28 de noviembre de 2008

De cristal

Se escuchó un ruido ensordecedor y, al acudir a la cocina, vio como Mercedes se había roto en miles de diminutos pedazos que ahora se esparcían a lo largo y ancho del monocromático suelo. Tras la sorpresa y la difícil reacción posterior, se arrodilló y comenzó a recoger los cristales de un tamaño mayor, dominados tal vez por la transparencia. En su incredulidad, anticipada ya por algún sueño corrosivo que nunca tenía final, flotaba una pregunta ¿por qué cuando se rompe algo frágil hay más segmentos que los que se suponen recompuestos? Pensó que tal vez podría reconstruir dos mujeres en su caso. El cepillo arrastró el resto hacia el recogedor, y con un escorzo lo envió a la basura, ni tan siquiera de reciclaje.

Cada mañana Sergio encuentra un diminuto residuo opaco, tras absorber la luz de la luna, en el epicentro de la cocina. ¿Desaparece alguna vez el cristal de un vaso roto?


2 comentarios:

el pasado que me espera dijo...

Me ha encantado eso de que haya más trozos de algo que se ha roto a la hora de recomponer. Muy buena metáfora.¿ Qué hace uno con lo que sobra?

Conrado Arranz dijo...

Te invito a que me lo cuentes con uno de tus microcuentos en los que el final es sorprendente; yo pienso que esos trozos que sobran son los que verdaderamente componen lo que somos y que al final, por una cosa u otra, siempre quedan apartados.

 
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