30 de diciembre de 2008
Breviario de la tierra II
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29 de diciembre de 2008
Breviario de la tierra I
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23 de diciembre de 2008
Las batallas en la ciudad
La puerta retumbó a mi espalda y la onda expansiva terminó por darme la bienvenida. Mi intención no era sino sentarme en alguna mesa de un perdido rincón del bar para disfrutar de la lectura de “Las batallas en el desierto”. Quien piense un poco más tarde que nunca debería haberlo hecho, uso ya para mi descargo el útil narrativo de anticipar la unicidad del bar en una melancólica tarde madrileña en la que no todos los locales de diversión estaban dispuestos para un no menos amenizado público. Estaba dentro y el ambiente estruendoso, lejos del contagio, se discernía entre lo extraño y lo ambiguo. Senté, pues era mi menester en dicha tarde de espera; Andrés tardaría en llegar aún una hora. Fue pronta mi observancia en las orejas del resto de dadivosos, que lejos de mostrar sus defectos, eran cubiertas por plásticos negros, agresivos a una mirada veraniega. Pese a ello, podían establecer una comunicación con sus congéneres, no exenta de ciertas dosis de normalidad que aún no llegaba muy bien a entender. Pronto se acercó el amanerado camarero, cuyos brazos y manos schielerianas recogieron con premura la mesa. “¿Qué auriculares le pongo?”. Un café con leche, respondí con sonroja de no haber entendido bien su pregunta. Comenzaba a estar en sintonía con la situación. Él trajo el café después de que me percatara por las ubicuas miradas de los clientes, de que cada uno decidía qué escuchar en ese bar. Así, una pantalla mostraba vídeos de Alejandro Sanz, que a su vez posaba con el presunto dueño en una foto que presidía el local, otros miraban un partido de fútbol en la otra pantalla; algunos de vez en cuando movían de forma acompasada la cabeza y la giraban después al techo como dando gracias; otros preferían amarrar con sus manos los cascos como gesto de concentración ante lo que un presumible comentarista les estuviese contando. “¿leche caliente o fría?”. Los del silencio por favor, contesté. Cuando el libro concluyó me levanté con profunda melancolía y salí a la calle, un zumbido constante me recordó que Andrés seguramente ya se habría ido.
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19 de diciembre de 2008
Perfil
17 de diciembre de 2008
Hielo
Poco antes había puesto la palma de mi mano sobre la pared y las líneas que predicen muerte y recorridos vitales hirvieron ante el estímulo. Luego me senté frente a la mesa del salón, baja y carcomida por ácidos que invitan a placeres olfativos, y sobre uno de los cercos puse mi vaso transparente, casi desbordado por la presión que ejercía sobre el líquido un hielo en forma de serrucho cuyos dientes afilados parecían cortar la imagen en dos. No pude sino fijar la mirada en el hielo y allí me perdí en el leve degradar de sus paredes. Lo último que percibí fueron los cristales de mis lentes, reflejados en el espejo que flotaba cuando apenas ocupaba un espacio mínimo sobre la superficie y el agua seguía luchando con los bordes, barreras impuestas por lo material. Luego me alcanzó la ceguera y sólo pude sentir cómo se desbordaba el agua cuando el último grano sólido se integraba en el fluido cuyo objetivo último era estar dentro de mí y luego salir ardiendo."y siendo ciego me alumbró y adestró en la carrera de vivir" ("La vida de Lazarillo de Tormes", Anónimo).
15 de diciembre de 2008
Carceleros
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12 de diciembre de 2008
Vida y muerte, analogías en torno al placer y al silencio
A raíz del acontecimiento calló y no volvió a hablar nunca. Los usuarios iban, venían, comían, se aseaban, dormían y él seguía callado tras verlos. Alguna vez antes del suceso me comentó que el día que no tuviera nada que decir nada diría, y yo recuerdo que fue una frase que me abordaba especialmente cuando, nadando en los grandes almacenes, en los angustiosos días navideños de Madrid, los humanos se empeñaban en gritar, exclamar, percutir en mis oídos ya hundidos en un mar de dudas materialistas. No abandoné la frase hasta que le ocurrió aquello y pude comprobar que era posible no tener nada que decir. En mis posteriores visitas me sentaba frente a él, fijábamos nuestras miradas y yo veía, a lo largo de las horas, pasar por sus pupilas todos los sentimientos; sus lágrimas finales, en mi despdida, eran irremisible cita a Manrique y el trayecto de bajada a través de las oscuras escaleras del sanatorio lo ocupaba en pensar el camino que recorren las lágrimas que surgen del corazón, y no sabía bien si pasaban por la traquea en su transmutación de sistemas o si por el contrario eran transportadas a través de pequeñas arterias en dirección al cerebro. La señorita de recepción confirmó mis miedos. Mi tío, pese a lo que le ocurrió, era el más feliz de toda la residencia y frente a él desfilaban, todos iguales, los vivos de habitaciones contiguas y los muertos cubiertos por lánguidas sábanas blancas para olvidar la soledad que padecieron sin quererlo. Él los mira, cierra los ojos, respira profundamente y sigue callado, callado de placer.
está el placer de llegar.
¡Gran placer!
Mas ¿y el horror de volver?
¡gran pesar!”
Antonio Machado
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10 de diciembre de 2008
Revuelta
Se dedicó minuciosamente a cortar la piel de la anestesiada. Era la primera vez que usaba un bisturí y encontró cierta recreación; aquella cuchilla mágica que rasgaba, para después sesgar la dermis blanquecina separándola así de la grasa. Un hilo fino que iba dividiendo el cuerpo en dos. Extrajo, tras la operación, una membrana que contenía los rasgos esenciales de la bella mujer que años antes conoció en los pasillos de un lúgubre hotel. En la camilla, la materia sin protección, cobraba su propia vida, ajena a la atmósfera fría del quirófano alquilado. Después enhebró una fina aguja con un largo hilo que anunciaba la violenta unión. Superpuso la piel al cuerpo desprovisto de personalidad, pero lo hizo ligando la suavidad a la materia, o lo que es lo mismo la piel al interior, y comenzó a coser muy lento, pausando en los órganos erógenos para conservar cierta satisfacción. Concluyó más allá de la medianoche. Despertó días más tarde cuando el dolor de la sutura había cesado. Por la calle, todo el mundo se fijaba en ella pero en los ojos de los viandantes descifraba el horror propio de una pesadilla. Nunca habló con nadie hasta encontrarse con él, otra persona con la piel vuelta, cuyo único rasgo caracterizador de su masculinidad era la voz. Se encontraban todos los días en el parque, y en los años sucesivos se iban incorporando trozos de carne anónimos que platicaban, se abrazaban, reían y parecían no esperar nada a cambio.
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7 de diciembre de 2008
Evité un crimen escénico
esgana propia del cansado y afligido. Yo le correspondí puesto que era fin y no cordialidad. “Cuánto tiempo” y apretaba con mi cultivado brazo su cuello mientras que su olor iba convirtiendo en vapor mis lentes. Unos leves accesos de tos, que parecían semejar la incredulidad del reencuentro, me dirigían por el camino de oscuridad que había decidido emprender mientras le observaba. Una cortina negra, a modo de fin de escena, se apoderaba de su mirada y ocultaba para su vida lo que a mi espalda había dejado momentos antes. Miento si no confirmo que intentó sacar las pocas fuerzas que le quedaban después de la intensa representación, pero fueron escasas para mis años de estrategia. Cuando terminó el abrazo que sellaba el cruce, cayó a mis pies, resonando como expiación el golpe de su cráneo contra el cemento mojado. La siguiente función había congregado a cientos de espectadores a la entrada del teatro; se habían hecho eco de las críticas aparecidas en los principales magazines culturales de la ciudad. En la puerta, un letrero con fondo blanco amarrado con cuerdas en las verjas de la entrada, rezaba: “Se suspenden las sesiones debido al inesperado asesinato de Raskolnikov”. Allí empezaba la reafirmación de mi teoría y el inicio de una huida cuyo fin no encuentro.
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4 de diciembre de 2008
Tiempo
Sumido en el misterio de la búsqueda de un sentido al camino recorrido concluyo mi olvido. Las sensaciones de búsqueda del inicio son las que reflejan mis devoradas uñas, en apariencia mordidas, pero en sustancia gastadas de excavar en tierra arraigada. Mientras, el tiempo acaricia mi espalda, sonriente, emitiendo un murmullo semejante a la brisa pero en realidad burlesco e indescifrable. A veces me doy la vuelta y ya no está, son esos momentos en los que me vuelvo loco y mis manos rascan sin mesura para no encontrar nada.
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3 de diciembre de 2008
Duda a la creación
1 de diciembre de 2008
Del noble arte de facer política
…y de los problemas que éste entraña.Todos los pueblos, al fin y al cabo tienen sus propios oráculos, o mejor podría decir que hay overbooking de “sacerdotes” que intentan asumir ese papel de interpretación de las verdades que provienen supuestamente de la deidad. En este campo de batalla, los hay quienes parten con ventaja de fe, encabezados por ilustres con báculo, mitra y anillo, dicen tomar café a primera hora de la mañana con el mismo culpable y codificador de mensajes, para posteriormente trasladarlos al púlpito de forma retórica y perdiendo la condición de hombre.
Pero hay otro grupo receptor de mensajes, teóricamente más sensibles al sentir de la sociedad, puesto que los elegimos de vez en cuando, y son aquellos que cívicamente conducen nuestros designios hacia la verdad (algún día podemos tratar tan enigmático y ubicuo término). Unos guiados por la interpretación de la avariciosa mano mágica que mece la cuna en la que dormimos y en la que sólo se escucha algún extraviado sollozo insensible al oído del resto; otros guiados por la misma mano pero en cuyo dorso se aprecia escrita la palabra conciencia con letras minúsculas; y los últimos, perdidos en la búsqueda de una interpretación que les mantenga vivos fuera del sistema pero actuando en él (lo que a la vista de cualquier iletrado como yo resulta bastante ambiguo).
El caso, para no ser muy reiterativo, y no escribir más de lo que merecen que diga, en la antigua Grecia normalmente, al menos coincidiendo con el auge de la poesía como ciencia elevada, los sacerdotes y sacerdotisas, encargados de la labor interpretativa, codificaban a través de ella los mensajes llegados por medio del oráculo. Eran, por tanto, los encargados de evacuar mensajes cifrados por medio de la poesía a la individualidad o a la colectividad para prepararlos de sus designios. Dichos mensajes, especialmente por la trascendencia social que tenían, poseían una forma clara a fin de que pudieran ser entendidos por todos y ser libres de interpretaciones perniciosas y subjetivas. Pero (siempre lo hay) había una excepción (siempre la hay también) por la cual estos interpretadores podían codificar poéticamente de forma más compleja dichos mensajes: cuando era un gobernante el que consultaba sus planes con el oráculo, y éste arrojaba conclusiones desfavorables a los mismos. Por miedo a la reacción.
Hoy tengo la sensación de que por más mensajes que el oráculo contemporáneo arroje con fuerza sobre nosotros, el noble arte de facer política, no sólo se empeña en no descifrarlos, sino en hacer lo contrario de las acciones que beneficiarían al común de la sociedad. Pues bien, a todos ellos, sacerdotes y sacerdotisas, Pitias o Sibilas, del noble arte, les dejo esta poesía de Caballero Bonald, de su “Manual de Infractores”; aunque siento que es el eco de una piedra lanzada al océano de canto.
Huyo a veces de mí
J.M.Caballero Bonald
Huyo a veces de mí sin darme cuenta,
huyo de mi deshonra
y a escondidas,
y a veces huyo sin saber adónde.
Casi siempre me acerco hasta algún súbito
reclamo del pasado y sin embargo
me pierdo en los penosos
suburbios de las negligencias.
allí donde conviven victimarios y víctimas
y nadie reconoce al fugitivo.
Quédate donde estás (me oigo decir),
pero yo ya me he ido
del lugar en que estaba, aquel que a mi pesar
ocuparon mis propias deserciones.
Llego a un pulcro paraje de apocados,
de inocentes obtusos y seguros
culpables, llego también ufanamente
al territorio de los transgresores.
Allí vuelvo a escapar del que se escapa.
mejor esa infidencia que ejercer de obediente.
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28 de noviembre de 2008
De cristal
Se escuchó un ruido ensordecedor y, al acudir a la cocina, vio como Mercedes se había roto en miles de diminutos pedazos que ahora se esparcían a lo largo y ancho del monocromático suelo. Tras la sorpresa y la difícil reacción posterior, se arrodilló y comenzó a recoger los cristales de un tamaño mayor, dominados tal vez por la transparencia. En su incredulidad, anticipada ya por algún sueño corrosivo que nunca tenía final, flotaba una pregunta ¿por qué cuando se rompe algo frágil hay más segmentos que los que se suponen recompuestos? Pensó que tal vez podría reconstruir dos mujeres en su caso. El cepillo arrastró el resto hacia el recogedor, y con un escorzo lo envió a la basura, ni tan siquiera de reciclaje.Cada mañana Sergio encuentra un diminuto residuo opaco, tras absorber la luz de la luna, en el epicentro de la cocina. ¿Desaparece alguna vez el cristal de un vaso roto?
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26 de noviembre de 2008
Ahondar
Enseguida supe que estando allí, al lado del mismísimo orientador Finisterre, se desprendería una roca enclavada al continente europeo durante siglos, conmigo encima, y por razones de gravedad caería, acariciando con violencia los acantilados para postrarse, no sin salpicar, libre sobre el atlántico. Ni siquiera pude demostrar mi valentía en dar el último paso, sino que fue la tierra la que me arrojó hacia mi pasado. Ahora llevo días navegando por aguas que sirvieron de huida, pocas veces de arribo y siempre para volver a escapar, porque al llegar, uno se siente sumido en una caverna, buscando el pilar que sustente tanta oscuridad, un pilar invisible pero consistente, construido a través de los años, macerado con la sangre de supervivientes y en potencial forma de cruz. Vago por un mar frío que al roce del viento levanta escarcha para congelar el ardor con el que me postré frente al acantilado; con miedo, o simple indecisión, de afrontar el momento en que una ola hunda para siempre esta pequeña balsa y las corrientes me depositen en lo alto de una montaña de cuerpos sumergidos sobre la plataforma del anhelo.Imagen: "Atardecer en Viña del Mar", Pedro Bernal
24 de noviembre de 2008
El Banquete de las Moscas de María Paula Navas-Alarcón
A menudo los escritores buscamos con nerviosismo paisajes literarios que enriquezcan el contenido discursivo de nuestros personajes, paisajes donde las acciones cobren una relevancia épica o por el contrario un simbolismo estético a la manera que Márquez construía Macondo o con la minuciosidad de los horizontes rulfianos. En este libro, el paisaje viene ya otorgado y se convierte en el personaje principal que enreda con su energía al resto, se llamaba El Cartucho y ocupó una almendra central de Bogotá hasta su forzada desaparición en el año 2005 y conversión en el Parque del Tercer Milenio (ese que nunca llega por más que pasen los años), por medio de un proyecto de la alcaldía. El Cartucho fue un lugar real que hoy ya se ha convertido en uno imaginario en la conciencia colectiva de sus moradores. Fue una ciudad con identidad propia, rodeada por un muro invisible pero permeable de forma que el que entraba ya nunca salía, pero el que salía, moría. Fue por tanto una fortaleza, cuya característica común más notoria es que cualquier avance que se producía era un retorno doloroso al pasado. En medio de ese espacio, vivían también los príncipes de la droga, en El Castillo, inexpugnable, donde se cometían todo tipo de atrocidades que se acallaban con el primer rayo de sol. Constituyen por tanto sus habitantes una sociedad que lucha, algunos más que otros, por ganarse un peldaño social después del último de la compleja escalera bogotana. Mensualmente llegaban los camiones de la beneficencia institucional, con mangueras de gran potencia (los mismos que se utilizan para disuadir manifestantes) para, una vez desnudos, arrancar la costra que se ceñía en sus habitantes, “a veces incluso parece que te van arrancando la piel”. Descendemos a los infiernos de lo inverosímil y lo hacemos detrás de la mesa en la que se sienta María Paula Navas-Alarcón, a su vez una trabajadora social del programa de rehabilitación, cuya inquietud e inconformismo la llevaron a saltar esa primera barrera para buscar el germen del arraigo social en los últimos que quedaron allí, incluido ella.
Todos sus personajes responden a las preguntas del Cuestionario de Proust, pero una de ellas, pese a su potencial futuro y a su vez libertad, marca el pasado de todos. ¿Qué le gustaría ser? Martín quiere “ser menos que nadie”, era un chico de familia acomodada que por culpa de una indecisión personal, en mitad de un viaje narcótico, queda enganchado para siempre en la realidad de El Cartucho. Son esos momentos en los que no reaccionas, te defraudas tanto a ti mismo que necesitas quedarte allí para buscarte siempre y que no te encuentre nadie. Ariel, sin embargo a esa pregunta niega, dice “no, yo soy escritor”. Entiende que no le gustaría ser nada más allá de lo que le obsesiona y no se resigna en una eventual negación del ser, lucha por lo que es: escritor; pese a que todo está en contra para su desarrollo, no tiene dinero para comprar el tiempo, no tiene máquina para escribir, incluso sus manos están prácticamente mutiladas después de que los hongos provocados por la recogida de basura derivasen en crónicos y para colmo la policía, en las múltiples actuaciones que realiza, le roban sus manuscritos, esos que no puede escribir pero sobre los que recuerda siempre el inicio: “caminaba Juan por el carril del ritmo…” Y es que Ariel escribe leyendo las historias en las tuberías que arregla o destapa y luego las lacra bien para no dejar pistas. Es la historia de un libro vacío. A Zohe le gustaría ser “de verdad o de mentira, pero algo”, ella sin embargo es una prostituta adicta a la cocaína y que admira a otra compañera que era azafata de American Airlines, juntas sobreviven sacando plata a los hombres importantes, aunque éstos no saben ni donde vive. A veces, no sabe si por su presente o por la cantidad de coca, le sobra el cuerpo (ese que da) y lo que quisiera es dejarlo por ahí para irse por su lado. Elena Helena, cayó allí por la dura crisis en su Cartagena natal y desde ese día, tiene fríamente calculados los días que cree que pasará allí. En su diario, que encabeza sin embargo con el recuento de días que lleva, anota con minuciosidad todos los sucesos (asesinatos, secuestros de bebés, etc) que veía desde la esquinita donde vendía su mercancía. Sin arrepentimiento le gustaría ser “la que fui”. El Deudo es un líder de zona que se encarga de mantener la dignidad de los ñeros, aun muertos, e intenta reivindicar sus muertes a las autoridades como símbolos de resistencia contra el alcalde que quiere hacer desaparecer El Cartucho, esa es su voluntad “ser yo mismo, pero cada vez mejor para servirle a la Comunidad”. Jesús es un jíbaro de la olla más grande de El Cartucho, un resistente de verdad, él no se mezcla con chantajeados. Estudió algunos años de Derecho y pronto supo qué hacer en la práctica con su vida: vender, estar al servicio de los consumidores, que nunca descansan, como él. Se dio por vencido y aprovechó la ayuda de transporte de la alcaldía para ir de vacaciones. Ahora piensa si lo que le gustaría ser es “en vista de las circunstancias, de pronto abogado”. Jairo es uno de esos jóvenes de un Cartel, que un día entraron a El Cartucho a hacer un recado y no volvió a salir. Su caída fue tan grave que lleva diez años encerrado en una habitación sin ventanas en las que hace pequeños orificios para intentar ver el mundo sin que por ellos quepa la serpiente que le busca para enrollársele en el cuerpo. Él ya no puede cambiar y muerto, sólo espera el tiro de gracia, por eso le gustaría ser “libre”. El Calvo era el cuidador sigiloso de El Castillo, paseaba y observaba todo lo que había extraño a su alrededor e informaba. Por la noche habitaba en las mazmorras, haciendo figuras de yeso bajo la única luz de una bombilla y la mirada atenta de sus doscientos gatos que nunca habían salido de allí y que fueron sepultados cuando se demolió El Castillo; a él le gustaría “ser más escultor que campanero”.
Todos estos personajes reales fueron los últimos en abandonar El Cartucho, aquel barrio inquietante a muy poquitas cuadras del Palacio Presidencial, a su espalda, en Bogotá. Este libro cruzó el Atlántico, desde allá, con una dedicatoria muy especial, “un poco de realidad colombiana para un ser que comprende, entiende y siente”. Me lo enviaba una persona muy querida que acaba de dar a luz un bebé (Joaquín) que mañana, gracias a María Paula Navas-Alarcón y al Grupo Editorial Norma, será también, como hoy lo soy yo, el último en salir de El Cartucho.
“El Banquete de las Moscas”
María Paula Navas-Alarcón
190 págs
Primera edición: septiembre de 2006
ISBN: 958-04-9564-5
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21 de noviembre de 2008
Cómo como peces
Mientras, C. asiste con asombro a la auto-mutilación de Y., que une cinco anzuelos y se los inserta en la garganta, amarra con firmeza el sedal de todos ellos en su mano derecha y tensa, tensa, tensa hasta desgarrar las cuerdas vocales mientras sus ojos se van tiñendo de la sangre del sufrimiento, mezcolanza del presente y del pasado. Cae al agua, las burbujas trepadoras de oxígeno se han teñido de carmín y Z. tiene que agarrar la caña, recoger el sedal y rescatarle de un mar en el que algunos peces siguen nadando heridos. En cada hombre habitan pedazos de carne desollada.
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19 de noviembre de 2008
Somos un error peligroso (más allá de las imperfecciones que creamos)
Estoy escribiendo esto y lo hago con el miedo de que suceda otra vez. Al finalizar la escritura llega el primer mensaje de lo que hemos hecho, es decir, pareciera que siempre esperamos con miedo que un acto de libertad, como pudiera ser publicar, sea el formato que sea, tenga que tener obligatoriamente una respuesta. Yo me intento designar en el anonimato sustantivo. Escribo, cuento, digo, seguramente para arrepentirme dentro de unos días, pero siempre sucede otra vez. No puede ser que la creación en sí misma se haya convertido en contestataria desde el mismo momento en que es lanzada a un mundo globalizado, opinante y en su voracidad, perverso. Y así sucede una y otra vez. Terminas de escribir algo, una reflexión, un pensamiento, en definitiva, una preocupación, y la forma de exteriorizarla es pulsando el botón naranja denominado “publicar entrada” (nunca antes fue tan fácil). Ya intenté sin éxito sustituir la denominación del susodicho, en este tentativa loca por renombrar las cosas para cambiarlas de sentido o al menos para armonizarlas en función de la ficción en la que habito; mi nombre elegido era “gritar”. Lo que nunca pude imaginar era que tal acto iba a tener su primera repercusión en mi email personal: una notificación ipso facto de la publicación, que de forma inocente quiere informarme de que un contenido habita libre en el blog, llena un espacio más del libro vacío. Lo más asombroso de todo es que dicha comunicación se produce, muy al contrario del resto de emails que recibo, remarcada en un color rojo alarmante junto con una señal parecida a (x) y con un recado resaltado sobre un fondo amarillo que reza: “este mensaje podría ser peligroso” y matiza de forma objetiva “y puede causar serios problemas en su equipo”. 17 de noviembre de 2008
Día de Perros
UNA CUESTIÓN DE PERROS
por Juan Carlos Gómez
Hace más o menos dos lustros, Eugenio Noworyta, mejor dicho, el Camaleón, por aquel entonces Embajador de Polonia en la Argentina, en el medio de una conferencia muy seria que estaba dando en el Centro Naval de Buenos Aires, relató la historia del encuentro de dos perros, uno checo y el otro polaco. Los pichichos se encuentran en la frontera, el perro checo está bien alimentado y va camino de Polonia, al perro polaco se le ven las costillas y va camino de Checoslovaquia: –¿Adónde vas, pregunta el perro checo; –Voy y a ver si puedo comer algo, ¿y vos?; –Voy a ver si puedo ladrar un poco.

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14 de noviembre de 2008
Interpretar desde el silencio
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11 de noviembre de 2008
Esas cosas tan cotidianas como fantásticas
Sumergido en la lectura de los últimos cuentos de Monzó, es difícil apartar la vista hacia algo, por más que haga gestos obscenos para captar la atención. Aquella pelusa apareció recorriendo la superficie que poco antes había pisoteado, víctima de un nerviosismo contagiado de cualquier pensamiento futuro. Al poco tiempo, y una vez concluido el cuento “La llegada de la primavera”, más o menos en la mitad simétrica del libro que no la estructural, la pelusa se posó en un espacio contiguo a mi pie. Aparté la mirada del libro para constatar el hecho casual de que la luz, que entraba por el intersticio que dejaba la puerta de acceso a la única habitación exterior de la casa, se proyectaba amargamente sobre aquella maraña de pelos, dotándola de una relevancia que no le correspondía más allá de mi sonroja, una relevancia que podíamos catalogar de opaca. Era un vulgar día de invierno. Como no podía ser de otra forma, abandoné mi lectura, sin saber el tiempo, y me incliné hacia tan preciado habitante, sagaz luchador y no menos valorado fuguista de los quehaceres cotidianos. Al hacerlo, sentí que yo mismo me enredaba en su textura; cada hilo que lo formaba se convertía en un conducto sinuoso que no conducía sino a otro más maléfico al que me amarraba con el propósito de encontrar un cabo del que tirar y desenredar aquella cúpula en la que me había introducido y cuya finalidad de poseerla en su rectitud yacía en mi ignorancia.
Por suerte, a la mañana siguiente, recibí un e-mail de Juan Carlos Gómez, el mayor de los gombrowiczidas, al que hoy no puedo sino considerar mi amigo (dado lo fantástico de la situación). Él había resuelto sus problemas en cuanto a la búsqueda de una idea única que explicase a todas las demás en gran parte gracias a la sencillez con la que su amigo Gombrowicz (mi obsesión “diaria”) explicaba cómo las ideas insignificantes y sin entusiasmo nos llevan a pasear por todo el universo.
No tengo nada más que decir que no sea la recogida de dicha pelusa que me incluía dentro y el pensamiento aprehendido de que “el buen tiempo invade la suciedad de los días feos” (Witold Gombrowicz, “Diarios”)
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