30 de marzo de 2009

Confort

Y qué hay de cierto en la sensación, a veces monótona, que tienen las apariencias de mostrarnos como sujetos pasivos de recepción de las palabras que los otros expulsan. De esta misma forma la gente afila su idiosincrasia para lanzarla, en forma de lenguaje, contra un universo cuyos receptores (ora yo ora otros) hacemos nuestro, un universo lleno de cualidades que se han ido conformando bajo los influjos mágicos de la Naturaleza y confirmando bajo la atenta mirada de los estúpidos seres de palabra que, tal vez por esnobismo, egocentrismo o simplemente por inconsciente infantil, parapetamos en subterfugios semejantes a compartimentos estanco que también denominamos “diccionario” y que antaño fueran páginas en blanco, evocadoras tal vez de una virginidad necesaria en el paraíso de la literariedad.

Y todo lo anterior no deja de ser sino un entramado de nombramientos ambiguos y asociales que de alguna forma vienen provocados por la sensación de que algunos días soy blanco de las evocaciones poéticas del inconsciente mundano que circula frente a mí. Así, la semana pasada, durante todos los días, al terminar de cruzar el último paso de cebra que da acceso a mi trabajo, una mujer que dirigía un cochecito con un bebé, esperaba mi presencia para mirarme a los ojos y decir cosas como: “siempre tengo que estar pendiente de ti” o “te dije que tuvieras cuidado, ¿recuerdas?” o “ya vas allí, a cavar tu tumba”. Esos días regreso a casa con una cierta angustia existencial y, asaltado en el camino por millones de palabras que no se dejan escribir (ni siquiera en la libreta verde), acudo a mi ordenador que se debate en la negación sombría de escribir la palabra “yo”, y entonces sencillamente me siento a leer lo que otros escriben.


Desde aquí, desde este medio público de anonimato, y refugiado en mi más absurda negación e ignorancia, que la mayor parte de las veces me hace guardar silencio, pregunto, ¿conformamos las palabras o son ellas las que nos conforman? …y sé que lo lanzo al Universo como un arma arrojadiza, esperando tal vez nuevas personas al otro lado del paso de cebra porque la mujer con el bebé empieza ya a incomodarme.

Imagen tomada del blog “Páginas Sepia

24 de marzo de 2009

Fechas

Para Araceli



Tengo una libreta verde en la que sencillamente anoto la fecha de cada día y después la fecha de mi muerte, no sé muy bien en qué lo baso, pero siempre que escribo lo hago solo. La fecha va variando con el tiempo sin ninguna regla fija, a veces la franja es muy estrecha y el vértigo llega a posarse en mis mejillas resguardándose tal vez de la guadaña; lo que sí es cierto es que cuando el campo es amplio me siento perdido en un lodazal y, apenas termino de desenterrar mis piernas, un nuevo día caricaturiza de nuevo esta libreta de fechas que en un futuro quemaré, a mi lado, en silencio, durante el crepúsculo, solo al fin.


Imagen: "La puerta del cementerio", Marc Chagall

19 de marzo de 2009

Somos una comedia trágica

Cuando aquel hombre algo desaliñado pasó junto a nosotros, nunca imaginé que se agacharía para recoger un anillo dorado que al parecer se nos había caído. Yo le dije que enhorabuena, que no era nuestro y que el dueño de estos objetos perdidos y fungibles era el aventurero que los encontraba, le di incluso una palmadita en la espalda mientras seguía observando la torre Eiffel desde los Campos de Marte, pensando en si los españoles que atracaron en América pensarían lo mismo, me dio terror. Había visto algunos como él, al parecer gentes del centro de Europa, sin oficio conocido y que se pasaban largas jornadas persiguiendo turistas por las calles de la ciudad con una mano tendida su palma al cielo y con la otra al suelo, intentando introducirse en la mochila de algún despistado. “Monsieur”, escuché a mi espalda y el mismo aventurero se esforzaba en hacerme señas de demostración de la dificultad de encajar su dedo en el anillo (medía aproximadamente dos metros) y que me lo regalaba para mi mujer, al parecer era de oro. “Bueno, gracias”, reconozco que en ese momento la situación me empezaba a incomodar de alguna forma y escapaba del idilio de disfrutar la urbe alejado del resto de condición humana. Pero “Monsieur”, y me dijo que necesitaba comer y mi caridad le ayudaría, más si cabe cuando su benevolencia había quedado probada. Yo sólo lo miraba a los ojos y a través de ellos veía pasar imágenes que no estaban sucediendo en ese momento, la tragedia de encontrarme con personajes que entonaban melodías sobre los tejados y cortejos que discurrían sobre estrechas calles empedradas opacaban mi seriedad y frialdad a la hora de tratar cualquier asunto de permuta o fondo que entrañe negocio. Le di cinco euros, en conciencia de que ese es el precio que tiene en París un café en cualquiera de sus Bistros, pero no conforme extendió su palma de la mano hacia el cielo y siguió pidiendo, ahora la pupila había sufrido una dilatación ostensible y podía sentir cómo absorbía toda mi materia, dejando la esencia al crepitar de las hojas caídas frente a la Torre Eiffel. Estuvo así unos segundos hasta que dedujo por mi cara que no sólo había entendido el engaño, sino que además lo reforzaba; por supuesto yo en España de alguna forma también hacía lo mismo. Sufrimos una presión social, una vez considerada nuestra herencia, que nos fuerza a cometer acciones alejadas de lo que en realidad creemos ser; la picaresca al fin y al cabo siempre ha sido resultado del intelecto y huida del uso de la fuerza que la naturaleza y la ciencia confiere a algunos seres humanos. Se fue en silencio, al parecer más tarde corrió para doblar más deprisa el muro de la Escuela Militar, hacía un sol de los que llaman “de justicia” y su reflejo nos dejó ciegos por un momento, antes de volver a contemplar las cuantiosas toneladas de hierro empleadas para la construcción de una torre que Verlaine se negó a mirar.

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"Entre rejas", Conrado Arranz, marzo 2009

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Balzac también pensaba que las presiones sociales forjan a los hombres de toda una época e inició el vasto camino de una gran comedia, “La comedia humana”, en la que recopilar todas y cada una de sus novelas, escritos, artículos, estudios, que reflejaran de alguna forma un brillante mosaico de la sociedad francesa en la que cada uno de sus lectores se sintiera representado y confluido de las diferentes fuerzas que hacían dinámico al personaje, sin embargo una nota característica predominaba sobre las demás, era la que devolvía al hombre a su sencillez y arrojaba luz sobre el camino, la famosa esperanza que subyace a los hombres pesimistas, la que buscaba provocar la catarsis curativa. Bajo la robustez de su figura decimonónica, se encontraba un ser humano que luchaba de forma meticulosa por dibujar al hombre en su justa composición, sin embargo sólo un hombre pudo desnudarlo a él, y lo encontré muy cerca de los propios Campos de Marte, alguna hora más tarde del suceso contemporáneo narrado un poco más arriba, Auguste Rodin. Un paseo por su museo me devolvió la visión que en ese momento necesitaba y de alguna forma la obligación de compartirlo. Disfruten.


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"Balzac por Rodin", Conrado Arranz, marzo 2009


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Me quedan apenas dos noches y dos días para pasear por París, pero el bagaje de estos cinco días es delicioso bajo un sol inusual en la ciudad de la luz. Espero no haberos aburrido con este post con el que necesitaba saciar la necesidad de contar.

"Anochece sobre el Louvre", Conrado Arranz, marzo 2009

9 de marzo de 2009

Vigilantes

Ella grita de forma desesperada a un lado del grueso muro, dice cosas inconexas pero arroja al vacío una sonoridad insana para cualquier mente que pueda permanecer anclada a un puerto gris; está de pie y golpea el muro con los puños cerrados, confundo el dolor de la impotencia física con la espiritual. Él, sin embargo, yace inmóvil al otro lado de la fría frontera, levantada por seres semejantes, en su distinción; su cuerpo dibuja una escorzada forma de camarón aunque a mi no me da ninguna pena, es más, me resulta violentamente divertido su manera de retorcerse sobre el pavimento; emite un permanente sonido de queja sostenida en agudo. Los domingos se multiplican los cánticos a uno y otro lado, pero sólo yo, incólume y con un fusil sostenido por ambas manos, paseo por la parte más alta del muro escuchando lo que a cada uno le falta.

6 de marzo de 2009

Confesiones

Si hay alguien al que detesto a grandes rasgos es a ti, que lees una y otra vez lo que escribo como si no entendieras nada de lo que te cuento y, aunque crees que no lo sé, tachas una y otra vez algunas palabras e incluso las cambias de sentido buscando de alguna forma el tuyo propio; piensas que tal vez tendrías una trama mejor para contar la información que como granitos de arena he ido recopilando a lo largo del tiempo y, cuando no es así, te dedicas a escudriñar una a una las frases para encontrar alguna incongruencia y recordarme lo mal que escribo, a veces piensas que el espacio no es verosímil para la acción o la acción para el tiempo o el tiempo para el pensamiento; me tienes harto y, si no fuera porque realmente no sé muy bien quién eres, iría asfixiándote poco a poco hasta que entendieses tus propios errores en lugar de proyectarlos en mí y ¿es que acaso no te das cuenta de que tu mirada apenas aporta alguna información a lo que escribo? Siempre has sido un ignorante, un rufián, un impostor, mentiroso…

Y con la manga limpio el vaho que mi temperamento proyecta sobre el espejo del pasillo, antes de ir a la cama, cuando ya la pluma descansa en su refugio.


*Imagen: Lago de Pátzcuaro, desde lo alto de Janitzio. 2008. Harumi Lira.

2 de marzo de 2009

¿Acechamos o asechamos?

Últimamente (esto ya denota contemporaneidad) estoy demasiado quieto en esto de la escritura, sencillamente aguardo detrás de los arbustos de cualquier parque desde primerísima hora de la mañana y espero a que algo ocurra (acechar), después agarro mi pequeña libreta verde (a este ritmo dejará paso a la negra y de un tamaño mayor) y anoto compulsivamente todos los movimientos que ocurren en el espacio vacuo que hay frente a mí. Lo hago con una ligereza asombrosa porque sencillamente observo y transcribo, después de un tiempo siento cierta enfermedad, difícilmente atribuible al medio natural que levanta, pese a mi aprecio, fuertes alergias, enturbamiento, presión y un dolor de cabeza que me obliga a recorrer de vuelta a casa las aproximadamente nueve cuadras y pensar durante el camino la nueva jornada de observación que llevaré a cabo mañana; esto lo hago coincidiendo con el atardecer porque es cuando puedo ver el sol más cerca de la tierra y pienso que es uno de los nuestros, que sólo le falta desocuparse de su función de dar luz y sentirse humano (hecho que siempre sucede de noche). Cuando llego a casa y saludo con un beso en la mejilla a mi mujer, me siento en la cómoda hamaca del cuarto de invitados (después de cerrar la puerta) a repasar las notas del día y diseminar cuáles de ellas son ficción y cuales realidad (pongo una efe mayúscula o una ere minúscula), y gasto más tiempo en pensar en las que son realidad y en cómo me desharía de ellas encontrando un final verosímil. Y antes de acostarme, temprano y diligentemente al lado de mi mujer, pienso en el artículo que leí el otro día que afirmaba de forma categórica y segura que si te quedas en el paro hay dos cosas que no debes hacer:

1. Levantarte tarde.
2. Preparar unas oposiciones.

Así que a medida que pasan los días pienso, detrás de mi arbusto, si amarrando un billete de veinte euros a un banco entretendré lo suficiente al primer iluso que pase como para asestarle un golpe mortal en la nuca (asechar).

24 de febrero de 2009

¿Dónde caben los sueños?

El verano pasado estuve paseando por Chiapas. Al llegar de nuevo al DF la primera pregunta era fácil: ¿escribir ficción o realidad?, pero desde luego la necesidad fue de escribir, porque ya de por sí México (y en esto recuerdo unas palabras que a su vez recuerda Vila-Matas de Pitol, vamos que son un recuerdo de un recuerdo, sin mucho mérito) es el lugar donde la creatividad te aborda. Decidí rápido: ficción. No me sentía capacitado para lo contrario, no había hecho el proceso suficiente de reflexión que merecía una situación tan compleja como la chiapaneca, había leído, sí, pero los libros muchas veces mienten, por eso decidí mentir yo también, y me puse a escribir una colección de minicuentos con todas las notas que tenía del viaje; de ellos quedan un trabajo excepcional de montaje fotográfico por parte de mi amigo Jesús, que estoy seguro que de una manera artesanal se dará a conocer antes o después y unos relatos imperfectos, demasiado emocionales, algunos de ellos poéticos, que reposan en un cajón, porque dicen que estos pequeños cuadros impresionistas, con el tiempo, adquieren un color sepia, a veces amarillento, parecido al de la razón, por supuesto me refiero a la facultad del ser humano para identificar y contrastar conceptos. Reposan en el cajón sin ánimo de ser algo, y sin embargo mi cabeza a veces sobrevuela el largo y cruento Océano para recordar sabores, olores, rostros, miradas, colores, contrastes, aires, frases, música y sensaciones, que de alguna manera me causan un daño que el tiempo juzgará o no como irreparable.

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Imagen: ¿Dónde caben los sueños?, Conrado Arranz
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Ahora, como un azote a la conciencia, me llega esta pregunta que da nombre al post y que mi amigo José hizo en alto cuando vio la fotografía que se camufla con el fondo de este “libro vacío” y que fue tomada en San Cristóbal, en una calle cualquiera, de una casa aún más anónima si cabe y con una pintura algo cansada de expresar sentimientos de desesperada agonía que no son otros que los que evoca la naturaleza cuando en silencio te revuelcas y escuchas el rugir de los monos aulladores en mitad de la selva Lacandona, mientras esperas con azoro que los indígenas te recojan en una de sus destartaladas furgonetas después de ver las policromías de Bonampak, que anuncian una pronta retirada para los ojos inquietos de los turbadores. La condición humana ha perdido la univocidad de los sueños, la reclusión y el anhelo de pertenecer a lo que un día fue; y mientras decoramos nuestra vida de objetos que, por inservibles, se han convertido en necesarios a través del aderezo publicitario propio de los bajos hombres y pacemos con los ojos cerrados por las calles, cerca de los escaparates que anuncian nuestros sueños, lejos de los de dignificación del único ser dotado con el uso de la palabra. Los sueños son una pluralidad de virus que germinan dentro de la propia esencia de lo que somos y que nos van corroyendo hasta desintegrarnos y provocar que volvamos al suelo que nos vio nacer. Tenemos la palabra y la capacidad de elegir a quien nos dirige, después perdemos la posibilidad de arrepentirnos durante algún tiempo, pero mantenemos el absolutismo sobre el lugar al que dirigimos nuestros sueños y pienso que esto es lo que me une al enmascarado que tuvo que huir después de hacernos pensar, pintando en la pared destartalada.


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Hace tiempo mi buen amigo Leandro me pidió un relato de este viaje ambiguo para su Revista (Cuaderno sie7e), me comprometí sin pensármelo dos veces por el reto que me planteaba, ahora me debato entre la duda y la imposibilidad, supongo que estas letras servirán al menos para argumentar mi indecisión que no indiferencia.


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Y tus sueños, ¿dónde caben?

19 de febrero de 2009

Ciego de lectura

No estoy preparado para hacer un análisis de mí. Tampoco te pido, querido lector, que lo hagas tú, simplemente ponte cómodo y, eso sí, sólo solicito tu ayuda en la comprensión de esta técnica ancestral que te obliga a ir guiñando poco a poco los ojos conforme avances en el cuento. No veo que lo estés haciendo querido amigo y siempre he presumido de los pocos que han podido leer el libro vacío. Venga, no hagas pereza, hazlo… ve cerrando los ojos cada vez un poquito más, pensando en lo que te gustaría leer ahora, así, hasta que las letras se vayan solapando y llegue un momento en el que no veas nada. Ahora dime ¿es blanco o negro lo que crees ver detrás de todo el texto?

16 de febrero de 2009

La glorieta de los fugitivos. Minificción completa, de José María Merino

“Esta mañana me he despertado con un miedo angustioso a no poder volar”.
(del minicuento “Temores Infundados”).


Supongamos que transcurre el año dos mil cuarenta y un joven como yo ahora, es decir, un joven que no sería yo, se haya en la Cuesta Moyano, en plena vorágine madrileña, buscando un libro del que ha oído que es representación esencial de la extinta literatura en el género “minicuentil”. Imaginemos con desesperanza la cara de nuestro joven aún por concebir, al escuchar la frase del librero: “lo siento, nunca lo tuvimos pero alguna vez más nos lo recomendaron”. Trance gozoso este…de imaginar nuevas historias, cuando la realidad es que transcurre el año dos mil ocho y gracias a la probada valentía de Páginas de Espuma podemos encontrar este pequeño reducto militante en numerosas librerías.

Sirva este espacio también para alzar aviso a navegantes de amplios océanos de que nada más partir la nave arribará el marinero a un nuevo puerto; a veces a una velocidad tal que guiará al aventurero a girar en torno a la inexistencia del tiempo. Es más, si cualquier tripulante intentase, víctima de una efímera locura, levar anclas en los puertos y trazar itinerarios coherentes, romperá la ficción volátil que encierra este lance. “La Glorieta de los Fugitivos” (refugio de piratas literarios) segará la realidad y la lógica de aquéllos que intenten ordenarla.

“Parece que mi imagen me ha abandonado para siempre y, en lugar de entristecerme, me ha invadido una sensación gustosa de alivio”.
(del minicuento “Divorcio”).


El capitán del barco nos lo avisa: “una gran cantidad de minicuentos discurren en el espacio fronterizo del sueño”. Pero si a lugar común pudiéramos aproximarnos, éste sería el de los problemas cotidianos. La ficción no existiría si la realidad no fuera creando. Los sueños ponen en entredicho la virtual legitimidad de los hechos y aquéllos discurren por el inconsciente en brevísimas imágenes que, piensa Merino, han de ser narradas también con brevísimas letrillas que mantengan el movimiento. Virtuosismo en hacerlas girar lentamente en torno a la idea de fabular y en dibujar, con trazo leve, una puerta abierta al inconformista lector con un letrero claro: prohibido no pasar.

“Entonces todos guardaron silencio y le miraron con el gesto de quienes no comprenden. Y él supo…que ya nunca podría regresar”.
(del minicuento “Un Regreso”).


José María Merino, como nos narra en “Plaga”, consigue que cientos de minicuentos se multipliquen incesantemente, a velocidad vertiginosa, y que invadan nuestras bibliotecas, hogares, agraciadamente sin otorgarnos la fórmula mágica que evite la intrusión; porque el mayor acierto es partir en una nave sin anclas, discurrir entre los minicuentos recopilados de sus obras anteriores (“Días Imaginarios” y “Cuentos del Libro de la Noche”), perderse entre los “Inéditos y Dispersos” y culminar en la recepción de veinticinco claves para entender (o perderse aún más) en la comprensión de este pequeño género literario pero tal vez el más antiguo de la mano de uno de los mejores narradores contemporáneos en lengua castellana.

“─Si supiérais lo que he menguado─ dijo el relato, y terminó”.
(del minicuento “Sin Título”).

11 de febrero de 2009

Revista "Cuaderno Sie7e"

Os presento "Cuaderno Sie7e", número 5 correspondiente a este 2009, una revista hecha con minuciosidad, gusto, contenido literario, que dirige mi amigo y compañero en más de un camino tortuoso y en alguna que otra senda iluminada, Leandro Herrero. Si bien es cierto que de vez en cuando tengo que mirarle desde la concavidad de un túnel... con esta revista el resplandor se hace palpable y facilitador.
Esta es una invitación a conocerla y también una invitación a participar en y de ella... porque está abierto el plazo de recepción de originales para la revista número 6 de 2010, el email: cuadernosie7e@gmail.com.
Los contenidos de este número:


POESÍA
Los lugares que quiero enseñarte — Lorenzo García Ferriol

TEATRO
Nuestra primera vez — Pablo Canela

NARRATIVA
Mediodía en Parque Requet — David Urgull
La huida — Pilar Zapata Bosch
La camisa — Juan Mª Molina Jiménez

CRÍTICA Y ENSAYO
Juan Ramón Jiménez y el Ateneo de Sevilla — Enrique Barrero González
La dulce ingenuidad de Miguel Hernández — Miguel A. Manzanas

Especial LITERATURA Y CINE
El mirón — Leandro Herrero
Objeto del deseo (Homenaje a Luis Buñuel) — Jerónimo López Mozo
«2001», la sublime conjunción de Kubrick y Clarke: Una odisea de emociones estéticas — Germán José Hesles Sánchez
Trumbo en el infierno de los otros — Jorge de Barnola
Dos momentos de la novela policíaca: «Laura» y «Asesinos sin rostro» (De la novela psicológica a un nuevo asesino anónimo y colectivo) — Ángela Martín del Burgo

RESEÑAS
Libros de: Alexis de Tocqueville, Horacio Castellanos Moya, Ginés Reche, Sergi Pàmies, José María Merino, etc., reseñados por, entre otros: Jon Bilbao, Antonio García Vila, Conrado Arranz y Andrés del Arenal.


¿Interesante no? Animaos a conocerla, animaos a participar.


En el próximo post... mi humilde participación: una reseña de "La glorieta de los fugitivos" de José María Merino.

29 de enero de 2009

El silencio de Ulises


Imagen: "El Resto". Conrado Arranz.




Para E.A.
gracias a Ulises.



Hace tiempo que no sé de Ulises y me temo lo mejor. No ya por la ausencia que sin duda impregna este blog, que a su vez funciona por impulsos de un muelle llamado necesidad. Esto hace deducir que últimamente dicha necesidad no es tan honda, o se queda flotando en el vacío de un cuerpo con cierta inercia o simplemente que el silencio, la mayor parte de las veces, es el opio del escritor.


La última vez que estuve en la Ciudad de México, hace unos meses, (nunca sé cuándo realmente abandono esta ciudad) quedé con Ulises Montano. Admito que tuve miedo de no encontrar a nadie al otro lado de la línea de teléfono que aún conservaba; pero lo cierto es que le funcionaba su viejo celular, al que apenas le dio unos meses más de vida (supongo que a día de hoy habrá terminado en una basura o en un tianguis anónimo, como casi todo lo que a él le gusta). Nos vimos en la Roma, tras un aguacero de los que recuerdan el origen, que propició mi demora y por tanto que encontrara a Ulises ya con la mirada perdida en una mujer que mostraba sus piernas en la barra. Nos vimos en la Roma pero pudo haber sido en cualquier otro lugar que hubiera tenido unas cervezas decadentes (tipo tecate) para de esa forma abrazarnos a una buena copa de vino chileno que se repetiría por mágico influjo cada cierto período de tiempo que en la noche tiende a ser infinito, luego iríamos a un concierto de jazz, según prometió.


En la mesa, y ya vencidas las timideces propias de los amigos que no se ven desde hace un par de años y que se escrutan cada nueva arruga pensando si algún día no existió, comenzó a contarme las últimas predicciones, las que al parecer ya había contado a una tal Juana, o Inés no recuerdo bien, pero que no le había prestado atención. Un sorbo y un pequeño avión privado caía, “no pasará nada, tantitos cinco muertos”, decía “oficiales, carnalito, oficiales, nunca se sabrán los pobres a los que todo cae, los limpiavidrios, limpiabotas, limpiaimágenes, sucios de aspecto, qué más da, más se perdió en Tlatelolco ¿no crees?”. Sus videncias siempre se convierten en monólogos interminables, durante los cuales dejo mis lentes encima de la mesa, para escuchar mejor y no distraerme, son todas aquellas profecías que un día me prometió plasmar aquí, en “El Libro Vacío”.


Con estrépito nos interrumpió un payaso mudo. Nos entregó un papel que ponía: “quiero seguir siendo un payaso pendejo”, mientras sonreía; recuerdo que en ese momento agradecí que no hubiera puesto la coma del vocativo antes de la palabra pendejo y la tuve por tanto que entender como un adjetivo de esos que tanto gusta usar por estas tierras; de cualquier forma, pensé luego, tampoco me hubiera importado. Con la misma cara sonriente me miraba ahora Ulises, tal vez intuyendo mi pensamiento. El payaso mudo se fue y nosotros estuvimos así, en silencio, horas, sorbo a sorbo. Recuerdo que recorté algunas hojas de mi libreta verde en pequeños trozos y los repartí entre Ulises y yo. Estuvimos escribiendo durante un largo tiempo. Él terminó primero, siempre lo hace. Se levantó y fue dejando los papeles por las mesas del bar, después volvía a recogerlos con una sonrisa, sin palabras, mirando los ojos de la gente que a él esquivaban. Los últimos fueron una pareja alternativa, joven, parecían enamorados. El hombre miró a la cara de Ulises y esbozó una ligera sonrisa, tierna, algo seductora, poética. Ella, al verle, giró su delicado y pálido cuello hacia la ventana. Ulises, despojado ya de la diferencia, levantó los dedos y le hizo la señal de la cruz, recogió el que era el último pedazo de papel anotado de la mesa y se marchó. Con el portazo terminé de escribir los míos. Hice mi reparto silente mientras Ulises se difuminaba lento en los perfiles simétricos de las calles que se clavaban en la colonia Roma.

21 de enero de 2009

Memoria y tra(d)ición

desde la ambivalencia


Sé lo que le está pasando por la cabeza. Regresará a esa ciudad bendita y maldita a la vez, encontrará que nada ha cambiado desde su partida, como mucho alguna carretera se elevará de nuevo al cielo como solución sostenible y volverá a ver los tejados de cientos de casas a sus pies, a lo mejor con suerte ya está proyectado un tercer piso sobre el periférico, cuitas del destino, ya sabe que descender a los infiernos en la Ciudad es imposible, encontrarían agua divina, por eso el infierno lo vivimos aquí arribita, al mero lado de uno, en cuanto menos se lo espera alguien le sonríe con una máscara de tela, sólo Mariana era capaz de dibujar una sonrisa de carmín en ella. Luego los carriles bici también ascienden destrozando las piernas, el caso es sufrir para ascender, que para el llano ya están los motores. Sé que lo recuerda, no disimule, su tránsito por la calzada Ignacio Zaragoza, que por aquellos tiempos desprendía un olor gris y rancio a despedida, tal vez provocado por las constantes lluvias veraniegas, sí, también por encima de los tejados, hoy más desgastados que nunca, créame, por la devaluación, que encarece entre otros el papel higiénico hasta límites insospechados, ya ni siquiera podremos limpiarnos el culo y lo peor es que se escocerá sin duda y tendremos que andar con las piernas abiertas para burla de nuestros representantes. Pero esa carretera sigue alzada para el acceso al aeropuerto; los pilares que la sustentan sirven de puntos de apoyo a las casas indecentes y asfixiantes de cientos de familias que con el ocaso acudirán a las verjas transparentes del Benito Juárez para observar cómo despegan los aviones mientras muerden con violencia sus elotes. Y llorarán de nuevo amigos, usted por pisar otra vez esos cientos de tejados antes de marchar con impotencia y ella por desprenderse de los brazos, amorfos ya por sus intentos desesperados de estirarse hasta cruzar el océano. Ándele, pero sonría pues. Usted se irá.

13 de enero de 2009

Una oportunidad para dejar de existir


Imagen: Conrado Arranz. "Arbusto con trenza roja bajo la nieve de Madrid. Nieve de enero de dos mil nieve"


A mi padre, con la admiración y
el cariño que inspiran los hombres buenos.




El viernes nevó en Madrid. Amaneció un día en compás de rutina mecido con el ritmo de ir-y-venir de cualquier funcionario de a pie que se preste. Polvos brillantes arrojados en conciencia desde el abismo pero con la sorpresa de caer desde lo alto deslumbraban en la grisura de la polución que, por tiempo de una semana, se había decidido acostar sobre Madrid. El colchón era espeso como los de lana de oveja que tan sólo en una ocasión pude probar. De oveja negra, por supuesto, y de calidad rural. La debilidad de ese polvo atravesaba el colchón enfurecido y se posaba dócil sobre las aceras. Yo veía, durante el primer café, como el vaho empañaba mis lentes y depositaba una imagen borrosa y plácida sobre la calle que a desgastaba la percepción. Roberto Gascón seguía desviando mi atención en forma de miles de letras acumuladas que definían y limitaban un perfil psicológico complejo pero a la vez nítido para un pesimista como yo. Este último juicio sobre mí lo confirmó mi padre el domingo pasado cuando, poco antes de comerme el primer garbanzo del cocido, me servía dicho tocino aún sin el tiempo de cocción necesario. Era comprensible e incluso me lo tomé como un piropo… ya que me impulsó a escribir esto mientras todo el mundo ahí fuera yace exhausto de sonreír, saltar, jugar, divertirse durante horas por ver cubierta la podredumbre de un deslumbrante color blanco que días después será arrojado contra los ojos tristes de cualquier humilde, ante un sol inconformista que perdió protagonismo. Y digo que sólo una vez aparté la vista del libro que me ocupaba en aquel bar, el Lusitania, donde siempre ocurre todo, para comprobar que todas las parcelas donde los humanos desperdician momentos de su vida habían quedado cubiertas de un manto pulcro, virgen, que me condenaba al silencio más oscuro. Al salir, por obligación que no por cordura, un ir-y-venir de huellitas desfilaba con el propósito de encontrar refugio; las que buscaban profundidad por pertenecer a hombres y mujeres obesos se cruzaban a lo largo de su huida con las que apenas dejaban brochazos de su peregrinar, a veces unas más diminutas y nerviosas pintaban como gotelé los diferentes caminos, pobres perros, con sus delicadas esponjas abrasadas de escarbar para encontrar algo. Todas las marcas se dirigían a diferentes parcelas. Creían que no me iba a dar cuenta de que, bajo las mismas, había enterrados miles de cadáveres, desnudos o provistos de todos sus enseres materiales, viandantes, gentes de interés e interesadas, acompañadas de todos los pícaros de pan bendito, dormían plácidamente la eternidad bajo la tierra, ahora recubierta de una cada vez más gruesa manta de hielo. Pero siempre se reconocen los pasos que conducen al asesino, siempre transitan de forma desacompasada, inquieta, excitante.

No termino de recordar qué pensó Gombrowicz de la nieve en sus diarios, pero sí tengo alguna vaga referencia, borrosa, fría, frágil y sobre todo distante; sé que Juan Carlos Gómez un día me enviará un e-mail para contármelo, se llamará “Witold Gombrowicz y Robert Walser”, quién si no, o incluso el propio Mateo me echará una soga en ese intento; porque yo tengo claro que soy un inepto que con prontitud olvida lo que un día inundó de deseos el vacío. Lo borro, se borra, me borra al igual que la llamada que acabo de recibir en este momento, una señora ansiosa de encontrar a su marido a las once de la noche, me ha llamado Andrés, podría haber hecho la rima fácil y contestarle que no se preocupe, que llegará a fin de mes, con un salario o no bajo el brazo, tiempos fríos corren, pero simplemente le he dicho que se había equivocado de número, había marcado un cero de menos.

El pasado viernes perdí una oportunidad de esas que los más viejos llaman fáciles pero que acompañan con un refrán castellano, “blanco y en botella”; una oportunidad que me daba señales a cuenta de los copos que se iban haciendo visibles; una oportunidad para comenzar a andar, con paso pausado, constante, armónico, girar por la calle de la cebada hasta dejar atrás los últimos edificios que con esfuerzo se agarran a Madrid buscando ser algo y seguir caminando sobre las blancas alamedas, emprender mi camino hasta caer desmayado sobre la nieve; sentir la congelación de todas las ideas estúpidas que cada vez más asiduamente pueblan mi cabeza, ser inconsciente de perder el habla o ganar la mudez y quién sabe si ser encontrado por otro desesperado rastreador de huellas durante la próxima nevada y yo, convertido en arbusto con reflejos de un rojo encadenado, poderle susurrar que se ha equivocado, que ya no existo.

11 de enero de 2009

Presentación de libros















El próximo jueves 15 de enero, a las 20:00 horas, en la librería El Bandido Doblemente Armado --> C/ Apodaca, 3 (Metro Tribunal y Metro Bilbao).

Se presentan los libros de relatos del Taller ACE 2008:

1. la soledad
2. la crueldad

con la asistencia de los autores:
María Cruz Vilar Ruiz
Andrés del Arenal
Conrado Arranz
Marta Robles
Teresa Galeote
Minke Wang
Twiggy Hirota

Será una presentación breve y entre amigos para luego tomarnos unas cañas, charlar sobre literatura, ponernos al día y organizarnos para el 2009.

Os esperamos.

5 de enero de 2009

Sara, en su isla

“Es tarde, se hizo de día, menos mal que está nublado”
(“Los aviones”, Andrés Calamaro)



Acostumbraba como regocijo a sentarse en un banco a los pies de la ladera cuyo fin era el mar. Desde allí, dejaba rodar un canto hasta que se precipitaba por el acantilado. Su cara coincidía con la verdad que buscaba y ocultaba, sin apenas concierto, el ser atribulado. Desde su banco iba escuchando las historias de los viajeros que acudían para conocer las fantasías que un día un viejo escritor plasmó en un libro. Eran viajeros vetustos y sabios mientras que ella todavía no conocía las arrugas más allá de sus ojos cansados. Los viajeros contaban y ella con su silencio daba consejos; nadie, salvo un muchacho de su infancia, conoció nunca el timbre de su habla. En su altura el viento encumbra su pelo ondulado para sustituir las palabras que un día, presas de sí mismas, decidieron hacer bandera en el interior de Sara.

Hace ya dos años que huye y el cansancio apenas es sofocado con el eco de las olas al acariciar la arena, un arrullo que termina por dormir a Sara y la confina durante el día en su destino de duna y juego infantil en la playa, hasta que en la noche el agua limpia en la crecida su cuerpo blanquecino y muestra el espejo con el que la luna quiere caminar por tierra firme, sola en la isla cuyo insondable mar es el único límite.

2 de enero de 2009

Breviario de la tierra III

Se cerraron los párpados de golpe tras el cansancio al que me sometieron las escuchas diurnas. Excavadoras y hombres, palas a mano, máquina y ser, construyendo futuro. Bajo la estética de los muros, que son limitaciones de espacio, se encuentra la ética de las zanjas, límites del ser humano, que se abren a discreción para enviarnos cabeza abajo hacia la desaparición.


30 de diciembre de 2008

Breviario de la tierra II



Cuando concluyó de rasgar la atmósfera con sus frías manos, gritó como víctima de una senectud inmadura. El eco de la Vía Láctea puso fin al sueño de los humanos.

29 de diciembre de 2008

Breviario de la tierra I



Era temprano como para haberlo escuchado y salir a la ventana a observar el procedimiento natural por el cual un avión dividía a su paso el horizonte en dos. Carlos bajó a la calle para constatar, por la base de las edificaciones, que se había quedado en el lugar más tenebroso.

23 de diciembre de 2008

Las batallas en la ciudad

La puerta retumbó a mi espalda y la onda expansiva terminó por darme la bienvenida. Mi intención no era sino sentarme en alguna mesa de un perdido rincón del bar para disfrutar de la lectura de “Las batallas en el desierto”. Quien piense un poco más tarde que nunca debería haberlo hecho, uso ya para mi descargo el útil narrativo de anticipar la unicidad del bar en una melancólica tarde madrileña en la que no todos los locales de diversión estaban dispuestos para un no menos amenizado público. Estaba dentro y el ambiente estruendoso, lejos del contagio, se discernía entre lo extraño y lo ambiguo. Senté, pues era mi menester en dicha tarde de espera; Andrés tardaría en llegar aún una hora. Fue pronta mi observancia en las orejas del resto de dadivosos, que lejos de mostrar sus defectos, eran cubiertas por plásticos negros, agresivos a una mirada veraniega. Pese a ello, podían establecer una comunicación con sus congéneres, no exenta de ciertas dosis de normalidad que aún no llegaba muy bien a entender. Pronto se acercó el amanerado camarero, cuyos brazos y manos schielerianas recogieron con premura la mesa. “¿Qué auriculares le pongo?”. Un café con leche, respondí con sonroja de no haber entendido bien su pregunta. Comenzaba a estar en sintonía con la situación. Él trajo el café después de que me percatara por las ubicuas miradas de los clientes, de que cada uno decidía qué escuchar en ese bar. Así, una pantalla mostraba vídeos de Alejandro Sanz, que a su vez posaba con el presunto dueño en una foto que presidía el local, otros miraban un partido de fútbol en la otra pantalla; algunos de vez en cuando movían de forma acompasada la cabeza y la giraban después al techo como dando gracias; otros preferían amarrar con sus manos los cascos como gesto de concentración ante lo que un presumible comentarista les estuviese contando. “¿leche caliente o fría?”. Los del silencio por favor, contesté. Cuando el libro concluyó me levanté con profunda melancolía y salí a la calle, un zumbido constante me recordó que Andrés seguramente ya se habría ido.

19 de diciembre de 2008

Perfil

De pequeño pinté una línea por la que poder caminar, era una línea que abarcaba cientos de folios en blanco y que de repente se vieron partidos en dos de forma asimétrica. Los primeros pasos no los recuerdo sino hasta los veintidós años cuando sobre esa línea encontré una mujer que me obligó, sin ella saberlo del todo, a mirar hacia abajo, pude ver que la línea estaba dibujada sobre un fondo blanco si bien a cientos de kilómetros de profundidad. Por eso, cuando ella se apartó para que yo pudiera seguir caminando, la línea adquirió un sentido ascendente que a la vez era un viaje al interior. Detrás quedaron estudios que me cualificaban como licenciado en Derecho, seminarios, ilusiones materiales, amores imposibles, trabajos vergonzantes, miseria humana que daba vueltas en círculo y que sigue asomando de vez en cuando; una serie de artificios que, como cantos lejanos, iban abandonando la línea que tracé, haciéndola cada vez más liviana y fina. Esa línea desaparecerá un día y será el momento de recoger los cientos de folios en blanco para recomponer, tras su costura, el libro vacío.

 
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