que nos la jugó con los horarios antes de marcharnos y tuvimos que postergar la vista a su exposición. Allí también pudimos reencontrarnos felizmente con Andrés y Ainara, con quienes en soledad individual pudimos disfrutar de la magnífica exposición (ellos en una privilegiada segunda visita que propició elegir un orden distinto).

Ante la obra de Graciela tal vez lo que más toque sea el silencio; un silencio sepulcral en nosotros mismos que viene configurado por el sentido de la muerte y de la naturaleza que cada uno de nosotros tenemos. También porque el espectador llano, como nosotros, se acerca a la fotografía con una profunda extrañeza (como si fuera la primera vez que reconocemos algo), pese a que la muestra es de una irreverente cercanía y una realista presentación. Ese es uno de los accesos al conocimiento que adquirimos de la mano de Graciela: el simbolismo y el surrealismo no están tan alejados de la realidad, simplemente tienen más que ver con la empatía, con el mimetismo del más realismo de los factores en estas circunstancias, el fotógrafo. Graciela no es ninguna impostora, es una mujer desnuda e invisible que nos regala su sentido, ni siquiera su mirada. A veces también se nos muestra (cumple con el instinto voyeur): como una verdadera seri, cuyos pies (“para qué os quiero”) permanecen hieráticos en la bañera profanada de Frida (donde yacen sus muletas enlazadas con un cuadro de Stalin), mordiendo las frías escamas de unas serpientes obscuras que le acercan un poquito más a la muerte…

Naturaleza y muerte son las vivencias y los sueños que Graciela plasma en su fotografía; una naturaleza siempre adulterada por algún elemento que indica la mano del hombre y la conduce a la sequedad, al hermetismo; una muerte húmeda, ceremonial, ritual, que se entremezcla con lo carnavalesco para definitivamente transgredir la línea de la religiosidad y hacer de los ritos un universo complejo, personal, del que Graciela se apodera solidariamente para retratar.

Tal vez la secuencia más impactante sea la colección de pequeñas fotografías (apenas perceptibles en la magna exposición si no fuese por la voracidad expresionista de su llamada) realizadas en 1978 en el cementerio de Dolores Hidalgo (Guanajuato), cuando la fotógrafa se encuentra en el entierro de una pequeña y la familia se aviene a posar e incluso a abrir el ataúd de la niña en un anhelo tal vez de eternidad momentánea. En el transcurso de la procesión, un cadáver, cuyos zapatos y pantalones están intactos a diferencia de la codicia con la que la mitad superior ha sido devorada por los buitres, corta el camino racional a la tumba de la pequeña; en lo alto miles de pájaros sobrevuelan el terreno, anuncian: la vida no es un camino recto, la muerte está al asalto de la naturaleza o ¿somos nosotros quienes la circundamos? Transcribo las sabias palabras de Graciela al respecto: “…En la vida todo está ligado: tu dolor y tu imaginación, que quizás te sirva para olvidarte de la realidad. Es una manera de mostrar cómo se liga lo que vives con lo que sueñas, y lo que sueñas con lo que haces y queda en el papel. […] Las obsesiones provocan apariciones. O mejor dicho, fomentan un estado mental que te hace ver lo que vas buscando”.

Por eso el dolor que causa la separación de un México tan ambiguo es contrarrestado por el contraste de las emociones inevitables que han causado sus imágenes en mí. Gracias Graciela Iturbide.

Fotografía 1: Mujer Ángel, Desierto de Sonora.
Fotografía 2: Secuencia Cementerio de Dolores Hidalgo, Guanajuato.
Exposición: Fundación Mapfre Madrid (Sala Azca), del 16 junio- 6 septiembre de 2009

9 de julio de 2009

El hombre de piedra

La Naturaleza va esculpiendo el perfil de los hombres más extraños que, ataviados con su uniforme vestimenta, se van estrechando en la parte inferior; pies, piernas e incluso cadera, sostienen con heroica disciplina la compleja masa informe que compone nuestro busto y aún la cerebral. Desafiamos el tiempo que inexorable recorre nuestra figura como queriendo acariciar algo que no le pertenece del todo, porque dicen que venimos de ti, aunque no hallemos ninguna correspondencia. Entre nosotros el tacto, no ya sentirlo sino tan siquiera gozar la posibilidad de ignorarlo, es imposible; alguien golpeó con el filo de su espada alguna vez para mantener en el tiempo la leyenda de Tántalo y separar a los hombres de lo que más querían.







Imagen: "Ciudad Encantada", Conrado Arranz. Junio 2009

16 de junio de 2009

Por eso les dieron alas

Los días de bochorno, que quieren ser verano fuera de temporada, se acumulan a empellones cientos de hormigas en las repisas de las ventanas. Nosotros, en referencia a los seres humanos desprovistos de armas químicas, tenemos poco tiempo para reaccionar ante el problema: cerremos todos los cristales haciendo que la casa (último piso) alcance los cuarenta grados con escasez de oxígeno, o, por el contrario, esperemos a que las humildes hormigas, por eso les dieron alas, invadan nuestro territorio en su camino de anarquía aérea y aterrizajes en desvarío. Son días de bochorno los que la naturaleza emplea para someternos al soborno de la existencia.


Imagen: "Voladora". Raquel Méndez (en la red).

28 de mayo de 2009

Escapa si puedes


Un cadáver, ya prácticamente desangrado, sobre la alfombra de un salón del aristocrático barrio de salamanca en Madrid. Junto a él, un hacha todavía sigue emanando calor, hay restos de sangre por todas partes, salvo en el filo del mismo, donde parece que se han preocupado por mantener el esplendor de su brillo. Agradecemos la consideración del cuerpo al caer de bruces frontalmente contra el suelo, aunque con seguridad sea debido a la inercia de los golpes que el occiso recibió en la espalda, los que permiten ahora contar las vértebras machacadas. Dentro de la chimenea continúa el crepitar silencioso de la leña en su afán de no dar por concluida la acción. La sangre está caliente sobre el cristal de la mesa baja, el cuerpo frío espera una caricia forense. Wagner no suena con el mismo esplendor en la radio de la habitación contigua, se escucha con el volumen bajo. Somos testigos incidentales al querer narrar con el color de las pupilas la acción sobre el fondo blanco del papel. Es fácil que el lector potencie su imaginación al presenciar la escena, saque sus propias conclusiones, eclosione con sus propios valores, e incluso se aterrorice al saber que el señor que yace sobre la alfombra puede ser perfectamente su marido que con una bata roja, saborea aún la piel y el sexo del hombre que bajaba precipitadamente las escaleras cuando nosotros subíamos a contemplar la escena. Es explícito, concreto, palpable.

Luego regresaré tarde a casa, habré perdido un gramo más de mi fe en el ser humano; mi mujer me recibirá con las mismas palabras de siempre, tal vez hoy sea uno de los días en los que me regale una sonrisa breve, tierna aunque desgastada, esta situación provocará de inmediato, como un gesto automático, que me abalance sobre ella y le abrace sin sentir nada. Con suerte ese día la cena estará preparada, si no seré yo el que improvisaré alguna fórmula para salir del paso ante esta cotidianeidad absurda. En la cena veremos, uno al lado del otro, la televisión, si es que conseguimos ponernos de acuerdo en el canal. Nos aburriremos seguramente de no prestarnos atención y nos iremos a acostar, también uno al lado del otro, cerrando nuestro día con un beso de los que se hacen sentir como una brisa, de los que no abren tan siquiera el mundo de los sueños, será simplemente como una desconexión del tiempo que recobraremos a la mañana siguiente gracias al molesto y repetitivo sonido de la alarma. Mañana será el mismo día que hoy pero con una cifra más sobre el calendario. Tal vez tenga la suerte de encontrarme en el camino hacia el trabajo a gente diferente y diversa que no me aporte nada o tal vez me encuentre con alguno de mis lectores, que aburrido de las novelas históricas de asesinatos que escribo, quiera acabar con el que les da vida sin siquiera conocer un poco de este Félix que pone aquí el punto y final de su existencia.

Tú, mientras tanto, pensarás que esta historia no tiene lógica, pero es que la vida es una especie de irregularidad de nuestra conciencia.



Imagen: "Escapa si puedes". Conrado Arranz. París 2009.

14 de mayo de 2009

Lucha de gigantes

a Antonio Vega in memoriam


Por supuesto, vivimos con miedo, aunque si nos fijamos bien apenas tenemos algo que perder. Nos han presentado un mundo que lucha por encerrarse cada vez más en sí mismo, se aísla y pone límites artificiales en sus relaciones. Las diferencias físicas, el miedo a la apariencia, han ido prestando espacio al pavor que provoca la unión de los que no tienen. Frente a ellos, los líderes que abanderan mástiles vacíos pero que representan el bienestar de todos, recogen los frutos de ese miedo que ha ido sembrando la ventura a lo largo de estos últimos años. La sociedad se ha convertido en un pequeño mercado en el que se está constantemente regateando, algunos regresan al final del día a casa con la sensación de que han triunfado, han comprado a un menor precio, se han hecho respetar por sus semejantes, están colmando en definitiva el nivel de ambición que se habían propuesto, son triunfadores y por extensión felices. Mejor aún, el problema es que triunfadores somos todos, la sociedad nos presta el beneplácito de situarse al nivel que necesitamos, después nos lo irá cobrando por otro lado; total, nunca llegaremos a un acuerdo para objetivar el bienestar, para calmar la ambición irracional, y sobre todo somos seres humanos y necesitamos más adornos para vernos bien, para tapar nuestras miserias, para sentirnos admirados. Pero pasear entre los rascacielos da complejo de inferioridad, pronto necesitaremos un despacho en el último piso del más alto de todos ellos para contemplar al resto desde otra perspectiva y de paso estar más cerca del sol. En los bajos, siempre habrá un bar y alguien colocado en la barra en postura escorzada, sin poder recibir tan siquiera un rayo de luz, cuanto más algún reflejo de tanta ventana impostora que brilla para fagocitar el espíritu con su poder de atracción, si nos fijamos bien: no son transparentes más que en la noche, cuando los individuos se marchan y dejan encendidas las luces. El refugio sin embargo será infame y, sin sentirlo, cuando seamos conscientes de que nadie nos sigue a aquel lugar inhóspito, algo entrará dentro de nosotros y nos demostrará con su canto que el fracaso no es un concepto tan negativo como nos lo habían enseñado; el miedo actúa de parasol de esos reflejos falsos que opacan la visión pura y cristalina del ser. Al salir del bar, seguramente sólo escucharemos silencio, y ese pequeño pitido lejano que por inasible, constituirá una utopía escucharlo más alto. Por supuesto, el resto de personas, o al menos la mayoría, habrán desaparecido. Eso, o que tal vez sigamos borrachos, cómodos en nuestra silla y recostados sobre la mesa coja de madera carcomida por los restos de alcohol y miseria.


*
*
*


Lucha de gigantes

convierte,

el aire en gas natural

un duelo salvaje

advierte,

lo cerca que ando de entrar

en un mundo descomunal

siento mi fragilidad.

Vaya pesadilla

corriendo,

con una bestia detrás

dime que es mentira todo,

un sueño tonto y no más

me da miedo la inmensidad

donde nadie oye mi voz.

Deja de engañar

no quieras ocultar

que has pasado sin tropezar

monstruo de papel

no sé contra quien voy

o es que acaso hay alguien más aquí.

Creo en los fantasmas terribles

de algún extraño lugar

y en mis tonterías

para hacer tu risa estallar.

Deja de engañar

no quieras ocultar

que has pasado sin tropezar

monstruo de papel

no sé contra quien voy

o es que acaso hay alguien más aquí.

Deja que pasemos sin miedo.

Antonio Vega



5 de mayo de 2009

a Denise

Denise querida,

Son las 22:30h

Hace ya tiempo que oscureció y me he puesto a escribir, antes he recordado el día que me confesaste tu amor por mi condición de animal de oscuridad; la verdad es que en ella me desenvuelvo como un pez a miles de pies de profundidad, donde apenas la claridad son pequeñas y lejanas chispitas; luego, supuso nuestra ruptura, pero supongo que ahora no tiene el mayor interés.

Te he recordado porque el tren en el que he llegado esta mañana andaba demasiado despacio y, ahondado por la sensación de quietud de la llana extensión de los campos manchegos, propiciaba en mí una querencia propia del pasado, tiempo inexistente por la opacidad de los años, por el encallecimiento de las emociones de antaño.

El tren no deja de ser algo vetusto, pero no por ello romántico, no creas que son como los de antes cuya madera rechinaba con el bambolear de las vías, éste apenas tiene división por compartimentos y ya no usa las cortinas de color sepia que se mecían creando efectos lumínicos en todos los vagones, sino que se han convertido en persianas de un color oscuro, elásticas y con pequeños puntos que apenas frenan la luz.

Pero, todo ese campo de luz intensa y quedita, esas persianas que apenas tamizaban la claridad convirtiéndola en simples partículas y la tecnología que a veces falla por ser caprichosa con el devenir de cada ser humano, no pudieron evitar que al entrar al túnel todo quedara en densa oscuridad. Apenas me quedaban unas diez páginas del libro y, sin embargo, pude concluirlo sin ver nada, acudían a mi cabeza una a una las letras que restaban, y es que Adam ya se había desdibujado lo suficiente, y terminé por diluirlo dentro de mí. Cuando el espacio recuperó la luz, momento que coincidió con la salida del prolongado túnel, yo guardé en mi morral el libro y cerré los ojos queriendo extender esa oscuridad que a lo largo de la vida me había perseguido de manera fortuita pero en cualquier caso bienvenida.

Ya he llegado a mi destino, estoy concluyendo esta carta que parece poner fin a algo que todavía no sé lo qué es. Aquí en el hotel estoy solo, me han dado una habitación en la planta dieciocho y la ventana no se puede abrir del todo. Hace calor y ni siquiera tengo la posibilidad de poner un vaso sobre la mesilla.

Siempre tuyo,


Arcadio Letanía

28 de abril de 2009

La costumbre

Ocurre durante un atardecer rugoso en el que las nubes se pliegan para acariciar el sol y proyectan unas partículas rojas que aterciopelan la cúpula que nadie pisará jamás. Había sido uno de esos días en los que Gustav, aquejado de cierto animalismo, recorrió la ciudad sin una idea premeditada de los lugares a visitar. Terminó sus paseos allí mismo, sentado sobre un cerro, ajeno al hedor de la tierra que grita agua, donde se da cuenta de que el cielo apenas es un sustrato lejano, paralelo al suelo para evitar cualquier contagio. Con seguridad, cuando el ambiente incorpore la noche a su forma de entender, Gustav volverá a su casa aquejado de una alergia campestre que le provocará asma, respirará por la boca emitiendo un pitido inaudible para el resto pero resonante para sí como si se tratase de los últimos hálitos de vida. Se acostará, y mirando al techo de su casa desquebrajado con una línea irregular que lo divide en dos, abrirá el primer cajón de la mesilla, jugará con el frío gatillo de la pistola y afianzará en sus manos el inhalador. Dos tomas serán suficientes para calmar el ansia provocada por la falta de oxígeno en el cerebro. Dormirá, no sin cierto nerviosismo, pendiente de un eventual timbrazo que le pueda partir la noche. Gustav hacía tiempo que no mataba y esta vez sintió como si estuviera perdiendo la costumbre.


*Imagen: "Hombre con perro", Francis Bacon. 1953

23 de abril de 2009

Iluminación inteligente

Verde, es el camino en donde juegan los niños antes de que un coche borre su rastro.

Rojo, sus labios sepultados en mi piel sin muda posible.

Naranja, es el amargor disfrazado de dulzura.

Violácea, la penumbra en la que construimos nuestros secretos inconfesables.

Blanco, el espacio que reduce nuestros cuerpos.

Amarillo, es un taxi que recorre la ciudad sin encontrar clientes.


¿Cuál es nuestra figura dentro de la ruleta?

13 de abril de 2009

Matías


Encogido en la humildad que otorga el silencio más profundo, Matías baja a la huerta a primera hora de la mañana a recoger los frutos de sus crecientes madrugadas. Ahora lo hace con una nueva cesta de mimbre que Sofía, la repostera de la calle principal de su aldea, le regaló por ser un cliente “nada molesto”. Matías simplemente espera durante todo el año la temporada de la vendimia, la que le lleva a viajar a Francia, por pura inercia, a bañarse con la suave brisa de la costa azul que a veces quiebra un ligero olor a resaca de lavanda, allí se desliza con suavidad entre todas las vides que alzan sus brazos cargados de frutos que, con su redondez, piden ser aplastados, pisoteados, hechos jugo, para la alegría de sus iguales. Sí, aguarda solo ese momento en una pequeña aldea que tuve el privilegio de visitar hace ya muchos años.



Matías dijo alguna vez pero nunca nadie oyó, se quedó sin marco para expresarse y su escucha quedó hueca, dirigida al vacío más profundo de la existencia, la que recorre como un ruido incómodo la corteza de nuestra tierra.


3 de abril de 2009

El sentido del reflejo


“El hombre vive y no se ve”
Luigi Pirandello



Somos manchas tristes cuya turbación nos impide reconocernos; pero el problema real llega cuando Miguel, nuestro protagonista de hoy, hace de su estado natural la turbación, no la reconoce como algo relevante de su vida ni siquiera se detiene en su deambular de casa en casa (vende seguros para más datos); las fuentes de su ciudad, último reducto de una época de pugnas aristocráticas (de pudientes que basan su estatus en las apariencias, sin pudor), reposan cristalinas y apagadas de cualquier otro influjo que ocasione una ruptura. Ellas así mismo sienten (y esto sólo es achacable al descenso de la reflexión humana en cuanto a las percepciones, según las últimas estadísticas) la presencia de un alma transparente en su fugaz paso, pero no se mudan y permanecen en sus respectivas esquinas, con el mármol expuesto a la caricia del viandante. Miguel, sin embargo, no tiene más remedio que mirar al suelo en su caminar nervioso, algunos clientes me han confesado que conoce exactamente el número de pasos que distan de un cerco a otro, pero sin embargo Miguel tiene que comprobarlo todos los días (también sabe el número de adoquines que puede abarcar en cada zancada, aunque a veces está demasiado cansado).


Suele llegar a casa cerca de las nueve de la noche, algunas veces se entretiene en el bar de abajo, donde la mesa de la esquina parece llevar su nombre inscrito en letras melancólicas, aunque reposan ocultas bajo el salero; después, sube a casa, deja su maletín sobre la mesa del comedor, se desnuda y entra en el cuarto anejo a la cocina (lo que todo el mundo denominaría alacena), es un cuarto vacío, de escaso volumen pero inquietante frialdad, donde cada una de las tres paredes está forrada de un gran cristal que la recubre. Miguel se sitúa en mitad de ese espacio y sólo mira hacia la puerta, incrustada en la única pared blanca, ausente de reflejos. Allí se detiene veinte minutos, parado…


…después respira con el alivio que le produce sentir que su cuerpo se está reflejando y abandona el cuarto, apagando la luz. Normalmente a las diez de la noche se recuesta en la mesa donde ya dejara el maletín y dibuja garabatos… tal vez algún día le encontrará alguien algún sentido.



Este relato está inspirado en la imagen, cuadro del pintor expresionista abstracto Jordi Boldó, perteneciente a su serie “casas”, al que aprovecho para saludar, felicitar y homenajear humildemente su obra.

24 de marzo de 2009

Fechas

Para Araceli



Tengo una libreta verde en la que sencillamente anoto la fecha de cada día y después la fecha de mi muerte, no sé muy bien en qué lo baso, pero siempre que escribo lo hago solo. La fecha va variando con el tiempo sin ninguna regla fija, a veces la franja es muy estrecha y el vértigo llega a posarse en mis mejillas resguardándose tal vez de la guadaña; lo que sí es cierto es que cuando el campo es amplio me siento perdido en un lodazal y, apenas termino de desenterrar mis piernas, un nuevo día caricaturiza de nuevo esta libreta de fechas que en un futuro quemaré, a mi lado, en silencio, durante el crepúsculo, solo al fin.


Imagen: "La puerta del cementerio", Marc Chagall

9 de marzo de 2009

Vigilantes

Ella grita de forma desesperada a un lado del grueso muro, dice cosas inconexas pero arroja al vacío una sonoridad insana para cualquier mente que pueda permanecer anclada a un puerto gris; está de pie y golpea el muro con los puños cerrados, confundo el dolor de la impotencia física con la espiritual. Él, sin embargo, yace inmóvil al otro lado de la fría frontera, levantada por seres semejantes, en su distinción; su cuerpo dibuja una escorzada forma de camarón aunque a mi no me da ninguna pena, es más, me resulta violentamente divertido su manera de retorcerse sobre el pavimento; emite un permanente sonido de queja sostenida en agudo. Los domingos se multiplican los cánticos a uno y otro lado, pero sólo yo, incólume y con un fusil sostenido por ambas manos, paseo por la parte más alta del muro escuchando lo que a cada uno le falta.

6 de marzo de 2009

Confesiones

Si hay alguien al que detesto a grandes rasgos es a ti, que lees una y otra vez lo que escribo como si no entendieras nada de lo que te cuento y, aunque crees que no lo sé, tachas una y otra vez algunas palabras e incluso las cambias de sentido buscando de alguna forma el tuyo propio; piensas que tal vez tendrías una trama mejor para contar la información que como granitos de arena he ido recopilando a lo largo del tiempo y, cuando no es así, te dedicas a escudriñar una a una las frases para encontrar alguna incongruencia y recordarme lo mal que escribo, a veces piensas que el espacio no es verosímil para la acción o la acción para el tiempo o el tiempo para el pensamiento; me tienes harto y, si no fuera porque realmente no sé muy bien quién eres, iría asfixiándote poco a poco hasta que entendieses tus propios errores en lugar de proyectarlos en mí y ¿es que acaso no te das cuenta de que tu mirada apenas aporta alguna información a lo que escribo? Siempre has sido un ignorante, un rufián, un impostor, mentiroso…

Y con la manga limpio el vaho que mi temperamento proyecta sobre el espejo del pasillo, antes de ir a la cama, cuando ya la pluma descansa en su refugio.


*Imagen: Lago de Pátzcuaro, desde lo alto de Janitzio. 2008. Harumi Lira.

2 de marzo de 2009

¿Acechamos o asechamos?

Últimamente (esto ya denota contemporaneidad) estoy demasiado quieto en esto de la escritura, sencillamente aguardo detrás de los arbustos de cualquier parque desde primerísima hora de la mañana y espero a que algo ocurra (acechar), después agarro mi pequeña libreta verde (a este ritmo dejará paso a la negra y de un tamaño mayor) y anoto compulsivamente todos los movimientos que ocurren en el espacio vacuo que hay frente a mí. Lo hago con una ligereza asombrosa porque sencillamente observo y transcribo, después de un tiempo siento cierta enfermedad, difícilmente atribuible al medio natural que levanta, pese a mi aprecio, fuertes alergias, enturbamiento, presión y un dolor de cabeza que me obliga a recorrer de vuelta a casa las aproximadamente nueve cuadras y pensar durante el camino la nueva jornada de observación que llevaré a cabo mañana; esto lo hago coincidiendo con el atardecer porque es cuando puedo ver el sol más cerca de la tierra y pienso que es uno de los nuestros, que sólo le falta desocuparse de su función de dar luz y sentirse humano (hecho que siempre sucede de noche). Cuando llego a casa y saludo con un beso en la mejilla a mi mujer, me siento en la cómoda hamaca del cuarto de invitados (después de cerrar la puerta) a repasar las notas del día y diseminar cuáles de ellas son ficción y cuales realidad (pongo una efe mayúscula o una ere minúscula), y gasto más tiempo en pensar en las que son realidad y en cómo me desharía de ellas encontrando un final verosímil. Y antes de acostarme, temprano y diligentemente al lado de mi mujer, pienso en el artículo que leí el otro día que afirmaba de forma categórica y segura que si te quedas en el paro hay dos cosas que no debes hacer:

1. Levantarte tarde.
2. Preparar unas oposiciones.

Así que a medida que pasan los días pienso, detrás de mi arbusto, si amarrando un billete de veinte euros a un banco entretendré lo suficiente al primer iluso que pase como para asestarle un golpe mortal en la nuca (asechar).

19 de febrero de 2009

Ciego de lectura

No estoy preparado para hacer un análisis de mí. Tampoco te pido, querido lector, que lo hagas tú, simplemente ponte cómodo y, eso sí, sólo solicito tu ayuda en la comprensión de esta técnica ancestral que te obliga a ir guiñando poco a poco los ojos conforme avances en el cuento. No veo que lo estés haciendo querido amigo y siempre he presumido de los pocos que han podido leer el libro vacío. Venga, no hagas pereza, hazlo… ve cerrando los ojos cada vez un poquito más, pensando en lo que te gustaría leer ahora, así, hasta que las letras se vayan solapando y llegue un momento en el que no veas nada. Ahora dime ¿es blanco o negro lo que crees ver detrás de todo el texto?

 
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