Poco antes había puesto la palma de mi mano sobre la pared y las líneas que predicen muerte y recorridos vitales hirvieron ante el estímulo. Luego me senté frente a la mesa del salón, baja y carcomida por ácidos que invitan a placeres olfativos, y sobre uno de los cercos puse mi vaso transparente, casi desbordado por la presión que ejercía sobre el líquido un hielo en forma de serrucho cuyos dientes afilados parecían cortar la imagen en dos. No pude sino fijar la mirada en el hielo y allí me perdí en el leve degradar de sus paredes. Lo último que percibí fueron los cristales de mis lentes, reflejados en el espejo que flotaba cuando apenas ocupaba un espacio mínimo sobre la superficie y el agua seguía luchando con los bordes, barreras impuestas por lo material. Luego me alcanzó la ceguera y sólo pude sentir cómo se desbordaba el agua cuando el último grano sólido se integraba en el fluido cuyo objetivo último era estar dentro de mí y luego salir ardiendo."y siendo ciego me alumbró y adestró en la carrera de vivir" ("La vida de Lazarillo de Tormes", Anónimo).
