29 de enero de 2009

El silencio de Ulises


Imagen: "El Resto". Conrado Arranz.




Para E.A.
gracias a Ulises.



Hace tiempo que no sé de Ulises y me temo lo mejor. No ya por la ausencia que sin duda impregna este blog, que a su vez funciona por impulsos de un muelle llamado necesidad. Esto hace deducir que últimamente dicha necesidad no es tan honda, o se queda flotando en el vacío de un cuerpo con cierta inercia o simplemente que el silencio, la mayor parte de las veces, es el opio del escritor.


La última vez que estuve en la Ciudad de México, hace unos meses, (nunca sé cuándo realmente abandono esta ciudad) quedé con Ulises Montano. Admito que tuve miedo de no encontrar a nadie al otro lado de la línea de teléfono que aún conservaba; pero lo cierto es que le funcionaba su viejo celular, al que apenas le dio unos meses más de vida (supongo que a día de hoy habrá terminado en una basura o en un tianguis anónimo, como casi todo lo que a él le gusta). Nos vimos en la Roma, tras un aguacero de los que recuerdan el origen, que propició mi demora y por tanto que encontrara a Ulises ya con la mirada perdida en una mujer que mostraba sus piernas en la barra. Nos vimos en la Roma pero pudo haber sido en cualquier otro lugar que hubiera tenido unas cervezas decadentes (tipo tecate) para de esa forma abrazarnos a una buena copa de vino chileno que se repetiría por mágico influjo cada cierto período de tiempo que en la noche tiende a ser infinito, luego iríamos a un concierto de jazz, según prometió.


En la mesa, y ya vencidas las timideces propias de los amigos que no se ven desde hace un par de años y que se escrutan cada nueva arruga pensando si algún día no existió, comenzó a contarme las últimas predicciones, las que al parecer ya había contado a una tal Juana, o Inés no recuerdo bien, pero que no le había prestado atención. Un sorbo y un pequeño avión privado caía, “no pasará nada, tantitos cinco muertos”, decía “oficiales, carnalito, oficiales, nunca se sabrán los pobres a los que todo cae, los limpiavidrios, limpiabotas, limpiaimágenes, sucios de aspecto, qué más da, más se perdió en Tlatelolco ¿no crees?”. Sus videncias siempre se convierten en monólogos interminables, durante los cuales dejo mis lentes encima de la mesa, para escuchar mejor y no distraerme, son todas aquellas profecías que un día me prometió plasmar aquí, en “El Libro Vacío”.


Con estrépito nos interrumpió un payaso mudo. Nos entregó un papel que ponía: “quiero seguir siendo un payaso pendejo”, mientras sonreía; recuerdo que en ese momento agradecí que no hubiera puesto la coma del vocativo antes de la palabra pendejo y la tuve por tanto que entender como un adjetivo de esos que tanto gusta usar por estas tierras; de cualquier forma, pensé luego, tampoco me hubiera importado. Con la misma cara sonriente me miraba ahora Ulises, tal vez intuyendo mi pensamiento. El payaso mudo se fue y nosotros estuvimos así, en silencio, horas, sorbo a sorbo. Recuerdo que recorté algunas hojas de mi libreta verde en pequeños trozos y los repartí entre Ulises y yo. Estuvimos escribiendo durante un largo tiempo. Él terminó primero, siempre lo hace. Se levantó y fue dejando los papeles por las mesas del bar, después volvía a recogerlos con una sonrisa, sin palabras, mirando los ojos de la gente que a él esquivaban. Los últimos fueron una pareja alternativa, joven, parecían enamorados. El hombre miró a la cara de Ulises y esbozó una ligera sonrisa, tierna, algo seductora, poética. Ella, al verle, giró su delicado y pálido cuello hacia la ventana. Ulises, despojado ya de la diferencia, levantó los dedos y le hizo la señal de la cruz, recogió el que era el último pedazo de papel anotado de la mesa y se marchó. Con el portazo terminé de escribir los míos. Hice mi reparto silente mientras Ulises se difuminaba lento en los perfiles simétricos de las calles que se clavaban en la colonia Roma.

21 de enero de 2009

Memoria y tra(d)ición

desde la ambivalencia


Sé lo que le está pasando por la cabeza. Regresará a esa ciudad bendita y maldita a la vez, encontrará que nada ha cambiado desde su partida, como mucho alguna carretera se elevará de nuevo al cielo como solución sostenible y volverá a ver los tejados de cientos de casas a sus pies, a lo mejor con suerte ya está proyectado un tercer piso sobre el periférico, cuitas del destino, ya sabe que descender a los infiernos en la Ciudad es imposible, encontrarían agua divina, por eso el infierno lo vivimos aquí arribita, al mero lado de uno, en cuanto menos se lo espera alguien le sonríe con una máscara de tela, sólo Mariana era capaz de dibujar una sonrisa de carmín en ella. Luego los carriles bici también ascienden destrozando las piernas, el caso es sufrir para ascender, que para el llano ya están los motores. Sé que lo recuerda, no disimule, su tránsito por la calzada Ignacio Zaragoza, que por aquellos tiempos desprendía un olor gris y rancio a despedida, tal vez provocado por las constantes lluvias veraniegas, sí, también por encima de los tejados, hoy más desgastados que nunca, créame, por la devaluación, que encarece entre otros el papel higiénico hasta límites insospechados, ya ni siquiera podremos limpiarnos el culo y lo peor es que se escocerá sin duda y tendremos que andar con las piernas abiertas para burla de nuestros representantes. Pero esa carretera sigue alzada para el acceso al aeropuerto; los pilares que la sustentan sirven de puntos de apoyo a las casas indecentes y asfixiantes de cientos de familias que con el ocaso acudirán a las verjas transparentes del Benito Juárez para observar cómo despegan los aviones mientras muerden con violencia sus elotes. Y llorarán de nuevo amigos, usted por pisar otra vez esos cientos de tejados antes de marchar con impotencia y ella por desprenderse de los brazos, amorfos ya por sus intentos desesperados de estirarse hasta cruzar el océano. Ándele, pero sonría pues. Usted se irá.

13 de enero de 2009

Una oportunidad para dejar de existir


Imagen: Conrado Arranz. "Arbusto con trenza roja bajo la nieve de Madrid. Nieve de enero de dos mil nieve"


A mi padre, con la admiración y
el cariño que inspiran los hombres buenos.




El viernes nevó en Madrid. Amaneció un día en compás de rutina mecido con el ritmo de ir-y-venir de cualquier funcionario de a pie que se preste. Polvos brillantes arrojados en conciencia desde el abismo pero con la sorpresa de caer desde lo alto deslumbraban en la grisura de la polución que, por tiempo de una semana, se había decidido acostar sobre Madrid. El colchón era espeso como los de lana de oveja que tan sólo en una ocasión pude probar. De oveja negra, por supuesto, y de calidad rural. La debilidad de ese polvo atravesaba el colchón enfurecido y se posaba dócil sobre las aceras. Yo veía, durante el primer café, como el vaho empañaba mis lentes y depositaba una imagen borrosa y plácida sobre la calle que a desgastaba la percepción. Roberto Gascón seguía desviando mi atención en forma de miles de letras acumuladas que definían y limitaban un perfil psicológico complejo pero a la vez nítido para un pesimista como yo. Este último juicio sobre mí lo confirmó mi padre el domingo pasado cuando, poco antes de comerme el primer garbanzo del cocido, me servía dicho tocino aún sin el tiempo de cocción necesario. Era comprensible e incluso me lo tomé como un piropo… ya que me impulsó a escribir esto mientras todo el mundo ahí fuera yace exhausto de sonreír, saltar, jugar, divertirse durante horas por ver cubierta la podredumbre de un deslumbrante color blanco que días después será arrojado contra los ojos tristes de cualquier humilde, ante un sol inconformista que perdió protagonismo. Y digo que sólo una vez aparté la vista del libro que me ocupaba en aquel bar, el Lusitania, donde siempre ocurre todo, para comprobar que todas las parcelas donde los humanos desperdician momentos de su vida habían quedado cubiertas de un manto pulcro, virgen, que me condenaba al silencio más oscuro. Al salir, por obligación que no por cordura, un ir-y-venir de huellitas desfilaba con el propósito de encontrar refugio; las que buscaban profundidad por pertenecer a hombres y mujeres obesos se cruzaban a lo largo de su huida con las que apenas dejaban brochazos de su peregrinar, a veces unas más diminutas y nerviosas pintaban como gotelé los diferentes caminos, pobres perros, con sus delicadas esponjas abrasadas de escarbar para encontrar algo. Todas las marcas se dirigían a diferentes parcelas. Creían que no me iba a dar cuenta de que, bajo las mismas, había enterrados miles de cadáveres, desnudos o provistos de todos sus enseres materiales, viandantes, gentes de interés e interesadas, acompañadas de todos los pícaros de pan bendito, dormían plácidamente la eternidad bajo la tierra, ahora recubierta de una cada vez más gruesa manta de hielo. Pero siempre se reconocen los pasos que conducen al asesino, siempre transitan de forma desacompasada, inquieta, excitante.

No termino de recordar qué pensó Gombrowicz de la nieve en sus diarios, pero sí tengo alguna vaga referencia, borrosa, fría, frágil y sobre todo distante; sé que Juan Carlos Gómez un día me enviará un e-mail para contármelo, se llamará “Witold Gombrowicz y Robert Walser”, quién si no, o incluso el propio Mateo me echará una soga en ese intento; porque yo tengo claro que soy un inepto que con prontitud olvida lo que un día inundó de deseos el vacío. Lo borro, se borra, me borra al igual que la llamada que acabo de recibir en este momento, una señora ansiosa de encontrar a su marido a las once de la noche, me ha llamado Andrés, podría haber hecho la rima fácil y contestarle que no se preocupe, que llegará a fin de mes, con un salario o no bajo el brazo, tiempos fríos corren, pero simplemente le he dicho que se había equivocado de número, había marcado un cero de menos.

El pasado viernes perdí una oportunidad de esas que los más viejos llaman fáciles pero que acompañan con un refrán castellano, “blanco y en botella”; una oportunidad que me daba señales a cuenta de los copos que se iban haciendo visibles; una oportunidad para comenzar a andar, con paso pausado, constante, armónico, girar por la calle de la cebada hasta dejar atrás los últimos edificios que con esfuerzo se agarran a Madrid buscando ser algo y seguir caminando sobre las blancas alamedas, emprender mi camino hasta caer desmayado sobre la nieve; sentir la congelación de todas las ideas estúpidas que cada vez más asiduamente pueblan mi cabeza, ser inconsciente de perder el habla o ganar la mudez y quién sabe si ser encontrado por otro desesperado rastreador de huellas durante la próxima nevada y yo, convertido en arbusto con reflejos de un rojo encadenado, poderle susurrar que se ha equivocado, que ya no existo.

11 de enero de 2009

Presentación de libros















El próximo jueves 15 de enero, a las 20:00 horas, en la librería El Bandido Doblemente Armado --> C/ Apodaca, 3 (Metro Tribunal y Metro Bilbao).

Se presentan los libros de relatos del Taller ACE 2008:

1. la soledad
2. la crueldad

con la asistencia de los autores:
María Cruz Vilar Ruiz
Andrés del Arenal
Conrado Arranz
Marta Robles
Teresa Galeote
Minke Wang
Twiggy Hirota

Será una presentación breve y entre amigos para luego tomarnos unas cañas, charlar sobre literatura, ponernos al día y organizarnos para el 2009.

Os esperamos.

5 de enero de 2009

Sara, en su isla

“Es tarde, se hizo de día, menos mal que está nublado”
(“Los aviones”, Andrés Calamaro)



Acostumbraba como regocijo a sentarse en un banco a los pies de la ladera cuyo fin era el mar. Desde allí, dejaba rodar un canto hasta que se precipitaba por el acantilado. Su cara coincidía con la verdad que buscaba y ocultaba, sin apenas concierto, el ser atribulado. Desde su banco iba escuchando las historias de los viajeros que acudían para conocer las fantasías que un día un viejo escritor plasmó en un libro. Eran viajeros vetustos y sabios mientras que ella todavía no conocía las arrugas más allá de sus ojos cansados. Los viajeros contaban y ella con su silencio daba consejos; nadie, salvo un muchacho de su infancia, conoció nunca el timbre de su habla. En su altura el viento encumbra su pelo ondulado para sustituir las palabras que un día, presas de sí mismas, decidieron hacer bandera en el interior de Sara.

Hace ya dos años que huye y el cansancio apenas es sofocado con el eco de las olas al acariciar la arena, un arrullo que termina por dormir a Sara y la confina durante el día en su destino de duna y juego infantil en la playa, hasta que en la noche el agua limpia en la crecida su cuerpo blanquecino y muestra el espejo con el que la luna quiere caminar por tierra firme, sola en la isla cuyo insondable mar es el único límite.

2 de enero de 2009

Breviario de la tierra III

Se cerraron los párpados de golpe tras el cansancio al que me sometieron las escuchas diurnas. Excavadoras y hombres, palas a mano, máquina y ser, construyendo futuro. Bajo la estética de los muros, que son limitaciones de espacio, se encuentra la ética de las zanjas, límites del ser humano, que se abren a discreción para enviarnos cabeza abajo hacia la desaparición.


30 de diciembre de 2008

Breviario de la tierra II



Cuando concluyó de rasgar la atmósfera con sus frías manos, gritó como víctima de una senectud inmadura. El eco de la Vía Láctea puso fin al sueño de los humanos.

29 de diciembre de 2008

Breviario de la tierra I



Era temprano como para haberlo escuchado y salir a la ventana a observar el procedimiento natural por el cual un avión dividía a su paso el horizonte en dos. Carlos bajó a la calle para constatar, por la base de las edificaciones, que se había quedado en el lugar más tenebroso.

23 de diciembre de 2008

Las batallas en la ciudad

La puerta retumbó a mi espalda y la onda expansiva terminó por darme la bienvenida. Mi intención no era sino sentarme en alguna mesa de un perdido rincón del bar para disfrutar de la lectura de “Las batallas en el desierto”. Quien piense un poco más tarde que nunca debería haberlo hecho, uso ya para mi descargo el útil narrativo de anticipar la unicidad del bar en una melancólica tarde madrileña en la que no todos los locales de diversión estaban dispuestos para un no menos amenizado público. Estaba dentro y el ambiente estruendoso, lejos del contagio, se discernía entre lo extraño y lo ambiguo. Senté, pues era mi menester en dicha tarde de espera; Andrés tardaría en llegar aún una hora. Fue pronta mi observancia en las orejas del resto de dadivosos, que lejos de mostrar sus defectos, eran cubiertas por plásticos negros, agresivos a una mirada veraniega. Pese a ello, podían establecer una comunicación con sus congéneres, no exenta de ciertas dosis de normalidad que aún no llegaba muy bien a entender. Pronto se acercó el amanerado camarero, cuyos brazos y manos schielerianas recogieron con premura la mesa. “¿Qué auriculares le pongo?”. Un café con leche, respondí con sonroja de no haber entendido bien su pregunta. Comenzaba a estar en sintonía con la situación. Él trajo el café después de que me percatara por las ubicuas miradas de los clientes, de que cada uno decidía qué escuchar en ese bar. Así, una pantalla mostraba vídeos de Alejandro Sanz, que a su vez posaba con el presunto dueño en una foto que presidía el local, otros miraban un partido de fútbol en la otra pantalla; algunos de vez en cuando movían de forma acompasada la cabeza y la giraban después al techo como dando gracias; otros preferían amarrar con sus manos los cascos como gesto de concentración ante lo que un presumible comentarista les estuviese contando. “¿leche caliente o fría?”. Los del silencio por favor, contesté. Cuando el libro concluyó me levanté con profunda melancolía y salí a la calle, un zumbido constante me recordó que Andrés seguramente ya se habría ido.

19 de diciembre de 2008

Perfil

De pequeño pinté una línea por la que poder caminar, era una línea que abarcaba cientos de folios en blanco y que de repente se vieron partidos en dos de forma asimétrica. Los primeros pasos no los recuerdo sino hasta los veintidós años cuando sobre esa línea encontré una mujer que me obligó, sin ella saberlo del todo, a mirar hacia abajo, pude ver que la línea estaba dibujada sobre un fondo blanco si bien a cientos de kilómetros de profundidad. Por eso, cuando ella se apartó para que yo pudiera seguir caminando, la línea adquirió un sentido ascendente que a la vez era un viaje al interior. Detrás quedaron estudios que me cualificaban como licenciado en Derecho, seminarios, ilusiones materiales, amores imposibles, trabajos vergonzantes, miseria humana que daba vueltas en círculo y que sigue asomando de vez en cuando; una serie de artificios que, como cantos lejanos, iban abandonando la línea que tracé, haciéndola cada vez más liviana y fina. Esa línea desaparecerá un día y será el momento de recoger los cientos de folios en blanco para recomponer, tras su costura, el libro vacío.

17 de diciembre de 2008

Hielo

Poco antes había puesto la palma de mi mano sobre la pared y las líneas que predicen muerte y recorridos vitales hirvieron ante el estímulo. Luego me senté frente a la mesa del salón, baja y carcomida por ácidos que invitan a placeres olfativos, y sobre uno de los cercos puse mi vaso transparente, casi desbordado por la presión que ejercía sobre el líquido un hielo en forma de serrucho cuyos dientes afilados parecían cortar la imagen en dos. No pude sino fijar la mirada en el hielo y allí me perdí en el leve degradar de sus paredes. Lo último que percibí fueron los cristales de mis lentes, reflejados en el espejo que flotaba cuando apenas ocupaba un espacio mínimo sobre la superficie y el agua seguía luchando con los bordes, barreras impuestas por lo material. Luego me alcanzó la ceguera y sólo pude sentir cómo se desbordaba el agua cuando el último grano sólido se integraba en el fluido cuyo objetivo último era estar dentro de mí y luego salir ardiendo.


"y siendo ciego me alumbró y adestró en la carrera de vivir"
("La vida de Lazarillo de Tormes", Anónimo).

15 de diciembre de 2008

Carceleros


Para Jesús B.

Descorre el latón oxidado que cubre la oblonga mirilla de la celda. Su cabeza retrocede con cierta violencia y vuelve a pegarse a las rejas. Dice algo que no llego a entender porque el frío metálico se traga las palabras. Cierra de golpe el metal y lo vuelve a abrir como si fuese un juego de niños e intentase encontrar a alguien dentro. Dudo que éste tenga las mismas ganas de jugar. Grita. Me acerco sigilosamente por su espalda con miedo a ser reconocido aunque seguro de mi omnipresencia. Él parece que habla para sí mismo y entiendo: “no puede ser, no puede ser, dónde está”. Apoyo mi barbilla sobre su hombro, me gusta el contacto con los personajes, de él me llega su sobrio aliento consternado. Dentro veo como un preso se retuerce en su mudez con los brazos envueltos en una camisa de fuerza blanca. Pronto llegan nuevos carceleros alarmados por los gritos de su compañero. Pierdo visión alguna con el preso y ellos parece que nunca la tuvieron.

12 de diciembre de 2008

Vida y muerte, analogías en torno al placer y al silencio

La muerte es una estrecha mancha de semen aún caliente de pasión.


A raíz del acontecimiento calló y no volvió a hablar nunca. Los usuarios iban, venían, comían, se aseaban, dormían y él seguía callado tras verlos. Alguna vez antes del suceso me comentó que el día que no tuviera nada que decir nada diría, y yo recuerdo que fue una frase que me abordaba especialmente cuando, nadando en los grandes almacenes, en los angustiosos días navideños de Madrid, los humanos se empeñaban en gritar, exclamar, percutir en mis oídos ya hundidos en un mar de dudas materialistas. No abandoné la frase hasta que le ocurrió aquello y pude comprobar que era posible no tener nada que decir. En mis posteriores visitas me sentaba frente a él, fijábamos nuestras miradas y yo veía, a lo largo de las horas, pasar por sus pupilas todos los sentimientos; sus lágrimas finales, en mi despdida, eran irremisible cita a Manrique y el trayecto de bajada a través de las oscuras escaleras del sanatorio lo ocupaba en pensar el camino que recorren las lágrimas que surgen del corazón, y no sabía bien si pasaban por la traquea en su transmutación de sistemas o si por el contrario eran transportadas a través de pequeñas arterias en dirección al cerebro. La señorita de recepción confirmó mis miedos. Mi tío, pese a lo que le ocurrió, era el más feliz de toda la residencia y frente a él desfilaban, todos iguales, los vivos de habitaciones contiguas y los muertos cubiertos por lánguidas sábanas blancas para olvidar la soledad que padecieron sin quererlo. Él los mira, cierra los ojos, respira profundamente y sigue callado, callado de placer.



“Tras el pavor del morir
está el placer de llegar.
¡Gran placer!
Mas ¿y el horror de volver?
¡gran pesar!”

Antonio Machado

10 de diciembre de 2008

Revuelta

Se dedicó minuciosamente a cortar la piel de la anestesiada. Era la primera vez que usaba un bisturí y encontró cierta recreación; aquella cuchilla mágica que rasgaba, para después sesgar la dermis blanquecina separándola así de la grasa. Un hilo fino que iba dividiendo el cuerpo en dos. Extrajo, tras la operación, una membrana que contenía los rasgos esenciales de la bella mujer que años antes conoció en los pasillos de un lúgubre hotel. En la camilla, la materia sin protección, cobraba su propia vida, ajena a la atmósfera fría del quirófano alquilado. Después enhebró una fina aguja con un largo hilo que anunciaba la violenta unión. Superpuso la piel al cuerpo desprovisto de personalidad, pero lo hizo ligando la suavidad a la materia, o lo que es lo mismo la piel al interior, y comenzó a coser muy lento, pausando en los órganos erógenos para conservar cierta satisfacción. Concluyó más allá de la medianoche. Despertó días más tarde cuando el dolor de la sutura había cesado. Por la calle, todo el mundo se fijaba en ella pero en los ojos de los viandantes descifraba el horror propio de una pesadilla. Nunca habló con nadie hasta encontrarse con él, otra persona con la piel vuelta, cuyo único rasgo caracterizador de su masculinidad era la voz. Se encontraban todos los días en el parque, y en los años sucesivos se iban incorporando trozos de carne anónimos que platicaban, se abrazaban, reían y parecían no esperar nada a cambio.
Ella me dijo que lo que más le costaba era mirarse el interior, otros lo hacían constantemente.
Imagen: Exposición "bodies the exhibition"

7 de diciembre de 2008

Evité un crimen escénico

Después de muchos años de ausencia, alejado sin querer o a propósito de una incomprensible enfermedad, volví a reencontrarme con él. Ya no lo veía con la misma óptica después de la intensa función del pasado viernes. Él me miraba y yo intuía cierta pena, recelo o sencilla necedad en su gesto, entendí por otro lado que era semejante al papel que representaba, aunque en realidad se encontraba tan cerca de mí que sus gestos no guardaban la suficiente distancia como para poderlos interpretar. Al fin y al cabo no le quedó más remedio que formular la precisa frase, tras segundos de incertidumbre, que le abalanzaría sobre mí, “querido amigo” y me abrazó con una desgana propia del cansado y afligido. Yo le correspondí puesto que era fin y no cordialidad. “Cuánto tiempo” y apretaba con mi cultivado brazo su cuello mientras que su olor iba convirtiendo en vapor mis lentes. Unos leves accesos de tos, que parecían semejar la incredulidad del reencuentro, me dirigían por el camino de oscuridad que había decidido emprender mientras le observaba. Una cortina negra, a modo de fin de escena, se apoderaba de su mirada y ocultaba para su vida lo que a mi espalda había dejado momentos antes. Miento si no confirmo que intentó sacar las pocas fuerzas que le quedaban después de la intensa representación, pero fueron escasas para mis años de estrategia. Cuando terminó el abrazo que sellaba el cruce, cayó a mis pies, resonando como expiación el golpe de su cráneo contra el cemento mojado. La siguiente función había congregado a cientos de espectadores a la entrada del teatro; se habían hecho eco de las críticas aparecidas en los principales magazines culturales de la ciudad. En la puerta, un letrero con fondo blanco amarrado con cuerdas en las verjas de la entrada, rezaba: “Se suspenden las sesiones debido al inesperado asesinato de Raskolnikov”. Allí empezaba la reafirmación de mi teoría y el inicio de una huida cuyo fin no encuentro.

4 de diciembre de 2008

Tiempo

Sumido en el misterio de la búsqueda de un sentido al camino recorrido concluyo mi olvido. Las sensaciones de búsqueda del inicio son las que reflejan mis devoradas uñas, en apariencia mordidas, pero en sustancia gastadas de excavar en tierra arraigada. Mientras, el tiempo acaricia mi espalda, sonriente, emitiendo un murmullo semejante a la brisa pero en realidad burlesco e indescifrable. A veces me doy la vuelta y ya no está, son esos momentos en los que me vuelvo loco y mis manos rascan sin mesura para no encontrar nada.


3 de diciembre de 2008

Duda a la creación

Crear las cosas por nosotros

mismos, es acto de negación

de la existencia de Dios.

Libres de redención,

por eso creo, amigos ¡creamos!



1 de diciembre de 2008

Del noble arte de facer política

…y de los problemas que éste entraña.

Todos los pueblos, al fin y al cabo tienen sus propios oráculos, o mejor podría decir que hay overbooking de “sacerdotes” que intentan asumir ese papel de interpretación de las verdades que provienen supuestamente de la deidad. En este campo de batalla, los hay quienes parten con ventaja de fe, encabezados por ilustres con báculo, mitra y anillo, dicen tomar café a primera hora de la mañana con el mismo culpable y codificador de mensajes, para posteriormente trasladarlos al púlpito de forma retórica y perdiendo la condición de hombre.

Pero hay otro grupo receptor de mensajes, teóricamente más sensibles al sentir de la sociedad, puesto que los elegimos de vez en cuando, y son aquellos que cívicamente conducen nuestros designios hacia la verdad (algún día podemos tratar tan enigmático y ubicuo término). Unos guiados por la interpretación de la avariciosa mano mágica que mece la cuna en la que dormimos y en la que sólo se escucha algún extraviado sollozo insensible al oído del resto; otros guiados por la misma mano pero en cuyo dorso se aprecia escrita la palabra conciencia con letras minúsculas; y los últimos, perdidos en la búsqueda de una interpretación que les mantenga vivos fuera del sistema pero actuando en él (lo que a la vista de cualquier iletrado como yo resulta bastante ambiguo).

El caso, para no ser muy reiterativo, y no escribir más de lo que merecen que diga, en la antigua Grecia normalmente, al menos coincidiendo con el auge de la poesía como ciencia elevada, los sacerdotes y sacerdotisas, encargados de la labor interpretativa, codificaban a través de ella los mensajes llegados por medio del oráculo. Eran, por tanto, los encargados de evacuar mensajes cifrados por medio de la poesía a la individualidad o a la colectividad para prepararlos de sus designios. Dichos mensajes, especialmente por la trascendencia social que tenían, poseían una forma clara a fin de que pudieran ser entendidos por todos y ser libres de interpretaciones perniciosas y subjetivas. Pero (siempre lo hay) había una excepción (siempre la hay también) por la cual estos interpretadores podían codificar poéticamente de forma más compleja dichos mensajes: cuando era un gobernante el que consultaba sus planes con el oráculo, y éste arrojaba conclusiones desfavorables a los mismos. Por miedo a la reacción.

Hoy tengo la sensación de que por más mensajes que el oráculo contemporáneo arroje con fuerza sobre nosotros, el noble arte de facer política, no sólo se empeña en no descifrarlos, sino en hacer lo contrario de las acciones que beneficiarían al común de la sociedad. Pues bien, a todos ellos, sacerdotes y sacerdotisas, Pitias o Sibilas, del noble arte, les dejo esta poesía de Caballero Bonald, de su “Manual de Infractores”; aunque siento que es el eco de una piedra lanzada al océano de canto.


Huyo a veces de mí
J.M.Caballero Bonald

Huyo a veces de mí sin darme cuenta,
huyo de mi deshonra
y a escondidas,
y a veces huyo sin saber adónde.

Casi siempre me acerco hasta algún súbito
reclamo del pasado y sin embargo
me pierdo en los penosos
suburbios de las negligencias.
allí donde conviven victimarios y víctimas
y nadie reconoce al fugitivo.

Quédate donde estás (me oigo decir),
pero yo ya me he ido
del lugar en que estaba, aquel que a mi pesar
ocuparon mis propias deserciones.

Llego a un pulcro paraje de apocados,
de inocentes obtusos y seguros
culpables, llego también ufanamente
al territorio de los transgresores.

Allí vuelvo a escapar del que se escapa.
mejor esa infidencia que ejercer de obediente.

28 de noviembre de 2008

De cristal

Se escuchó un ruido ensordecedor y, al acudir a la cocina, vio como Mercedes se había roto en miles de diminutos pedazos que ahora se esparcían a lo largo y ancho del monocromático suelo. Tras la sorpresa y la difícil reacción posterior, se arrodilló y comenzó a recoger los cristales de un tamaño mayor, dominados tal vez por la transparencia. En su incredulidad, anticipada ya por algún sueño corrosivo que nunca tenía final, flotaba una pregunta ¿por qué cuando se rompe algo frágil hay más segmentos que los que se suponen recompuestos? Pensó que tal vez podría reconstruir dos mujeres en su caso. El cepillo arrastró el resto hacia el recogedor, y con un escorzo lo envió a la basura, ni tan siquiera de reciclaje.

Cada mañana Sergio encuentra un diminuto residuo opaco, tras absorber la luz de la luna, en el epicentro de la cocina. ¿Desaparece alguna vez el cristal de un vaso roto?


26 de noviembre de 2008

Ahondar

Enseguida supe que estando allí, al lado del mismísimo orientador Finisterre, se desprendería una roca enclavada al continente europeo durante siglos, conmigo encima, y por razones de gravedad caería, acariciando con violencia los acantilados para postrarse, no sin salpicar, libre sobre el atlántico. Ni siquiera pude demostrar mi valentía en dar el último paso, sino que fue la tierra la que me arrojó hacia mi pasado. Ahora llevo días navegando por aguas que sirvieron de huida, pocas veces de arribo y siempre para volver a escapar, porque al llegar, uno se siente sumido en una caverna, buscando el pilar que sustente tanta oscuridad, un pilar invisible pero consistente, construido a través de los años, macerado con la sangre de supervivientes y en potencial forma de cruz. Vago por un mar frío que al roce del viento levanta escarcha para congelar el ardor con el que me postré frente al acantilado; con miedo, o simple indecisión, de afrontar el momento en que una ola hunda para siempre esta pequeña balsa y las corrientes me depositen en lo alto de una montaña de cuerpos sumergidos sobre la plataforma del anhelo.





Imagen: "Atardecer en Viña del Mar", Pedro Bernal

 
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