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13 de enero de 2009

Una oportunidad para dejar de existir


Imagen: Conrado Arranz. "Arbusto con trenza roja bajo la nieve de Madrid. Nieve de enero de dos mil nieve"


A mi padre, con la admiración y
el cariño que inspiran los hombres buenos.




El viernes nevó en Madrid. Amaneció un día en compás de rutina mecido con el ritmo de ir-y-venir de cualquier funcionario de a pie que se preste. Polvos brillantes arrojados en conciencia desde el abismo pero con la sorpresa de caer desde lo alto deslumbraban en la grisura de la polución que, por tiempo de una semana, se había decidido acostar sobre Madrid. El colchón era espeso como los de lana de oveja que tan sólo en una ocasión pude probar. De oveja negra, por supuesto, y de calidad rural. La debilidad de ese polvo atravesaba el colchón enfurecido y se posaba dócil sobre las aceras. Yo veía, durante el primer café, como el vaho empañaba mis lentes y depositaba una imagen borrosa y plácida sobre la calle que a desgastaba la percepción. Roberto Gascón seguía desviando mi atención en forma de miles de letras acumuladas que definían y limitaban un perfil psicológico complejo pero a la vez nítido para un pesimista como yo. Este último juicio sobre mí lo confirmó mi padre el domingo pasado cuando, poco antes de comerme el primer garbanzo del cocido, me servía dicho tocino aún sin el tiempo de cocción necesario. Era comprensible e incluso me lo tomé como un piropo… ya que me impulsó a escribir esto mientras todo el mundo ahí fuera yace exhausto de sonreír, saltar, jugar, divertirse durante horas por ver cubierta la podredumbre de un deslumbrante color blanco que días después será arrojado contra los ojos tristes de cualquier humilde, ante un sol inconformista que perdió protagonismo. Y digo que sólo una vez aparté la vista del libro que me ocupaba en aquel bar, el Lusitania, donde siempre ocurre todo, para comprobar que todas las parcelas donde los humanos desperdician momentos de su vida habían quedado cubiertas de un manto pulcro, virgen, que me condenaba al silencio más oscuro. Al salir, por obligación que no por cordura, un ir-y-venir de huellitas desfilaba con el propósito de encontrar refugio; las que buscaban profundidad por pertenecer a hombres y mujeres obesos se cruzaban a lo largo de su huida con las que apenas dejaban brochazos de su peregrinar, a veces unas más diminutas y nerviosas pintaban como gotelé los diferentes caminos, pobres perros, con sus delicadas esponjas abrasadas de escarbar para encontrar algo. Todas las marcas se dirigían a diferentes parcelas. Creían que no me iba a dar cuenta de que, bajo las mismas, había enterrados miles de cadáveres, desnudos o provistos de todos sus enseres materiales, viandantes, gentes de interés e interesadas, acompañadas de todos los pícaros de pan bendito, dormían plácidamente la eternidad bajo la tierra, ahora recubierta de una cada vez más gruesa manta de hielo. Pero siempre se reconocen los pasos que conducen al asesino, siempre transitan de forma desacompasada, inquieta, excitante.

No termino de recordar qué pensó Gombrowicz de la nieve en sus diarios, pero sí tengo alguna vaga referencia, borrosa, fría, frágil y sobre todo distante; sé que Juan Carlos Gómez un día me enviará un e-mail para contármelo, se llamará “Witold Gombrowicz y Robert Walser”, quién si no, o incluso el propio Mateo me echará una soga en ese intento; porque yo tengo claro que soy un inepto que con prontitud olvida lo que un día inundó de deseos el vacío. Lo borro, se borra, me borra al igual que la llamada que acabo de recibir en este momento, una señora ansiosa de encontrar a su marido a las once de la noche, me ha llamado Andrés, podría haber hecho la rima fácil y contestarle que no se preocupe, que llegará a fin de mes, con un salario o no bajo el brazo, tiempos fríos corren, pero simplemente le he dicho que se había equivocado de número, había marcado un cero de menos.

El pasado viernes perdí una oportunidad de esas que los más viejos llaman fáciles pero que acompañan con un refrán castellano, “blanco y en botella”; una oportunidad que me daba señales a cuenta de los copos que se iban haciendo visibles; una oportunidad para comenzar a andar, con paso pausado, constante, armónico, girar por la calle de la cebada hasta dejar atrás los últimos edificios que con esfuerzo se agarran a Madrid buscando ser algo y seguir caminando sobre las blancas alamedas, emprender mi camino hasta caer desmayado sobre la nieve; sentir la congelación de todas las ideas estúpidas que cada vez más asiduamente pueblan mi cabeza, ser inconsciente de perder el habla o ganar la mudez y quién sabe si ser encontrado por otro desesperado rastreador de huellas durante la próxima nevada y yo, convertido en arbusto con reflejos de un rojo encadenado, poderle susurrar que se ha equivocado, que ya no existo.

17 de noviembre de 2008

Día de Perros

Al salir del trabajo no pude evitar la elegante postura de poner, por primera vez, los cuatro miembros articulados sobre el suelo, levantar la pierna derecha y mear (previa apertura de la cremallera e inclinación suficiente) en la farola que alumbraba la entrada del edificio que me da de comer. Volvía libre al redil donde el calor no se sustancia necesariamente en el vapor de la micción creada. Días después sentí la extraña confusión de perderme (no pederme) en los ladridos de una jauría de una tonalidad mayor. Ahora tengo el olfato más desarrollado, lo emplearé en la diversidad en la que me muevo, meneando el rabo.

Os dejo un artículo aparecido en la Revista de Arte y Literatura Cinosargo


GOMBROWICZIDAS

UNA CUESTIÓN DE PERROS
por Juan Carlos Gómez

Hace más o menos dos lustros, Eugenio Noworyta, mejor dicho, el Camaleón, por aquel entonces Embajador de Polonia en la Argentina, en el medio de una conferencia muy seria que estaba dando en el Centro Naval de Buenos Aires, relató la historia del encuentro de dos perros, uno checo y el otro polaco. Los pichichos se encuentran en la frontera, el perro checo está bien alimentado y va camino de Polonia, al perro polaco se le ven las costillas y va camino de Checoslovaquia: –¿Adónde vas, pregunta el perro checo; –Voy y a ver si puedo comer algo, ¿y vos?; –Voy a ver si puedo ladrar un poco.

Porque les damos de comer y por su instinto altruista los perros polacos, los checos y todos los demás perros han llegado a tener un gran afecto por nosotros al punto que, según se dice, no hay hombre por más ruin y miserable que sea que no lo pueda querer un perro una mujer.
Los terratenientes tienen en general una buena relación con los animales, a Gombrowicz lo alcanzan las generales de la ley, es una predisposición que paradójicamente humaniza el carácter de los hombres, como también le ocurría a Bioy Casares.
Gombrowicz era muy tierno con los gatos y con los perros. En cierta oportunidad en que le había pedido ayuda a dos jóvenes señoritas para pasar al francés la versión española de "El casamiento" les pagó con siete gatitos que había encontrado en la calle; también dio muestras de una gran congoja cuando murió el perro de la Frau Schultze, la encargada de la pensión de la calle Venezuela.
Cuando apareció "Ferdydurke" en la Argentina Gombrowicz se convirtió en el editor de una revista literaria a la que le puso el nombre de "Aurora", se tiraron cien ejemplares del primer número que, lamentablemente, también fue el último.

Era un panfleto humorístico, una sátira en la que se burlaba a la manera estudiantil de Borges, Capdevila, Larreta, Barletta y Victoria Ocampo, un libelo en el que observé por primera vez cómo Gombrowicz separaba el texto en partes con anuncios publicitarios caninos.
"Un perrito blanco lanudo, y bien alimentado"; "Se busca perro grande para achicarlo"; "Un perro lindo y grande con cachorros y dos perras"Gombrowicz pasaba así de la seriedad de la aparición de "Ferdydurke" en el continente Sudamericano, a la ligereza de las intervenciones caninas.
Es indudable que con esta intervención de los perros Gombrowicz nos quiere provocar la risa.

Reír resulta agradable porque nos satisface el triunfo del conocimiento intuitivo, la forma natural del conocimiento inseparable de nuestro ser animal, sobre el pensamiento abstracto.Nos agrada comprobar que el pensamiento es incapaz de comprender todas las variantes que presenta la realidad, es placentero ver perder a la razón de vez en cuando, un dominio severo, perpetuo y molesto. Gombrowicz mezcla la seriedad con la ligereza para hacernos reír a nosotros y para provocarse la risa a sí mismo.Un canon que aparece en los diarios y que Gombrowicz utilizaba sistemáticamente era el de hacer seguir la ligereza a la seriedad y viceversa, para satisfacer este principio a veces recurría a los perros.

"Mi perorata sobre la problemática contemporánea la di ayer (...) ¡Dios mío!, hablaba como hablan hasta los más célebres, es decir, simulando que me sentía como en mi casa, que aquello era para mí pan comido, cuando en realidad cualquier cuestionario indiscreto me hubiera dejado desarmado"Después de esta memorable intervención de carácter intelectual en una charla magistral que había dado a los estudiantes de Santiago del Estero, rematada con una persecución vana que le hace a un muchacho indígena por las calles de la ciudad, aparecen unos pichichos que le dan título a una serie de pensamientos bastante serios.
Se refiere a los abogados y a los ingenieros, a los que ve como naturalezas vulgares condenados únicamente a la ciencia, todo lo demás era para ellos una tomadura de pelo de la que tenían que defenderse para no ser engañados.
Se refiere también a sus alumnos de filosofía a quienes previene de su falta de seriedad, pues era un bribón al que le gustaba divertirse y burlarse de los alumnos y de sus enseñanzas. A que su exceso de inteligencia e imaginación lo llevaba a la estupidez puesto que nada resultaba para él demasiado fantástico. A que el arte sólo le teme a la tibieza, un apotegma fundamental en las concepciones de Gombrowicz. Y por último saca la conclusión de que tiene poca resistencia para sus angustias, una debilidad que le dificulta la entrada a un ascensor o la subida a un tranvía. La imaginación le hace aparecer los tormentos del momento con un aspecto insignificante, antes de llegar a ser verdaderos tormentos. Esta manera de acercarse al dolor, piensa Gombrowicz, corroe el valor como los gusanos a la madera.
A cada una de estas reflexiones más o menos serias las acompaña con sendas publicidades para perros.
"Perrito mojado o sólo húmedo a elegir"; "Perrito blanco, sabroso, bien nutrido"; "Cambio perro negro mordedor por dos viejos"; "Perro mojado y gordinflón"; "Los perros se mordisquean en la canícula.
"En ese panfleto humorístico al que dio en llamar "Aurora" también utiliza a los perros para atacar la responsabilidad por la palabra.

El escritor Hipólito Alonso Pereiro estaba escribiendo a máquina la primera página de su novela en la que un mucamo le pregunta a la señora si había ordenado llamar el coche. Cuando Matilde le estaba diciendo que sí, pero que no había ningún apuro, en vez de pero, y por error, a Pereiro le salió perro.

Un escritor con menos fuerza de carácter hubiera corregido el error, pero Pereiro era consciente de su misión y aceptó con responsabilidad la palabra que había escrito: –¡Perro, insolente perro! Y esta respuesta de Matilde obligó al pobre Pereiro a modificar la respuesta del mucamo: –Si yo soy un perro, entonces usted, señora, es una pera.
Este nuevo error que se le deslizó en el teclado de la máquina, pues en vez de perra escribió pera, lo obligó a cambiar otra vez : –Si yo soy un perro, entonces usted es una pera perra, una perra pera para mí, señora, porque sepa que a mí me gusta la bruta.
Quiso decir fruta pero ya era tarde: –¡Ah, soy bruta, que me muerda si yo soy bruta! Había querido decir muera: –¿Morderte? ¡Con pusto!; –¡Infame, sos coco!; –¡La Coca-cola es usted!; –¡Lococo!; –¡Co-coco, cocococo!








Dos gombrowiczidas, uno peruano ( Daniel Rojas Pachas ) y otro español ( Conrado Arranz ), recientemente ingresados al club, se han acercado a nosotros moviendo la cola razón por la que me he visto obligado a motejarlos de Perro Uno y Perro Dos, en ese orden.El aspecto de estos dos perros que se observa en las fotos de este gombrowiczidas es noble y generoso, a ellos dos les consagro entonces esta historia verdadera.





11 de noviembre de 2008

Esas cosas tan cotidianas como fantásticas

a Juan Carlos Gómez

Sumergido en la lectura de los últimos cuentos de Monzó, es difícil apartar la vista hacia algo, por más que haga gestos obscenos para captar la atención. Aquella pelusa apareció recorriendo la superficie que poco antes había pisoteado, víctima de un nerviosismo contagiado de cualquier pensamiento futuro. Al poco tiempo, y una vez concluido el cuento “La llegada de la primavera”, más o menos en la mitad simétrica del libro que no la estructural, la pelusa se posó en un espacio contiguo a mi pie. Aparté la mirada del libro para constatar el hecho casual de que la luz, que entraba por el intersticio que dejaba la puerta de acceso a la única habitación exterior de la casa, se proyectaba amargamente sobre aquella maraña de pelos, dotándola de una relevancia que no le correspondía más allá de mi sonroja, una relevancia que podíamos catalogar de opaca. Era un vulgar día de invierno. Como no podía ser de otra forma, abandoné mi lectura, sin saber el tiempo, y me incliné hacia tan preciado habitante, sagaz luchador y no menos valorado fuguista de los quehaceres cotidianos. Al hacerlo, sentí que yo mismo me enredaba en su textura; cada hilo que lo formaba se convertía en un conducto sinuoso que no conducía sino a otro más maléfico al que me amarraba con el propósito de encontrar un cabo del que tirar y desenredar aquella cúpula en la que me había introducido y cuya finalidad de poseerla en su rectitud yacía en mi ignorancia.

Por suerte, a la mañana siguiente, recibí un e-mail de Juan Carlos Gómez, el mayor de los gombrowiczidas, al que hoy no puedo sino considerar mi amigo (dado lo fantástico de la situación). Él había resuelto sus problemas en cuanto a la búsqueda de una idea única que explicase a todas las demás en gran parte gracias a la sencillez con la que su amigo Gombrowicz (mi obsesión “diaria”) explicaba cómo las ideas insignificantes y sin entusiasmo nos llevan a pasear por todo el universo.

No tengo nada más que decir que no sea la recogida de dicha pelusa que me incluía dentro y el pensamiento aprehendido de que “el buen tiempo invade la suciedad de los días feos” (Witold Gombrowicz, “Diarios”)

6 de noviembre de 2008

De Libros Incorregibles

He tenido visitas y algo común en ellas: no entendían por qué los libros se encontraban apilados en el suelo, en columnas, retorcidas, escorzadas, retando a la gravedad; encima de la primera de ellas, “Una soledad demasiado ruidosa” (Bohumil Hrabal), nada más allá en una colonia olvidada (por turistas e instituciones) de un barrio olvidado, al sureste de la capital del olvido. Jesús agarró el libro entre sus manos, lo intentó mantener en cierto equilibrio, calibrando tal vez el peso exacto que tiene el ruido en la soledad de la que se vio rodeado. Los pilares se iban sucediendo a lo ancho de toda la casa, aprovechando el que se encontraba más cercano al comedor había colocado una lámpara que me regalaron hace dos años y mantenía olvidada en un armario. Jesús se asomó a la habitación donde tiempo antes se encontraba la librería y apreció, no sin suspiros, que todo estaba allí: la mesa de trabajo, algo abandonada, los estantes, los cuadros que decoraban y servían de escapatoria a tanta letra, incluido el homenaje por el Partido Socialista Popular, aquí en Madrid, tras tres años desde la muerte de Allende; ni un solo libro respondía al eco de la voz de Jesús, preguntando qué había pasado. Las estanterías ceden al peso de los volúmenes, algunos de ellos ínfimos, portátiles, otros sin embargo abanderados de la rebeldía, y miré como poseído el lomo métrico de los “Diarios” de Gombrowicz que un día Seix Barral se atrevió a publicar para mi perdición. Sólo uno se mantenía enhiesto, aguantando la degradación y en equilibrio ante la vencida madera que apuntaba al suelo, decía “La tiniebla de la razón. La filosofía de María Zambrano”. Jesús apenas podía entender lo que había ocurrido en una casa que, visitada hace menos de un mes, acogía en extraña armonía al invitado y le acomodaba en el sofá tras pasear viendo lomos y lomos de libros pegados pero tan distantes en su concepción. Mi única respuesta, hasta ahora nunca planteada, a la persistencia racional del amigo fiel incapaz de entender (como yo) por qué los libros estaban apilados en el suelo, fue acudir a la hipótesis filosófica de argumentar a través de la consecuencia una explicación a la causa: “porque las estanterías están vacías”, afirmé y nunca más volvimos a tratar el tema.

 
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