
En la literatura contemporánea existe una preocupante atención en torno a la forma en la que presentar las ideas, yo diría que de manera obsesiva el escritor busca un rasgo caracterizador único, algo que diferencie su estilo del resto, y elimina palabras, pone más puntos y seguidos, utiliza más o menos puntos y comas, polisíndeton y asíndeton, con más o menos lirismo o reflexión, incluso algunos ponen la ortografía al servicio de la estilística con tal de hacer sonar el badajo del crítico amargado que piensa en su sillón de piel roja que la-literatura-de-ahora-no-es-la-de-antes, mientras espera impaciente el partido de fútbol de la nueva jornada. El estilo (pienso, desde la indefinición del mío propio, si es que tengo alguno) debe ir anexo a una reflexión sobre el tiempo y el espacio que nos rodea para después dirigirlo hacia una trasgresión, en busca de sentido; y son pocas las clarividencias al respecto, simplemente que convivimos con el ser humano más devora-hombres de los últimos siglos, una especie de Polifemo pero con varios ojos, sabedor consciente de lo que está llevando a cabo, y por tanto, constructor de una especie de laberinto oscuro sin hilo de Ariadna. Y en esta tesitura de
neocreación que termina cayendo en la intranscendencia más sublime (y aburrida), me acuerdo, como últimamente me sucede a menudo, de Juan Rulfo, amordazado ante una literatura de extremo realismo que buscaba obsesivamente la sustancia de lo que estaba sucediendo en Latinoamérica y que él decidió no leer. Buscó la manera de ir en contra de la misma y halló paradójicamente un paraíso: la paulatina destrucción de la sustancia literaria, que posibilite la desaparición progresiva del escritor en pos de la vida realista de los personajes dentro de la obra, y en ese camino encontró el simbolismo universal y rural que recreaba el propio carácter de dichos personajes, y fue esta situación la que marcó el desarrollo de la forma; como no podría ser de otra manera, este estilo creó numerosos vacíos en la obra, que se entienden como silencios en el espacio-tiempo del lector y avocados al desahucio de todas las ilusiones. Este no-lenguaje también daría muerte al escritor, pero Rulfo nos dejó un legado cargado de significantes a través de una forma literaria de dentro a fuera que niega constantemente la sustancia, cada vez más inaccesible para el ser humano. Ojalá pudiéramos ser capaces ahora de realizar una mínima lectura de este mundo tan complejo que nos ahoga, para poder destruirlo sin necesidad de hablar tanto.
PD: Seguramente este texto estará plagado de imprecisiones literarias sustanciales.
Imagen: Juan Rulfo, por Pablo Gallo; aprovecho para recomendar su micrometraje de este mes de septiembre, dedicado a la figura del escritor mexicano, pinchando aquí.