13 de octubre de 2008

Yannis Ritsos, dador de vida



Por fin agarré el libro de la estantería, ahora desmontada por vicisitudes domésticas que no vienen a cuento (ni a poesía). Hablo de “Sueño de un Mediodía de Verano” de Yannis Ritsos una delicia editada por el FCE en sesenta minihojas que pareces acariciar cada vez que las pasas y si algo tienen en común es el estado del corazón del lector que permanece en suspenso durante la escasa hora de degustación.

Yannis Ritsos, nació en Monemvasiá, en el Peloponeso, en 1909, y murió en Atenas, en 1990. Cabe destacar de él que escribió poesía, novela, ensayo, además de pintar, actuar y bailar. Pese a nacer en el seno de una familia de terratenientes griegos, el compromiso político con la izquierda marca la vida de Ritsos, compromiso que le lleva a sufrir deportaciones, exilio, reclusiones en campos de concentración a lo largo de muchos años.

“Sueño de un Mediodía de Verano”, constituye una llamada al despertar de la naturaleza, pero sin duda un despertar acompañado de las sensaciones que de él tenemos los seres humanos. Yannis sabe quién son los espectadores adelantados para el noble arte de percibir: los niños; y sobre ellos, los que habitan en medios rurales y son capaces de estrechar la mano al sol, encerrar grillos en sus cajas, desnudar los arbustos y bañarse en el susurrar de los ríos. Al leer los poemas me he vuelto a reencontrar con esta literatura que transcurre con una gran sonoridad lírica y en la que los sentimientos humanos se entremezclan con las vivencias de la naturaleza, y ésta asume algunas de las acciones que a priori pertenecen al ser humano, o al menos eso creemos hasta el momento. Ritsos me traslada sin resistencia a las vivencias de aquél Eremita en Grecia con el que nos hizo soñar Hölderlin. Es todo un logro conseguir que nos sintamos responsables del transcurrir natural, alejado de las grises ciudades que se construyen sobre mantos verdes. Os dejo el inicio de uno de los poemas que a mi juicio resume de mejor forma la claridad poética del autor, sus objetivos y temas:


“Anoche los niños no durmieron. Habían encerrado un montón de cigarras en la cajita de los lápices y las cigarras cantaban bajo sus almohadas una canción que los niños conocían desde siempre, pero que olvidaban al despuntar el día”


Llegados a este punto dos agradecimientos importantes, en primer lugar a la traductora de esta obra, trabajo arduo y tan poco reconocido pero necesario. Gracias a la mexicana Selma Ancira, y al Fondo de Cultura Económica por su publicación.
Y sobre todo gracias al joven poeta mexicano Emiliano Álvarez, amigo, por descubrirme con tanto cariño a Ritsos. Atrás quedó esa tarde literaria que anunció, con su brevedad, la necesidad de más.

9 de octubre de 2008

Es la guerra

(Trabajo) muy cerca del (aeródromo) de Cuatro Vientos. Hoy un (avión) que parecía, desde la lejanía, impulsado por una (mano) invisible, ha dejado, al paso por (nuestro) edificio, un horrendo (sonido) de motor fabricado hace siglos; éste se ha combinado con la máquina (taladradora) de las obras cercanas al (azul) y me ha provocado una insólita reacción: arrojarme al suelo, de la última (planta), la que siempre aplasta a todas las demás. El ruido se ha (perdido) tras las lomas del cementerio que deslumbrantes se atisban desde el vértigo, pero la máquina taladradora sigue golpeando mi oído, mucho me (temo) que nunca terminen las obras.


( )

8 de octubre de 2008

Día de perros

Como un pensamiento que te puede afrentar a cualquier hora del día, a mí normalmente me recurre por los mañanas, cada vez que coinciden dos perros y se reconocen de la misma especie, se ladran, se miran hasta perderse definitivamente de vista, se huelen, algunos voltean indiferentes pero sabiendo que el otro se encuentra aún cerca.
No sé por qué nos cuesta tanto a los humanos reconocernos.

6 de octubre de 2008

Los vecinos de arriba son fantasmas ( I )

La verdad es que no conozco las razones por las cuales contarlo pero supongo que como todas, tendrá un trasfondo inconsciente de necesidad.

Este post será sólo para contar el origen de esta percepción ya incrustada en el mundo de las ideas (aunque no lo parezca, el nuestro). Todos los días, entre las 23h y las 0h, sin pasar un minuto ni por exceso ni por defecto escuchamos, encima de nosotros y a veces con gran sonoridad, un arrastrar enérgico de muebles e incluso de herramientas metálicas (en ocasiones podemos disfrutar también de una serie de pasitos que nos hace deducir que son dos personas los vecinos de arriba).

Esta situación sería aparentemente normal si no fuera porque vivimos en un tercero de un humilde bloque con tres pisos. Sería normal si no fuera porque repercute de la misma manera y violencia en los techos de todos los vecinos, desde la del bajo hasta el tercero, pasando por la incredulidad de los del primero. Y sería normal si no fuera porque se ha convertido en una rutina cotidiana que inquieta a algunos vecinos a juzgar por el silencio con el que prefieren abordar la cuestión.

Primero fue la detección de la situación y puesta en común. Hace unos tres años lo quisimos comentar en una reunión de vecinos. Hasta ese momento, eran siempre los vecinos del tercero (y para mí los del "cuarto") los que arrastraban una pesada cama metálica de uno a otro extremo de la habitación, entre las once y las doce de la noche, previsiblemente para hacer más funcional el espacio. A veces esa cama no quedaba a gusto de los arrastrantes y repercutía en ligeros movimientos posteriores que me imagino congratulaban a sus moradores. Los vecinos, en un acto de generosidad forzada, nos confesaron que siempre creían que era una pauta habitual familiar (antes que yo, vivieron mis tías-abuelas), ya que lo llevaban escuchando desde hace muchos años y cuando nosotros llegamos, el arrastre continuó diariamente. Supongo que, muy al contrario de las pautas jurídicas, en las relaciones convecinales prima la presunta culpabilidad del otro, sobre el que recae el peso de las penas sociales en un recinto cuyas escrituras suelen atribuir al espacio común.

Observaba yo una conducta entre extraña y escéptica por parte de mis vecinos. La reunión en la que planteamos dicha cuestión (para mí novedosa) se realizó en nuestra propia casa y los vecinos miraban fijamente a la puerta de nuestra habitación, especialmente cuando se entreabría sola (las puertas de nuestra casa no cierran bien y cualquier corriente de aire pequeña suele provocar el efecto). De allí, al parecer surgían los ruidos y querían saber qué guardábamos. Esa reunión fue conflictiva por el gran número de cuestiones que se tenían que tratar (entre ellas la consiguiente). Comenzó tarde y acabó mucho peor: con los ruidos de mis vecinos de arriba. Todos guardaron un prolongado silencio el tiempo que duró el arrastre. Y después añadí: "de esto quería hablar también". Sin lugar a duda, era la primera vez en cuarenta años que les quedaba claro que los ruidos no salían exclusivamente de la habitación que pertenecía a nuestro hogar familiar sino que, como el resto, desde aquí también se escuchaba a "los de arriba" mover la cama de uno a otro lado, a veces con ensañamiento. Los vecinos hipnotizados no podían apartar su mirada de la puerta de nuestra habitación para cerciorarse de que efectivamente de allí no provenían los ruidos; mientras, al lado de la mesa donde se celebraba la reunión, tintineaban los cristales de las copas de la vitrina en la que guardábamos la vajilla menos mala y las botellas de tequila.
Se rompió aquella noche la creencia, convertida en aseveración, de que todos éramos fantasmas para nuestros vecinos de abajo.

4 de octubre de 2008

Lobos

Hoy mi mujer se ha levantado precipitadamente de madrugada. Me ha preguntado que dónde dormían los lobos. Asustado, no he sabido responder. Se ha vuelto a acostar tranquila al ver que uno le sonría a mis espaldas.

3 de octubre de 2008

La vida como la literatura

Me comenta Sergio Pitol, como lector suyo, que él es un apasionado del cuento de Chéjov, que ocupa además los primeros lugares en su estantería, tanto en la fija, como en la portátil, la que entra en una maleta de viaje.



Aprovecho aquí para recomendar la recopilación de Cuentos y Relatos de Sergio Pitol realizada por el Fondo de Cultura Económica, bajo la supervisión del propio autor, que constituye el volumen III de su obra completa. Acabo de empezar a leerlo hoy y estoy disfrutando, como si de un cuento se tratase, con el mero prólogo que constituye un diario de Pitol de unos días que pasó en un centro médico de La Habana hace poco más de cuatro años. Es ahí, recordando el trabajo de recopilación de cuentos para esta edición del FCE, cuando el maestro hace referencia a Chéjov.



Dice Pitol que el ruso comienza sus cuentos como si hubiera avanzado ya dos páginas, de tal forma que el lector se ve sorprendido por una acción que debe conocer de antemano. A partir de ese momento, la trama se va a suceder manteniendo en todo momento la tensión hasta de pronto llegar a un final, normalmente abierto, que nos va a hacer reflexionar. Dice, además, que cualquier lectura posterior de Chéjov nos va a conducir a unas conclusiones (visiones) diferentes, entiendo que por eso mismo el valor subjetivo que otorga el lector es tan importante en sus cuentos: se actualiza conforme le imprimimos nuestra experiencia personal.



A tenor del cuento, nos dice Pitol, que lo verdaderamente importante es el inicio y el final, que atrapen al lector, lo envuelvan y le inviten a colaborar en la elaboración de la historia; el relleno sólo debe cumplir la función de tensión.



De cualquier forma, el arte de contar es heterogéneo y en él confluyen múltiples visiones y experiencias, todas válidas y enriquecedoras que en cualquier caso te dan la opción de abandonar.



Todas estas ideas, tal vez algo desordenadas, me recuerdan a la propia realidad cotidiana que vivimos como iniciada en un par de páginas más adelante y sobre la que casi nunca adoptamos el papel de lector.

30 de septiembre de 2008

No siempre es así

La suposición se convirtió en amenaza cuando advertí lo que ocurría. Me sentía sumido en una oscuridad propia de un largo letargo etílico; no daba crédito a lo que mi mirada apenas podía concluir. Son las gafas. Han permanecido rayadas todo este tiempo. Me di cuenta cuando aprecié que, al tropezar, un surco recorría la lente izquierda de lado a lado.

Volvemos

Creí que al salir me encontraría dentro, pero me he dado cuento de que al regresar he salido.
Podemos decir que volvemos al Libro Vacío, después de casi un año de desaparición incierta, provocada tal vez por los recelos a las nuevas tecnologías, a la inapetencia o al alejamiento forzoso del mundo de las letras, continuamos con este Libro que aunque muestre letras está vacío, para todos. Es mi libro, el único por el que siento que es necesario trabajar.
Conrado.
PS: Y desde aquí también llamo a Ulises, tan lejos pero siempre cercano, para que se incorpore y abandone la desaparición en la que nos convertimos.

28 de noviembre de 2007

Agua

Lo hice otra vez. Me duché a oscuras. Cada vez son más las cosas que realizo sin luz. Pienso que he desarrollado una especie de sentido visionario en la oscuridad y como un autómata, sumido en la condición de hombre, me visto, desnudo, espío, camino por la casa, bebo y ahora me ducho, sin luz. Y es en esta actividad en la que he encontrado más acomodo; porque la ducha es un cúmulo de sensaciones que van apoderándose de tu cuerpo, llegando incluso a pensar que no lo puedes manejar: por ese período de tiempo no eres tú el que, a través del cerebro, controlas los movimientos.

Caen esas primeras gotas que desperezan, que sumen la piel seca e inviolable en un estado lascivo de humedad; ya unidas resbalan, recorriendo el cuerpo y generando surcos en las partes inferiores para cultivar en ellos cualquier fruto que combata la impudicia hacia nosotros mismos. Te enjabonas, pensando que serás el pasivo del sufrimiento de lo cotidiano que ayer fuiste. Pero el gel crea espuma al chocar repetidamente contra la piel, así como las olas muestran su disconformidad sobre los acantilados, vertiendo en ellos promesas de destrucción. Estás en peligro químico hasta el momento en el que el agua irrumpe de nuevo sobre la piel, aclarando cualquier duda acerca de la naturaleza.

A estas horas, no soy el único que se levanta: a través de la ventana opacada del baño, un luminoso tintineo de fluorescente me indica que hay vida más allá de mi oscuridad.

Me estoy secando, a oscuras, y es que si la limpieza decidiera, lo haría prefiriendo no ver nada.

14 de noviembre de 2007

Recibí un regalo.

Recibí un regalo sin remite. Acostumbrado al acceso sencillo de las cosas encontré complejidad al abrirlo (y ya estoy dando por hecho que accedí, cuando ni tan siquiera lo tengo claro). Tuve que pensar. Algo humano a priori, me dije. Era una caja de madera, admitía giros y distintas perspectivas. Me senté en el sofá naranja del salón, apoyé los codos sobre la mesa y mantuve en mis manos aquélla cajita verde que me recordaba a una parecida que compré en mi viaje a Budapest. La volteé, deduje que cuatro de los salientes que tenía en uno de los lados eran lo que se podría denominar patas, con lo que el enigma alcanzaba un lado animal indómito. Me imaginé viajes que podría haber hecho a lo largo de la sabana africana o en un globo atravesando Rusia en plena nevada invernal; su color también me transportaba a los fértiles valles del sur de Marruecos. Le di la vuelta de nuevo para fijarme mejor en las hendiduras. Una de ellas se retorcía para limitar el borde del espacio cubil del área en el que nos encontramos tú y yo. Alcancé a deslizar la pequeña regleta, que conmovida, me abrió espacio a un nuevo dilema ¿tirar de ella o buscar otra salida en los intersticios de la caja? Tiré de ella, porque al fin y al cabo seguir buscando se convertiría en cavar sobre mis dudas. Se desplazó la tablita y la encajé en un espacio oblongo en el lado inverso de la caja. Se liberó una placa metálica que había pasado desapercibida justo al lado de una de las patas. Una llave de dos dientes más parecida a una aguja, anclada con un hilo fino rosa, llamaba a ser encajada en su respectivo ojal, pero éste escapaba de la visión de todo ser que pudiera denominarse explorador. Cerré la placa metálica, extraje de nuevo la tablilla y mágicamente apareció allí el agujero, más negro de lo que hubiese imaginado al pensar en el vacío; estaba delante de mí y metódicamente escuchaba su llamamiento. Encajé la llave y uno de los lados de la caja se abrió. Posé las cuatro patas sobre la mesa del salón, terminé de abrir la tapa y surgió aquél pequeño diploma enrollado con hilo dorado. Lo abrí y recordé que era el mismo que un día un pajarito sacó de una jaula en la plaza principal de Coyoacán, nunca lo entendí más allá del espectáculo y por eso perdí el interés en el mismo. Decía:

“Tu vida dará vueltas como manejada por fuerzas sobrenaturales que no podrán hallar en ti más intersticios que los que tu quieras mostrar. El tiempo en tu existencia pasará deprisa”.

5 de noviembre de 2007

Ser víctima de un mosquitocidio.

Las noches a veces son aliadas; de lo austero en los sueños, del fragor de los calentamientos, de la lectura interminable o escritura organizada o desestructurada en cuanto a las ideas. Las noches son poéticas porque minimizan los pensamientos más materialistas para profundizar en las sensaciones más espirituales. El rendimiento de una noche es incontestable ya estés dormido o despierto junto a tu ser amado.

Pero esta última noche, mi creación difusa sucumbió al escarnio de un ser tan incansable en sus objetivos como inerte en sus consecuencias. Comencé la noche, soñando en la animación de los libros que tenía Cortázar en su casa; bailaban apegados a mi cintura en un son que recordaba tal vez a la entrañable melodía que Roth escuchaba mientras dormía sus largas borracheras en París, muy cerca de la casa que después sería del propio Julio. Un zumbido sibilino, muy cercano a la oreja izquierda, empleaba los tonos de la escala musical, sacándome poco a poco del valioso sueño literario, numerosas veces anhelado. Un jadeo lo alejó, pero en ese momento me di cuenta de que tenía la mano derecha dormida, ya me había dejado su huella, la única que tienen los mosquitos: la tersa colina en llamas.

Sentí que un libro golpeaba mi cabeza, con extraordinaria levedad, mas bien podría decir que se trataba de una caricia bibliográfica (ya que en caso de dureza se denominaría bibliófila y de extremada dureza, bibliofóbica). El golpe me metía de lleno en un paisaje abisal, nadaba dentro de una burbuja sumido en la oscuridad y encontraba en mi camino peces que expulsaban burbujas con versos aislados que buscaban la libertad reptando hacia la claridad de la superficie; un “bloup” marcaba el ritmo de los versos. Pronto reconocí uno de Sabines pero vino acompañado de un zumbido que comenzaba a ser familiar y que, más allá de enriquecer el sueño, lo desvirtuaba hasta hacerlo desaparecer, difuminado en la oscuridad propia en la que mi cuarto se balancea en la madrugada.

Intenté localizar tan infame ser que osaba desvirtuar mi imaginación negada tantos años al inconsciente. Luché por dar cuenta y acallar sus hélices para siempre so pena de que el intento pudiera terminar con mi ego herido. Lucha vana la del soldado cansado de ir en búsqueda de aventuras en las profundidades inexploradas del contorno de la conciencia. Caí rendido y hastiado de pedir clemencia en mi infortunio.

Amanecí con dos picaduras reconocibles en uno y otro lado del anillo de compromiso. Me lo avisó toda la noche.

24 de octubre de 2007

¿Literatura o Realidad? ¿Ficción o Asombro?

Si les contara que en un domicilio de la capital, lugar tal vez olvidado por agoreros gobernantes, poblado de chabolas de cuatro pisos, han encontrado a un hombre con un severo golpe (y oportuna apertura craneal), en su domicilio. Si les dijera también que, en pleno siglo veintiuno (en el que puedes morir cibernéticamente) dicho individuo ha sido hallado con hachazos en la cabeza. Y un dato más: la escena creen que sucedió durante la noche y la policía, pese a descubrirlo, tuvo que esperar a la mañana siguiente porque el ciudadano, tal vez sumido en un plan quinquenal provocado por el pago cada vez mayor de la hipoteca, tenía cortada la luz. Sí, ya sé que hay linternas, pero háganse ustedes policías.

Destacan en el informe del ciudadano su nacionalidad española, para posteriormente resaltar su nombre y apellidos: Carlos García González. O invirtiendo ambos, que para el caso es lo mismo. Y esta es la nota que más nos acerca a la realidad. La nota que hace despertar las suspicacias de los aguerridos lectores de noticias fáciles y masticadas. Algunos dicen que lo de “nacionalidad española” es porque se trata de un inmigrante nacionalizado porque sino no lo dirían; otro dice directamente que el periodista miente y que es una de esas casas donde viven tres o cuatro familias de extranjeros; alguno más brillante dice que no, que el asesino es el extranjero y que a los pobres españoles nos están trayendo la muerte (el señor tenía once delitos contra la propiedad).

En fin, recuerdo por si acaso lo sucedido: un hombre ha sido encontrado muerto a causa de nueve hachazos en la cabeza.

Os prometo que no me ocurre lo que a aquel personaje de Almodóvar en “La Mala Educación”, que recurría a los periódicos en busca de sucesos que suplantaran su creatividad literaria herida. O a lo mejor sí.

18 de octubre de 2007

El Recorte.

Vivía (en toda la extensión de la palabra) en una especie de cuarto, de unos quince metros cuadrados, bajo sin puerta de un modesto edificio de un barrio de Madrid. En él, se le desvanecía la vida, a veces con pausas marcadas por una copita de anís; pero en un bar cercano, no crean, ya que sus limitaciones apenas le permitían desplazarse con cierta celeridad para volver al trabajo. Su profesión se había convertido en el tiempo y cualquier espacio diferente constituía un avance. Cosía porque opinaba, ya desde la infancia, que el mundo tenía suficientes heridas; pronto se le quedó grande la empresa y escuchó en sus clases de Filosofía el sentido del materialismo. La espiritualidad la perdió el día que entendió que los hombres no se enfrentaban desnudos a la Historia y entonces puso todo el empeño en que, al menos, pudieran hacerlo con vestidos que se ajustaran a sus cuerpos; era lo que él llamaba justicia.

Comenzó a acumular cientos de ropajes por todos los rincones de la sala. Las prendas incluso parecían saltar para agarrarse con firmeza a las paredes y conseguían amontonarse, quizá para dar la sensación de eternidad en el trabajo o de utopía, porque no todos lo interpretamos igual. Con el paso de los años el lugar alcanzó a identificarse con la melancolía y aquél costurero de barrio, que lucía en sus paseos al bar una acuciante cojera de la pierna izquierda, contestaba con un “quién sabe” cuando le preguntaban por las indumentarias que un día recibiera y analizara de forma prolija.


Aquélla mañana de octubre, la música a la que nos tenía acostumbrados quedó enganchada en un tango de Gardel. Fuimos varios los vecinos que nos asomamos a su ventana para ver, tras el dibujo violento de las rejas, el cuerpo apacible de sastre, tendido en el suelo, con innumerables brechas abiertas. “Él, que lo cosía todo”, dijo la camarera del bar.

10 de octubre de 2007

Enrique Urdieta, el desequilibrado.

Es lo primero que el señor Vicent dijo de él cuando coincidió en la jornada de interpretación de sueños: “está desequilibrado”. Razones no le faltaban, puesto que al presentarse, Urdieta dijo que no había soñado nunca. Todos le miraron como pidiendo una explicación. “Simplemente me preparo para ello”, añadió el septuagenario. A su lado, el señor Vicent narraba con pasión los sucesos de la noche anterior, unos niños botando pelotas con ambas manos, unas niñas saltando a la comba, avanzan por un bulevar de un ancho infinito, sin aceras ni farolas, sin mobiliario urbano que impida un progreso rápido. Después tomó la palabra Karina que, con sentimiento itinerante, dedicó la primera parte de su explicación a observar la mirada de sus compañeros y dijo: “mojé la almohada, de lágrimas, al ver como un señor con gabardina gris apuñalaba a un policía que reprendía a un niño en mitad de la calle. El policía era joven, muy joven, gritaba y no sabía cómo reaccionar; ya en el suelo echó la mano a la pistola, pero no tuvo fuerza para sacarla, murió sumido en los murmullos de los peatones y el llanto de la vendedora de periódicos que le quería como si de un hijo se tratara”.

Hoy recibo cartas casi a diario de Enrique Urdieta que me cuenta desde la cárcel sus sueños después de que, tras la milagrosa jornada de interpretación, matara a un policía en pleno Paseo de la Reforma, el Día Internacional del Niño.

2 de octubre de 2007

Amor a nada

I

Siente el vástago, poeta
siervo de las sensaciones
amante de la inmundicia
dispersa por el mundo arcaico
cansado ya de su aliento
vaho de las desilusiones.

Amasa las realidades
vacías ya de palabras,
imponiendo en toda esfera
la escoba de las gargantas y
espera la noche oscura
para demostrar tu amor, a nada.

II

A nada contra la corriente
innata de tu creencia
que pesa sobre los humanos
como acero de la guadaña,
creando profundas cicatrices
en el Ser de tu mirada.

Desdeña tu pasado oscuro,
creando un futuro de tablas
que crepiten a nuestros pasos
como fuego eterno en el alba.
Me desnudo ante tu imagen
y me lanzo contra las olas, a nada

a nada

a nada.

29 de septiembre de 2007

La vida es un milagro

Soñaba con ser alguien importante. Escribir tesis doctorales sobre la Verdad. Tener seguidores sea cual fuere el lugar que visitara. Ordenar, consiguiendo el respeto de sus fieles empleados, aunque estos fueran públicos y no tuvieran nada que ver con él. Mantener una moral incorrupta sin renunciar a su concepción del “carpe diem”, hoy tan explotada en el sentido mundano y arrinconada en el plano sexual. Perdón, aunque mejor se lo pedirá personalmente a la Consejera, la conoce. Yo también: Ser al que tenemos que agradecer la virtud de poder servirle… en la tierra, porque después ya se encargará de devolver los servicios a-dios.

Conocía todo lo que podías llegar a conocer y si tú también tenías alguna idea: él más. Y cree que agotar todos los espacios para almacenar sabiduría no trae consecuencias en la capacidad de razonar. Ni hablemos de los sentimientos porque a lo mejor desembocarían en masturbaciones… y entramos de lleno en el pecado o cuanto menos desperdiciamos flujo creador, lo que algunos un poco más llanos llamarán: polvo mágico. Al final todo es una cuestión de términos que entraña un gusto por la distinción de clases. Luchemos.

Realizaba o realizó los mejores trabajos. En la luz o en la sombra. Asesor de los desinformados; promotor de vehículos a pedales; conferenciante multimillonario; accionista de v(V)alores pasivos; doctor… de los enfermos; diletante en campo yerto; analista sin muestras de sangre.

Murió su princesa japonesa. Todos vemos la realidad.

Oremus.

28 de septiembre de 2007

El blog funciona

1. Me hace reflexionar y comprometerme a escribir.
2. Tras el escrito anterior he recibido algunos mensajes, a móvil y al correo electrónico, de personas con las que hace tiempo no tenía contacto. Me escriben cosas así:

- “Te quiero”.
- “Aunque hace mucho que no hablamos” (realidad), “mucho ánimo” (ficción).
- “Enhorabuena por tu blog y ánimo en la vida”.

Seguiré con el blog, esperando también las poesías de Ulises, al cual animo: nunca recibir cariño fue tan fácil.

24 de septiembre de 2007

¿Dormir para siempre o suicidarse?

“es realmente posible

una secreción orgánica

de nuestro yo corporal” (Deleuze).


Que nadie se asuste. No se me pasa por la cabeza ninguna de las dos posibilidades. O tal vez sí (llamada de atención infantil). El caso es que ando sensible con este tema y para colmo, tras decenas de vueltas en círculo por mi habitación de los libros, he vuelto a las manos de Stefan Zweig, “La curación por el espíritu”, un repaso por la biografía de los tres personajes más influyentes de la psicología moderna.

Estamos todos de acuerdo, con perdón de la benevolente o bienaventurada Iglesia, con que hay momentos en la vida en los que pensamos no volver a pensar; y esto, otrora de métodos de inutilidad cotidiana, se puede hacer de dos formas: suicidarte o quedarte dormido para siempre. Yo sólo he pensado en esta última posibilidad ya que el suicidio está muy desgastado y cada vez más nos olvidamos de su lado romántico. Pensemos en todas aquellas personas que han vivido, pensando en la mejor forma para dejar de hacerlo. Paradójico, ¿verdad?

Por eso, en estos días de “romanticismo de-el-corte-inglés” apostaré por la segunda fórmula posible, y pensaré cómo llevarla a cabo. Tengo ya un acercamiento a través de la “auto-hipnosis” puesto que si un yo consciente puede hipnotizar a otro para que le sean reveladas verdades de su pasado o de su yo inconsciente, para posteriormente ser despertados por ese mismo sujeto, quiere decir que si conseguimos “auto-hipnotizarnos” no tendremos otro yo consciente al que obedecer y de esta forma nos serán reveladas las verdades de nuestro inconsciente a la par de imposibilitarnos para despertar de nuestra ensoñación, consiguiendo de esta forma la tan anhelada adormidera.

Lo malo es que después piensas en tu cuerpo inanimado encima de la cama, con el alma encerrada dentro, impidiendo su putrefacción.

Todo esto es confuso, así que esta tarde, tal y como tenía planeado, iré a firmar mi voluntad de incineración, que no quiero nunca estorbar al mundo. Es un primer paso.

19 de septiembre de 2007

Los libros.

(…a Elena, con cariño).


Hace ya unos días me asustó una conversación con una compañera. “Yo es que no podría leer eso”, me dijo mientras miraba de reojo la novela “2666” de Bolaño que tenía bajo el brazo. ¿Por qué no podrías? (siempre intento no pensar mal a la primera). “Estoy esperando que avance la ciencia”.

Como podéis imaginar, mi cara de estupefacción le animó a seguir hablando. “El otro día ya presentaron una primera prueba de los libros digitales; esos que son como una pantalla fina, ligera que van reflejando las páginas de los libros (las letras claro, no las páginas). La conectas al ordenador, te lo bajas de Internet (se supone que pagando antes al editor con la esperanza de que algo le llegue al autor… eso espero) y después tan solo cargas con tu libro digital”.

No me podía creer que eso fuera a existir. “¿No es así la música ahora?”. Yo le dije que no; que no es lo mismo la música que los libros; un disco, un cd, un cassette, un archivo Mp3, lo alojas en un reproductor y te olvidas de él, tan solo los vinilos te hacen recordar que lo son cuando de forma permanente hacen un ligero chasquido. Pero los libros… mantienen el roce físico constante con el ser humano que disfruta de ellos, acogen las lágrimas del lector en sus páginas, conservan las arrugas causadas por el avanzar de una aventura, por las dificultades de la vida. Los libros son un eco de tu existencia: se contagian de tu olor, del color que te rodea, de la quietud del tiempo, de la inquietud del lector.

Después, como a un niño al que le arrebatan los caramelos con violencia, pensé en mi ritual del libro nuevo: acostarme, sentir el libro recién adquirido en mis manos, agitar sus hojas para olerlo bien, leer el primer capítulo o las primeras estrofas bajo la luz de la lámpara de la mesilla que se empeña en no llegar a todos los rincones, mientras… sentir el tacto del papel como si alguien acariciara mis yemas; hay un momento en el que incluso afirmo que puede estar vivo. ¿Quién iba a poder generar todas esas sensaciones?

Pienso luego en ese aparato: una hoja retro-iluminada en la que leer sin tener que pasar página, una hoja sin dedicatoria posible, sin erratas de imprenta, con el único olor de algo nuevo y el sonido permanente de que está encendido. También imagino mi humilde biblioteca vacía y creo a primera vista que sería un reflejo de mi mismo.

En definitiva, este blog nace con la certeza de que la literatura y la ciencia pueden convivir sin agredirse y que, en cualquier caso, los límites los marcamos los humanos… al igual que las fronteras. “El Libro Vacío” es aquél que no tiene nada escrito, pero existe y nos está esperando.

 
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