(…a Elena, con cariño).
Hace ya unos días me asustó una conversación con una compañera. “Yo es que no podría leer eso”, me dijo mientras miraba de reojo la novela “2666” de Bolaño que tenía bajo el brazo. ¿Por qué no podrías? (siempre intento no pensar mal a la primera). “Estoy esperando que avance la ciencia”.
Como p

odéis imaginar, mi cara de estupefacción le animó a seguir hablando. “El otro día ya presentaron una primera prueba de los libros digitales; esos que son como una pantalla fina, ligera que van reflejando las páginas de los libros (las letras claro, no las páginas). La conectas al ordenador, te lo bajas de Internet (se supone que pagando antes al editor con la esperanza de que algo le llegue al autor… eso espero) y después tan solo cargas con tu libro digital”.
No me podía creer que eso fuera a existir. “¿No es así la música ahora?”. Yo le dije que no; que no es lo mismo la música que los libros; un disco, un cd, un cassette, un archivo Mp3, lo alojas en un reproductor y te olvidas de él, tan solo los vinilos te hacen recordar que lo son cuando de forma permanente hacen un ligero chasquido. Pero los libros… mantienen el roce físico constante con el ser humano que disfruta de ellos, acogen las lágrimas del lector en sus páginas, conservan las arrugas causadas por el avanzar de una aventura, por las dificultades de la vida. Los libros son un eco de tu existencia: se contagian de tu olor, del color que te rodea, de la quietud del tiempo, de la inquietud del lector.
Después, como a un niño al que le arrebatan los caramelos con violencia, pensé en mi ritual del libro nuevo: acostarme, sentir el libro recién adquirido en mis manos, agitar sus hojas para olerlo bien, leer el primer capítulo o las primeras estrofas bajo la luz de la lámpara de la mesilla que se empeña en no llegar a todos los rincones, mientras… sentir el tacto del papel como si alguien acariciara mis yemas; hay un momento en el que incluso afirmo que puede estar vivo. ¿Quién iba a poder generar todas esas sensaciones?
Pienso luego en ese aparato: una hoja retro-iluminada en la que leer sin tener que pasar página, una hoja sin dedicatoria posible, sin erratas de imprenta, con el único olor de algo nuevo y el sonido permanente de que está encendido. También imagino mi humilde biblioteca vacía y creo a primera vista que sería un reflejo de mi mismo.
En definitiva, este blog nace con la certeza de que la literatura y la ciencia pueden convivir sin agredirse y que, en cualquier caso, los límites los marcamos los humanos… al igual que las fronteras. “El Libro Vacío” es aquél que no tiene nada escrito, pero existe y nos está esperando.