3 de abril de 2009

El sentido del reflejo


“El hombre vive y no se ve”
Luigi Pirandello



Somos manchas tristes cuya turbación nos impide reconocernos; pero el problema real llega cuando Miguel, nuestro protagonista de hoy, hace de su estado natural la turbación, no la reconoce como algo relevante de su vida ni siquiera se detiene en su deambular de casa en casa (vende seguros para más datos); las fuentes de su ciudad, último reducto de una época de pugnas aristocráticas (de pudientes que basan su estatus en las apariencias, sin pudor), reposan cristalinas y apagadas de cualquier otro influjo que ocasione una ruptura. Ellas así mismo sienten (y esto sólo es achacable al descenso de la reflexión humana en cuanto a las percepciones, según las últimas estadísticas) la presencia de un alma transparente en su fugaz paso, pero no se mudan y permanecen en sus respectivas esquinas, con el mármol expuesto a la caricia del viandante. Miguel, sin embargo, no tiene más remedio que mirar al suelo en su caminar nervioso, algunos clientes me han confesado que conoce exactamente el número de pasos que distan de un cerco a otro, pero sin embargo Miguel tiene que comprobarlo todos los días (también sabe el número de adoquines que puede abarcar en cada zancada, aunque a veces está demasiado cansado).


Suele llegar a casa cerca de las nueve de la noche, algunas veces se entretiene en el bar de abajo, donde la mesa de la esquina parece llevar su nombre inscrito en letras melancólicas, aunque reposan ocultas bajo el salero; después, sube a casa, deja su maletín sobre la mesa del comedor, se desnuda y entra en el cuarto anejo a la cocina (lo que todo el mundo denominaría alacena), es un cuarto vacío, de escaso volumen pero inquietante frialdad, donde cada una de las tres paredes está forrada de un gran cristal que la recubre. Miguel se sitúa en mitad de ese espacio y sólo mira hacia la puerta, incrustada en la única pared blanca, ausente de reflejos. Allí se detiene veinte minutos, parado…


…después respira con el alivio que le produce sentir que su cuerpo se está reflejando y abandona el cuarto, apagando la luz. Normalmente a las diez de la noche se recuesta en la mesa donde ya dejara el maletín y dibuja garabatos… tal vez algún día le encontrará alguien algún sentido.



Este relato está inspirado en la imagen, cuadro del pintor expresionista abstracto Jordi Boldó, perteneciente a su serie “casas”, al que aprovecho para saludar, felicitar y homenajear humildemente su obra.

4 comentarios:

Jordi Boldó dijo...

Gracias Conrado por la inesperada y efusiva dedicatoria. Siempre resulta gratificante cuando a alguien le gusta lo que hacemos.
Un fuerte abrazo desde México,
Jordi

marina dijo...

pintura y relato se entrelazan deliciosamente...

los grises...
las miradas al suelo...
a veces, ni el reflejo...

saludos..!
y gracias por tu visita :-)

Gorocca dijo...

De vez en cuando sentimos la necesidad de constatar que estamos, que somos y aún respiramos,antes de que las máquinas nos hayan absorbido por completo.Yo te felicito a ti por este gran texto, lúcido texto,enhorabuena!

Conrado Arranz dijo...

Perdón por el retraso.

Jordi, gracias a tí por la fuente; ya lo advierto, puedo no estar a la altura. Un abrazo

Marina, muchas gracias a ti por la poesía, en honorable sintonía con el sentir cotidiano.

Gorocca, seguro no merezco tus ha-lagos, gracias a ti por leerlo y darle vida con tu reflexión, eso lo hace estar de alguna forma vivo.

 
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