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2 de noviembre de 2008

Una cúpula para la memoria


Supongo que no es tema de sonrisas para unos aunque otros sí dormirán aliviados de que un símbolo de la represión franquista se encuentre ya en estado avanzado de demolición, ya casi cuando todos los sentimientos y gritos ahogados que contenían sus gruesos ladrillos, que con moral carga fueron transportados por ancestros, sueltan una especie de tufo avocado a la putrefacción, a la descomposición más olvidada sobre unos terrenos que un día llamaron vertedero o a esperar que otros cascotes de casas más viejas los sepulten para siempre. Una cúpula, la de Carabanchel, que representaba a todos y a cada uno de los cinco brazos que salían de ella, a homosexuales, rojos, transgresores, artistas, pensadores, algún que otro maleante confuso pero sobre todo al brazo de la memoria que, pese a los sótanos y las cámaras cerradas con doble o triple seguridad, atraviesa cualquier impedimento para sustentar una cúpula que aglutina las máscaras de pavor del torturado y la de los torturadores como si fueran una de aquéllas dobles que se empleaban en el teatro romano y que obligaban al actor a retorcerse para ofrecer a los espectadores la adecuada. Una petición, mantenerse en pie como símbolo de nuestra herida, cicatrizando el cielo que un día fue de todos, aunque alrededor de ella surgieran nuevas edificaciones frías y residenciales que la minimalizarán; una cúpula bajo la cual recordar las añoranzas de quienes por allí pasaron; una cúpula sin brazos, sólo para mirarla en su vacío y pensar, pensar, pensar sin utilizar la fuerza. Hoy está destruida y nosotros cerramos en falso un nuevo canal de nuestra historia, un símbola más sobre el que intentar entendernos, sepultamos con sus piedras ya minúsculas los terrenos donde aún yace la imperecedera putrefacción ósea con el gesto de horror al saber que no tendría nada más que decir.
Hoy muere una cúpula blanca, ahogada bajo los colores de otra cúpula que nace, la de Ginebra, con la intención de iluminar un mundo de ideas para la paz; una cúpula que, conociendo a Barceló, estoy seguro que dejará pequeños y recónditos espacios en blanco, apenas salpicados, como vías de escape a la memoria de un pasado que nos pertenece a todos, por más empeño que tengamos en olvidar, derrumbando.

 
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